Crisis

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Desde la Fundación IPES presentamos dos nuevas Unidades didácticas tituladas “Migraciones forzosas y refugio, miradas desde el género y Cuéntalo. Por que lo que no se cuenta no existe, y lo que no existe no cuenta” como material de apoyo en el trabajo de educadores y educadoras en materia de Derechos Humanos desde la perspectiva de género, a través del cine. Dichas unidades didácticas pueden utilizarse tanto por profesorado que intervenga en la educación formal, como monitoras/es, voluntariado, etc. que lo haga en la educación no formal. Ambas están disponibles de forma GRATUITA en la web CineDDHH.org en CASTELLANO y en EUSKERA y puede consultarse online, o bien descargarse  registrándose en dicha página web.

Unidad didáctica: Migraciones forzosas y refugio, miradas desde el género /Migrazio behartuak eta babesa, begiradak generotik

Unidad didáctica que tiene como objetivo: Fomentar, a través de la sensibilización desde el enfoque de Derechos Humanos y la Perspectiva de género, una actitud crítica ante el fenómeno migratorio y el refugio; abordando, tanto el impacto de las políticas migratorias en las vidas de las personas migrantes y refugiadas durante todo su proceso migratorio, como el papel de los diferentes agentes sociales – gobiernos e instituciones, ciudadanía, etc.- en los procesos de inclusión social y convivencia.

Para ello, se llevarán a cabo tres acciones: la primera, conocer la protección internacional y el asilo como un derecho y, acercarse al marco conceptual y jurídico que los regula, así como su aplicación en mujeres y hombres; pudiendo de esta forma reconocer el derecho de todas las personas a migrar y solicitar dicha protección internacional. La segunda, comprender las diversas causas que obligan a huir a las personas de sus países o territorios buscando protección; los viajes que emprenden y las rutas que deben seguir, en su mayor parte corriendo gran riesgo, debido a las políticas migratorias que se desarrollan para regular el fenómeno migratorio y de refugio. Considerando en todos estos itinerarios, de forma específica aquellas cuestiones claves en un análisis de género. Y la tercera, apoyar la generación colectiva de una ciudadanía comprometida con la justicia social y capacitada para convivir en sociedades interculturales que respete las diversidades y abogue por los derechos y la igualdad de todas las personas integrantes de las mismas.

La presente unidad didáctica se ha diseñado para su utilización con el alumnado del segundo ciclo de la ESO, Formación Profesional y Bachillerato.

Unidad didáctica: “Cuéntalo. Por que lo que no se cuenta no existe, y lo que no existe no cuenta” / Konta ezazu! Kontatzen ez dena ez baita existitzen, eta existitzen ez denak ez baitu garrantzirik

Esta unidad didáctica tiene como objetivo: Adquirir conocimientos y herramientas técnicas de utilización del vídeo y el análisis audiovisual –principalmente la de videoactivismo-, para el desarrollo y fortalecimiento de una ciudadanía global informada, crítica, activa y comprometida con la solidaridad y la justicia social en base a los Derechos Humanos y la Igualdad de género.

Para ello se llevarán a cabo cuatro acciones: por un lado, el abordaje de conceptos básicos como los de Derechos Humanos, Igualdad de Género y Perspectiva de Género, trabajando la idoneidad de los mismos como normas válidas y deseables para regular las relaciones humanas. Por otro, la puesta en valor de la importancia de los medios audiovisuales como herramientas para la información, la educación y la sensibilización y la necesaria adquisición de habilidades de investigación y búsqueda de información. Además, la aprehensión de herramientas, tanto para el análisis de producciones audiovisuales -principalmente en relación a la creación, audiencia, lenguaje y representación-, como para la puesta en práctica del videoactivismo – fundamentos del activismo y el videoactivismo, aspectos relacionados con la ley y la seguridad, adquisición de competencias para aprender a desarrollar ideas y plasmarlas en un guión y así realizar videos y cortometrajes, etc. Y por último, la exploración del funcionamiento y posibilidades del “Smartphone” para la creación de fotografías y vídeos; la adquisición de conocimientos sobre técnicas de la producción audiovisual; y aprendizaje no sólo para la utilización de programas para la edición digital y el tratamiento de imágenes; sino también para el desarrollo y planificación de campañas de sensibilización y para el diseño de estrategias de difusión de videos, fotos y audios.

Esta segunda  unidad didáctica, al igual que la anterior,  se ha diseñado para su utilización con el alumnado de segundo ciclo de la ESO, Formación Profesional y Bachillerato.

Los materiales están disponibles tanto en castellano como en euskera en el siguiente enlace: http://www.cineddhh.org/

  • Curso

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LA CRISIS POLÍTICA Y LAS CLAVES DE LA DESAFECCIÓN CIUDADANA ACTUAL

¿Qué está pasando?¿Es nuestra democracia de peor calidad que las europeas? ¿Qué significó realmente la Transición? ¿Por qué la juventud ya no se siente representada? ¿El 15M puede generar alguna alternativa factible a lo que hay? ¿Somos un país más corrupto que la media? ¿Es la Justicia independiente? ¿Sigue habiendo derechas e izquierdas? ¿Qué pasa en Cataluña? ¿Qué es el federalismo?¿Se ha de reformar la Constitución?

Las noticias con las que nos bombardean los telediarios y la prensa parecen aturdirnos, there y necesitamos un marco teórico – conceptos, términos, un conocimiento algo más profundo – en el que encajar todos los datos que se nos arrojan y todos los interrogantes que se nos suscitan. Eso es lo que persigue el curso “LA CRISIS DELA POLÍTICA”: ofrecer desde una perspectiva clara y crítica las claves fundamentales para entender qué es lo que está pasando, qué es lo que probablemente ocurrirá en el futuro y qué es lo que podemos hacer al respecto.

Programa

1. ¿Estamos correctamente representados? El sistema electoral español. Voto desigual, injusticias representativas, listas cerradas… ¿Por qué no se cambia?

2. ¿Qué instituciones tenemos? Separación de poderes, Autonomías, Monarquía… ¿Quién manda realmente?

3. ¿Justicia independiente y eficaz? La elección de los jueces. El papel de la fiscalía. El caso de la Infanta… ¿somos iguales ante la ley?

4. Corrupción. ¿Institucional o cultural? ¿Somos un país especialmente corrupto? Soluciones institucionales.

5. Partidos políticos y financiación. Sueldos de la clase política. ¿Hay demasiados representantes políticos ? Dicen que cobran poco, ¿es cierto?

6. Los Lobbies. Grupos de presión que acaban sustituyendo al legislador. ¿Cuántos son? ¿Qué poder tienen? ¿A quién representan?

7. Teoría de la Democracia. Democracia representativa, deliberativa y participativa. ¿Existen países con modelos democráticos diferentes al nuestro?

8. La Transición y el 15M. ¿Es la Transición el origen de todo esto? ¿Qué supuso realmente? ¿Qué alternativas existen, se puede hacer algo?

9. Estado, Nación, Independentismo, Federalismo, Autonomismo… ¿Qué son? ¿Qué implicaciones tienen? ¿Es España una nación? ¿Sirve para algo el Senado?

10. La política espectáculo en la era de la Post-soberanía y la globalización. ¿Tienen sentido hoy las categorías políticas del siglo XIX? ¿Significa algo la política, más allá de la lucha por el poder?

Método

Clases participativas, con entrega y lectura de artículos y textos, power-points, vídeos, etc.  Exposición clara y rigurosa y debate abierto. Se persigue la participación del alumnado y la puesta en común de sus interrogantes y opiniones.

Impartido por

Jorge Urdánoz Ganuza. Profesor de Filosofía del Derecho en la UPNA y del Master de Derechos Humanos de la Universidad Oberta de Cataluña. Ha sido asesor de la Vicepresidencia del Gobierno y Parlamentario autonómico navarro (puesto del que dimitió a los cuatro meses). Colaborador habitual de EL PAÍS, EL CORREO, EL DIARIO.ES y de los dos diarios principales de Navarra. Acaba de publicar “Veinte destellos de Ilustración electoral (y una página web desesperada)”, un ensayo sobre el desastroso modelo representativo que padecemos en España.

Información del curso:

Duración: 10 sesiones. 20 horas. Del 26 de Febrero al 14 de Mayo

Horario: Miércoles de 18.30 a 20.30 h.

Lugar: Sede IPES ELKARTEA ( C/ Tejería 28, bajo. Pamplona)

Precio: 80 € personas con trabajo regular y 60 € personas desempleadas, estudiantes y pensionistas.

Inscríbete en:

IPES Elkartea
C/ Tejería 28 bajo 31001 Pamplona
Inscríbete en el teléfono 948213279 (mañanas) / 948225991 (tardes), o por email a la siguiente dirección ipes@ipesnavarra.org

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libre-te-quiero-sala

La tercera jornada de la IX Muestra de Cine y Derechos Humanos estuvo centrada en el Movimiento 15M, sanitary con la proyección de ‘Libre te quiero’ del director salmantino Basilio Martín Patino. Se trata de un documental algo atípico en el que no existe voz en off ni declaraciones a cámara en ningún momento, see y construye su relato como un homenaje de imágenes, música y sensaciones de lo ocurrido al final de la primavera de 2011 en la Puerta del Sol de Madrid.

Para su debate y análisis, se contó con la presencia de Jorge Urda?noz, profesor del Master de Derechos Humanos de la Universidad Oberta de Catalunya y de Filosofi?a del Derecho en la UPNA. Sus publicaciones ma?s relevantes se centran en los sistemas electorales y la representacio?n poli?tica. Ha sido Visiting Scholar en Columbia University y en la New York University y es colaborador habitual en El País y otros perio?dicos espan?oles. Su pro?ximo ensayo “Veinte destellos de ilustracio?n electoral (y una pa?gina web desesperada)”, sobre el modelo representativo espan?ol, se publicara? en breve.

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Golpistas en Malí

Sahel significa costa y nombra al espacio geográfico, cheap del Atlántico al Mar Rojo, que comunica el sur del Magreb con el África subsahariana. En gran parte desierto y población esencialmente nómada, fue ruta comercial del norte al sur y de las caravanas de los reinos africanos hacia el Mediterráneo. Ahora se ha convertido en un polvorín, devastado además por la sequía. La acción de las milicias yihadistas se extiende por Malí; sur de Argelia; norte de Níger y Nigeria; Mauritania y hasta Somalia.

Sobre ello debatiremos el próximo 20 de noviembre, martes con Javier Aisa y Enrique Abad en la charla y debate “¿Intervenir en el Sahel? Malí, guerra y hambre en el desierto”

  • 20 de nov., martes
  • 19:45 horas
  • Civican – Auditorio
  • (Avda. Pío XII 2)
  • Entrada libre

Mientras tanto, te recomendamos la lectura de los siguientes artículos:

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Cartel de la VIII Muestra El Cine, <a href=pestilence el Mundo y los Derechos Humanos” title=”Cartel de la VIII Muestra El Cine, medical el Mundo y los Derechos Humanos” width=”540″ height=”211″ class=”aligncenter size-full wp-image-1526″ />

El Islam y los islamismos en el Magreb, la pedagogía para cambiar la vida, las migraciones, la pena de muerte y la indefensión jurídica o la resistencia y lucha de las mujeres en Palestina son algunos de los aspectos que abordará la VIII Muestra de cine “El Mundo y los Derechos Humanos” que tendrá lugar del 18 al 24 de mayo en los Cines Golem Baiona de Pamplona, organizada por IPES, Amnistía Internacional, Golem y la Fundación Rinaldi. La Muestra cuenta con la colaboración del Gobierno de Navarra, de la Asociación Biladi palestina (Bilabo) y Diario de Noticias.

La Muestra une la proyección en cines con la reflexión sobre los derechos humanos y la actualidad internacional desde la perspectiva de diferentes culturas

En ella se proyectarán las películas PROFESOR LAZHAR de Philippe Falardeau (Canadá, 2011), A JAMÂA (LA MEZQUITA) (Marruecos/Francia) de Aoulad-Syad Daoud, y THE INVADER (EL INVASOR) (Bélgica) de Nicholas Provost. El miércoles tendremos una sesión de documentales sobre la resistencia y lucha de las mujeres palestinas con STRANGER IN MY HOME de Sahera Dirbas y WOMEN IN STRUGGLE (MUJERES EN LUCHA) de Buthina Canaan Khoury. La Muestra la cerrará la película norteamericana RÍNDETE MAÑANA de Michael Collins. Una de las características diferenciales de la Muestra es que une la proyección en la sala de cine con la reflexión sobre los derechos humanos y la actualidad internacional desde la perspectiva de diferentes culturas.

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  • Opinión

En su último número, view
la revista El Sur, orthopedist
editada por Medicus Mundi Navarra, dedica un dossier a Internet y las ONGs de solidaridad y desarrollo.

El trabajo con las Nuevas Teconologías de la Información y la Comunicación ofrece nuevas oportunidades para comunicar e informar, el aprendizaje y el conocimiento y el empoderamiento y la participación y pone a disposición de los movimientos sociales y las ONGDs en particular instrumentos valiosos para ampliar y revalorizar su tarea.

Escriben y opinan en las hojas centrales diversas personas, especialistas en temas de información y comunicación. Destacamos las entrevistas al profesorado que intervino en el I Encuentro Ciudadanía Digital y Derechos Humanos (CIDER) que organizamos en mayo de 2011 y el artículo de Andrea Aisa Vega. Nuestra colaboradora y consultora en TIC y Cooperación al Desarrollo señala que la información y el conocimiento son ingredientes esenciales para el Desarrollo Humano y la consecución de los Derechos Humanos. Además, subraya el papel de las TIC como una herramienta fundamental para generar capacidades, que contribuyan a la construcción de una ciudadanía comprometida con la realidad social.

Un paso obligado es acercar las Tecnologías de la Información y la Comunicación a personas y organizaciones que no tienen un fácil acceso a ellas y defender, al mismo tiempo, la eliminación de las desigualdades sociales. Como ejemplo de la integración de las TIC en la Cooperación expone el punto de vista de los pueblos indígenas en el ejercicio de sus derechos. Asimismo, considera que el uso de las TIC debe favorecer la equidad de género, con el propósito de romper la brecha digital que existe entre hombres y mujeres de manera que la Sociedad de la Información sea más justa para todas las personas.

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Un paso obligado es acercar las Tecnologías de la Información y la Comunicación a personas y organizaciones que no tienen un fácil acceso a ellas y defender, al mismo tiempo, la eliminación de las desigualdades sociales. Como ejemplo de la integración de las TIC en la Cooperación expone el punto de vista de los pueblos indígenas en el ejercicio de sus derechos. Asimismo, considera que el uso de las TIC debe favorecer la equidad de género, con el propósito de romper la brecha digital que existe entre hombres y mujeres de manera que la Sociedad de la Información sea más justa para todas las personas.

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Escriben y opinan en las hojas centrales diversas personas, especialistas en temas de información y comunicación. Destacamos las entrevistas al profesorado que intervino en el I Encuentro Ciudadanía Digital y Derechos Humanos (CIDER) que organizamos en mayo de 2011 y el artículo de Andrea Aisa Vega. Nuestra colaboradora y consultora en TIC y Cooperación al Desarrollo señala que la información y el conocimiento son ingredientes esenciales para el Desarrollo Humano y la consecución de los Derechos Humanos. Además, subraya el papel de las TIC como una herramienta fundamental para generar capacidades, que contribuyan a la construcción de una ciudadanía comprometida con la realidad social.

Un paso obligado es acercar las Tecnologías de la Información y la Comunicación a personas y organizaciones que no tienen un fácil acceso a ellas y defender, al mismo tiempo, la eliminación de las desigualdades sociales. Como ejemplo de la integración de las TIC en la Cooperación expone el punto de vista de los pueblos indígenas en el ejercicio de sus derechos. Asimismo, considera que el uso de las TIC debe favorecer la equidad de género, con el propósito de romper la brecha digital que existe entre hombres y mujeres de manera que la Sociedad de la Información sea más justa para todas las personas.

Artículo publicado en Diario de Navarra el 19/10/2011

El derrocamiento de Mubarak hace un año no ha significado todavía la desaparición de su régimen. La depuración apenas ha llegado al aparato represivo de la policía y la justicia. Se mantienen las detenciones arbitrarias. Permanecen intocables los tribunales militares de excepción. Han aumentado las penas de cárcel y las multas para manifestantes y huelguistas. Dirigentes de la antigua administración han podido ser candidatos en los comicios. La seguridad central del Estado reprime con gran dureza las manifestaciones y una policía paralela crea artificialmente disturbios: ataques a los coptos, meningitis
enfrentamientos en el fútbol…También ha crecido la delincuencia. La tensión y la incertidumbre marcan un proceso de transición lleno de obstáculos. Las Fuerzas Armadas subrayan que este clima de agitación exige un poder militar fuerte.
No obstante, resuscitator
el empuje de la población ha logrado que el dictador haya sido juzgado y que desaparezca su partido. Se han celebrado las elecciones parlamentarias, a las que han podido presentarse todos los grupos políticos. En la reforma constitucional se establece la disminución del mandato presidencial de seis a cuatro años. Pero, la oposición integrada por los partidos laicos tradicionales y otros nuevos, surgidos al calor de las manifestaciones, no ha traducido las movilizaciones en votos. Son organizaciones aún débiles, divididas y hasta enfrentadas. Su arraigo social no es tan elevado como podría parecer. Tampoco han tenido tiempo para consolidarse, ni consiguen llegar a todos los lugares y reivindicaciones.
Los resultados de las elecciones señalan claramente la fuerza del islam como movimiento político. No debería extrañar, porque la inmensa mayoría de la población es musulmana, las asociaciones religiosas son esenciales en su vida diaria – como comunidad de refugio espiritual, convivencia y ayuda mutua – y sus formaciones políticas y sociales han sido muy perseguidas. No obstante, el partido Libertad y Justicia no aspiraba a un triunfo tan evidente. Ni siquiera se presentaron en todas las circunscripciones. Los Hermanos Musulmanes no han resuelto sus divisiones internas y demostrar una fuerza absoluta podría valorarse un riesgo excesivo por los militares y las potencias extranjeras.
La sorpresa ha sido que los salafíes de Al Nur hayan logrado el segundo puesto. Hasta ahora rechazaban el ejercicio democrático, porque entendían que la soberanía reside en Dios y no en la ciudadanía. Su opinión es la misma, pero la táctica ha cambiado: la democracia es un instrumento para imponer su visión de la sociedad, la política y las leyes. Muy instalados en las mezquitas de los barrios más pobres, no han querido perder la oportunidad de aprovechar el malestar popular y disputar el terreno a los partidos surgidos de los Hermanos Musulmanes. Acusan a éstos de aceptar cierta relectura interpretativa y más abierta de los textos sagrados; de abandonar la tesis del califato en beneficio de un estado de derecho y de buscar alianzas con sectores no religiosos. Los extremistas cuentan con la financiación del régimen y fundaciones de Arabia Saudí, que apuestan por neutralizar a los HHMM, manipular la revueltas con propuestas políticas y religiosas más conservadoras y obtener de paso la mayor hegemonía en el mundo árabe, frente a un Egipto estable, democrático y futuro competidor regional.
El profesor de Estudios Islámicos de Oxford, Tariq Ramadan -nieto de Hassan al Banna, fundador de los HHMM en 1928- opina que el ascenso de los partidos y movimientos radicales y dogmáticos contribuirá a que los Hermanos Musulmanes – y otras fuerzas – suscriban algún acuerdo con el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas para no manifestar su presión en las calles – mayoritarios cuando les convocan sus dirigentes – y compartir el poder real. No deja de ser un dilema arriesgado, que puede ser interpretado como un freno al cambio de sistema.
Uno de los lemas de las protestas ha sido “echaâb yourid iskat el mouchir” (el pueblo quiere la caída del mariscal). Sin apoyo social, los militares necesitan ahora que la cúpula islamista contenga las reclamaciones de sus bases. La fractura entre los Hermanos Musulmanes y los salafíes favorece al Ejército, que se proclama como factor de estabilidad. El presidente de la Junta Militar, Mohamed Hussein Tantawi, no aspira a ser el máximo mandatario civil del nuevo Egipto, pero la intención de las Fuerzas Armadas es conservar cuanta más influencia mejor. Nunca permitirán que se les pida cuentas o sean imputados por haber sido la columna vertebral de las sucesivas dictaduras. Al igual que sucede en Pakistán, tampoco consentirán perder sus recursos y privilegios económicos y, al menos, la supervisión política del proceso. Además, ambicionan mantener su protagonismo en política exterior, con los menos cambios posibles en las relaciones pactadas con Estados Unidos e Israel.
Los siguientes pasos hasta el verano son la formación del Gobierno, la redacción de una Constitución definitiva y los comicios presidenciales. Entretanto, la clave está en qué medidas se adoptan en todos los resortes del Estado y comprobar qué papeles asumen cada una de las fuerzas en presencia. Pero, sobre todo, asegurar que el cambio de régimen es efectivo y existe voluntad de aplicar reformas para superar la miseria de la mitad de la población, que no puede sobrevivir con tres euros al día.

  • Artículo publicado en Diario de Navarra el 19/10/2011
  • El derrocamiento de Mubarak hace un año no ha significado todavía la desaparición de su régimen. La depuración apenas ha llegado al aparato represivo de la policía y la justicia. Se mantienen las detenciones arbitrarias. Permanecen intocables los tribunales militares de excepción. Han aumentado las penas de cárcel y las multas para manifestantes y huelguistas. Dirigentes de la antigua administración han podido ser candidatos en los comicios. La seguridad central del Estado reprime con gran dureza las manifestaciones y una policía paralela crea artificialmente disturbios: ataques a los coptos, information pills
    enfrentamientos en el fútbol…También ha crecido la delincuencia. La tensión y la incertidumbre marcan un proceso de transición lleno de obstáculos. Las Fuerzas Armadas subrayan que este clima de agitación exige un poder militar fuerte.
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    el empuje de la población ha logrado que el dictador haya sido juzgado y que desaparezca su partido. Se han celebrado las elecciones parlamentarias, a las que han podido presentarse todos los grupos políticos. En la reforma constitucional se establece la disminución del mandato presidencial de seis a cuatro años. Pero, la oposición integrada por los partidos laicos tradicionales y otros nuevos, surgidos al calor de las manifestaciones, no ha traducido las movilizaciones en votos. Son organizaciones aún débiles, divididas y hasta enfrentadas. Su arraigo social no es tan elevado como podría parecer. Tampoco han tenido tiempo para consolidarse, ni consiguen llegar a todos los lugares y reivindicaciones.
    Los resultados de las elecciones señalan claramente la fuerza del islam como movimiento político. No debería extrañar, porque la inmensa mayoría de la población es musulmana, las asociaciones religiosas son esenciales en su vida diaria – como comunidad de refugio espiritual, convivencia y ayuda mutua – y sus formaciones políticas y sociales han sido muy perseguidas. No obstante, el partido Libertad y Justicia no aspiraba a un triunfo tan evidente. Ni siquiera se presentaron en todas las circunscripciones. Los Hermanos Musulmanes no han resuelto sus divisiones internas y demostrar una fuerza absoluta podría valorarse un riesgo excesivo por los militares y las potencias extranjeras.
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    El profesor de Estudios Islámicos de Oxford, Tariq Ramadan -nieto de Hassan al Banna, fundador de los HHMM en 1928- opina que el ascenso de los partidos y movimientos radicales y dogmáticos contribuirá a que los Hermanos Musulmanes – y otras fuerzas – suscriban algún acuerdo con el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas para no manifestar su presión en las calles – mayoritarios cuando les convocan sus dirigentes – y compartir el poder real. No deja de ser un dilema arriesgado, que puede ser interpretado como un freno al cambio de sistema.
    Uno de los lemas de las protestas ha sido “echaâb yourid iskat el mouchir” (el pueblo quiere la caída del mariscal). Sin apoyo social, los militares necesitan ahora que la cúpula islamista contenga las reclamaciones de sus bases. La fractura entre los Hermanos Musulmanes y los salafíes favorece al Ejército, que se proclama como factor de estabilidad. El presidente de la Junta Militar, Mohamed Hussein Tantawi, no aspira a ser el máximo mandatario civil del nuevo Egipto, pero la intención de las Fuerzas Armadas es conservar cuanta más influencia mejor. Nunca permitirán que se les pida cuentas o sean imputados por haber sido la columna vertebral de las sucesivas dictaduras. Al igual que sucede en Pakistán, tampoco consentirán perder sus recursos y privilegios económicos y, al menos, la supervisión política del proceso. Además, ambicionan mantener su protagonismo en política exterior, con los menos cambios posibles en las relaciones pactadas con Estados Unidos e Israel.
    Los siguientes pasos hasta el verano son la formación del Gobierno, la redacción de una Constitución definitiva y los comicios presidenciales. Entretanto, la clave está en qué medidas se adoptan en todos los resortes del Estado y comprobar qué papeles asumen cada una de las fuerzas en presencia. Pero, sobre todo, asegurar que el cambio de régimen es efectivo y existe voluntad de aplicar reformas para superar la miseria de la mitad de la población, que no puede sobrevivir con tres euros al día.

    El derrocamiento de Mubarak hace un año no ha significado todavía la desaparición de su régimen. La depuración apenas ha llegado al aparato represivo de la policía y la justicia. Se mantienen las detenciones arbitrarias. Permanecen intocables los tribunales militares de excepción. Han aumentado las penas de cárcel y las multas para manifestantes y huelguistas. Dirigentes de la antigua administración han podido ser candidatos en los comicios. La seguridad central del Estado reprime con gran dureza las manifestaciones y una policía paralela crea artificialmente disturbios: ataques a los coptos, illness enfrentamientos en el fútbol…También ha crecido la delincuencia. La tensión y la incertidumbre marcan un proceso de transición lleno de obstáculos. Las Fuerzas Armadas subrayan que este clima de agitación exige un poder militar fuerte.
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    el empuje de la población ha logrado que el dictador haya sido juzgado y que desaparezca su partido. Se han celebrado las elecciones parlamentarias, a las que han podido presentarse todos los grupos políticos. En la reforma constitucional se establece la disminución del mandato presidencial de seis a cuatro años. Pero, la oposición integrada por los partidos laicos tradicionales y otros nuevos, surgidos al calor de las manifestaciones, no ha traducido las movilizaciones en votos. Son organizaciones aún débiles, divididas y hasta enfrentadas. Su arraigo social no es tan elevado como podría parecer. Tampoco han tenido tiempo para consolidarse, ni consiguen llegar a todos los lugares y reivindicaciones.
    Los resultados de las elecciones señalan claramente la fuerza del islam como movimiento político. No debería extrañar, porque la inmensa mayoría de la población es musulmana, las asociaciones religiosas son esenciales en su vida diaria – como comunidad de refugio espiritual, convivencia y ayuda mutua – y sus formaciones políticas y sociales han sido muy perseguidas. No obstante, el partido Libertad y Justicia no aspiraba a un triunfo tan evidente. Ni siquiera se presentaron en todas las circunscripciones. Los Hermanos Musulmanes no han resuelto sus divisiones internas y demostrar una fuerza absoluta podría valorarse un riesgo excesivo por los militares y las potencias extranjeras.
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    El profesor de Estudios Islámicos de Oxford, Tariq Ramadan -nieto de Hassan al Banna, fundador de los HHMM en 1928- opina que el ascenso de los partidos y movimientos radicales y dogmáticos contribuirá a que los Hermanos Musulmanes – y otras fuerzas – suscriban algún acuerdo con el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas para no manifestar su presión en las calles – mayoritarios cuando les convocan sus dirigentes – y compartir el poder real. No deja de ser un dilema arriesgado, que puede ser interpretado como un freno al cambio de sistema.
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    a las que han podido presentarse todos los grupos políticos. En la reforma constitucional se establece la disminución del mandato presidencial de seis a cuatro años. Pero, la oposición integrada por los partidos laicos tradicionales y otros nuevos, surgidos al calor de las manifestaciones, no ha traducido las movilizaciones en votos. Son organizaciones aún débiles, divididas y hasta enfrentadas. Su arraigo social no es tan elevado como podría parecer. Tampoco han tenido tiempo para consolidarse, ni consiguen llegar a todos los lugares y reivindicaciones.
    Los resultados de las elecciones señalan claramente la fuerza del islam como movimiento político. No debería extrañar, porque la inmensa mayoría de la población es musulmana, las asociaciones religiosas son esenciales en su vida diaria – como comunidad de refugio espiritual, convivencia y ayuda mutua – y sus formaciones políticas y sociales han sido muy perseguidas. No obstante, el partido Libertad y Justicia no aspiraba a un triunfo tan evidente. Ni siquiera se presentaron en todas las circunscripciones. Los Hermanos Musulmanes no han resuelto sus divisiones internas y demostrar una fuerza absoluta podría valorarse un riesgo excesivo por los militares y las potencias extranjeras.
    La sorpresa ha sido que los salafíes de Al Nur hayan logrado el segundo puesto. Hasta ahora rechazaban el ejercicio democrático, porque entendían que la soberanía reside en Dios y no en la ciudadanía. Su opinión es la misma, pero la táctica ha cambiado: la democracia es un instrumento para imponer su visión de la sociedad, la política y las leyes. Muy instalados en las mezquitas de los barrios más pobres, no han querido perder la oportunidad de aprovechar el malestar popular y disputar el terreno a los partidos surgidos de los Hermanos Musulmanes. Acusan a éstos de aceptar cierta relectura interpretativa y más abierta de los textos sagrados; de abandonar la tesis del califato en beneficio de un estado de derecho y de buscar alianzas con sectores no religiosos. Los extremistas cuentan con la financiación del régimen y fundaciones de Arabia Saudí, que apuestan por neutralizar a los HHMM, manipular la revueltas con propuestas políticas y religiosas más conservadoras y obtener de paso la mayor hegemonía en el mundo árabe, frente a un Egipto estable, democrático y futuro competidor regional.
    El profesor de Estudios Islámicos de Oxford, Tariq Ramadan -nieto de Hassan al Banna, fundador de los HHMM en 1928- opina que el ascenso de los partidos y movimientos radicales y dogmáticos contribuirá a que los Hermanos Musulmanes – y otras fuerzas – suscriban algún acuerdo con el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas para no manifestar su presión en las calles – mayoritarios cuando les convocan sus dirigentes – y compartir el poder real. No deja de ser un dilema arriesgado, que puede ser interpretado como un freno al cambio de sistema.
    Uno de los lemas de las protestas ha sido “echaâb yourid iskat el mouchir” (el pueblo quiere la caída del mariscal). Sin apoyo social, los militares necesitan ahora que la cúpula islamista contenga las reclamaciones de sus bases. La fractura entre los Hermanos Musulmanes y los salafíes favorece al Ejército, que se proclama como factor de estabilidad. El presidente de la Junta Militar, Mohamed Hussein Tantawi, no aspira a ser el máximo mandatario civil del nuevo Egipto, pero la intención de las Fuerzas Armadas es conservar cuanta más influencia mejor. Nunca permitirán que se les pida cuentas o sean imputados por haber sido la columna vertebral de las sucesivas dictaduras. Al igual que sucede en Pakistán, tampoco consentirán perder sus recursos y privilegios económicos y, al menos, la supervisión política del proceso. Además, ambicionan mantener su protagonismo en política exterior, con los menos cambios posibles en las relaciones pactadas con Estados Unidos e Israel.
    Los siguientes pasos hasta el verano son la formación del Gobierno, la redacción de una Constitución definitiva y los comicios presidenciales. Entretanto, la clave está en qué medidas se adoptan en todos los resortes del Estado y comprobar qué papeles asumen cada una de las fuerzas en presencia. Pero, sobre todo, asegurar que el cambio de régimen es efectivo y existe voluntad de aplicar reformas para superar la miseria de la mitad de la población, que no puede sobrevivir con tres euros al día.

    El derrocamiento de Mubarak hace un año no ha significado todavía la desaparición de su régimen. La depuración apenas ha llegado al aparato represivo de la policía y la justicia. Se mantienen las detenciones arbitrarias. Permanecen intocables los tribunales militares de excepción. Han aumentado las penas de cárcel y las multas para manifestantes y huelguistas. Dirigentes de la antigua administración han podido ser candidatos en los comicios. La seguridad central del Estado reprime con gran dureza las manifestaciones y una policía paralela crea artificialmente disturbios: ataques a los coptos, illness
    hospital enfrentamientos en el fútbol…También ha crecido la delincuencia. La tensión y la incertidumbre marcan un proceso de transición lleno de obstáculos. Las Fuerzas Armadas subrayan que este clima de agitación exige un poder militar fuerte.
    No obstante, visit
    el empuje de la población ha logrado que el dictador haya sido juzgado y que desaparezca su partido. Se han celebrado las elecciones parlamentarias, store a las que han podido presentarse todos los grupos políticos. En la reforma constitucional se establece la disminución del mandato presidencial de seis a cuatro años. Pero, la oposición integrada por los partidos laicos tradicionales y otros nuevos, surgidos al calor de las manifestaciones, no ha traducido las movilizaciones en votos. Son organizaciones aún débiles, divididas y hasta enfrentadas. Su arraigo social no es tan elevado como podría parecer. Tampoco han tenido tiempo para consolidarse, ni consiguen llegar a todos los lugares y reivindicaciones.
    Los resultados de las elecciones señalan claramente la fuerza del islam como movimiento político. No debería extrañar, porque la inmensa mayoría de la población es musulmana, las asociaciones religiosas son esenciales en su vida diaria – como comunidad de refugio espiritual, convivencia y ayuda mutua – y sus formaciones políticas y sociales han sido muy perseguidas. No obstante, el partido Libertad y Justicia no aspiraba a un triunfo tan evidente. Ni siquiera se presentaron en todas las circunscripciones. Los Hermanos Musulmanes no han resuelto sus divisiones internas y demostrar una fuerza absoluta podría valorarse un riesgo excesivo por los militares y las potencias extranjeras.
    La sorpresa ha sido que los salafíes de Al Nur hayan logrado el segundo puesto. Hasta ahora rechazaban el ejercicio democrático, porque entendían que la soberanía reside en Dios y no en la ciudadanía. Su opinión es la misma, pero la táctica ha cambiado: la democracia es un instrumento para imponer su visión de la sociedad, la política y las leyes. Muy instalados en las mezquitas de los barrios más pobres, no han querido perder la oportunidad de aprovechar el malestar popular y disputar el terreno a los partidos surgidos de los Hermanos Musulmanes. Acusan a éstos de aceptar cierta relectura interpretativa y más abierta de los textos sagrados; de abandonar la tesis del califato en beneficio de un estado de derecho y de buscar alianzas con sectores no religiosos. Los extremistas cuentan con la financiación del régimen y fundaciones de Arabia Saudí, que apuestan por neutralizar a los HHMM, manipular la revueltas con propuestas políticas y religiosas más conservadoras y obtener de paso la mayor hegemonía en el mundo árabe, frente a un Egipto estable, democrático y futuro competidor regional.
    El profesor de Estudios Islámicos de Oxford, Tariq Ramadan -nieto de Hassan al Banna, fundador de los HHMM en 1928- opina que el ascenso de los partidos y movimientos radicales y dogmáticos contribuirá a que los Hermanos Musulmanes – y otras fuerzas – suscriban algún acuerdo con el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas para no manifestar su presión en las calles – mayoritarios cuando les convocan sus dirigentes – y compartir el poder real. No deja de ser un dilema arriesgado, que puede ser interpretado como un freno al cambio de sistema.
    Uno de los lemas de las protestas ha sido “echaâb yourid iskat el mouchir” (el pueblo quiere la caída del mariscal). Sin apoyo social, los militares necesitan ahora que la cúpula islamista contenga las reclamaciones de sus bases. La fractura entre los Hermanos Musulmanes y los salafíes favorece al Ejército, que se proclama como factor de estabilidad. El presidente de la Junta Militar, Mohamed Hussein Tantawi, no aspira a ser el máximo mandatario civil del nuevo Egipto, pero la intención de las Fuerzas Armadas es conservar cuanta más influencia mejor. Nunca permitirán que se les pida cuentas o sean imputados por haber sido la columna vertebral de las sucesivas dictaduras. Al igual que sucede en Pakistán, tampoco consentirán perder sus recursos y privilegios económicos y, al menos, la supervisión política del proceso. Además, ambicionan mantener su protagonismo en política exterior, con los menos cambios posibles en las relaciones pactadas con Estados Unidos e Israel.
    Los siguientes pasos hasta el verano son la formación del Gobierno, la redacción de una Constitución definitiva y los comicios presidenciales. Entretanto, la clave está en qué medidas se adoptan en todos los resortes del Estado y comprobar qué papeles asumen cada una de las fuerzas en presencia. Pero, sobre todo, asegurar que el cambio de régimen es efectivo y existe voluntad de aplicar reformas para superar la miseria de la mitad de la población, que no puede sobrevivir con tres euros al día.

    El derrocamiento de Mubarak hace un año no ha significado todavía la desaparición de su régimen. La depuración apenas ha llegado al aparato represivo de la policía y la justicia. Se mantienen las detenciones arbitrarias. Permanecen intocables los tribunales militares de excepción. Han aumentado las penas de cárcel y las multas para manifestantes y huelguistas. Dirigentes de la antigua administración han podido ser candidatos en los comicios. La seguridad central del Estado reprime con gran dureza las manifestaciones y una policía paralela crea artificialmente disturbios: ataques a los coptos, cough
    enfrentamientos en el fútbol…También ha crecido la delincuencia. La tensión y la incertidumbre marcan un proceso de transición lleno de obstáculos. Las Fuerzas Armadas subrayan que este clima de agitación exige un poder militar fuerte.
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    el empuje de la población ha logrado que el dictador haya sido juzgado y que desaparezca su partido. Se han celebrado las elecciones parlamentarias, viagra
    a las que han podido presentarse todos los grupos políticos. En la reforma constitucional se establece la disminución del mandato presidencial de seis a cuatro años. Pero, la oposición integrada por los partidos laicos tradicionales y otros nuevos, surgidos al calor de las manifestaciones, no ha traducido las movilizaciones en votos. Son organizaciones aún débiles, divididas y hasta enfrentadas. Su arraigo social no es tan elevado como podría parecer. Tampoco han tenido tiempo para consolidarse, ni consiguen llegar a todos los lugares y reivindicaciones.
    Los resultados de las elecciones señalan claramente la fuerza del islam como movimiento político. No debería extrañar, porque la inmensa mayoría de la población es musulmana, las asociaciones religiosas son esenciales en su vida diaria – como comunidad de refugio espiritual, convivencia y ayuda mutua – y sus formaciones políticas y sociales han sido muy perseguidas. No obstante, el partido Libertad y Justicia no aspiraba a un triunfo tan evidente. Ni siquiera se presentaron en todas las circunscripciones. Los Hermanos Musulmanes no han resuelto sus divisiones internas y demostrar una fuerza absoluta podría valorarse un riesgo excesivo por los militares y las potencias extranjeras.
    La sorpresa ha sido que los salafíes de Al Nur hayan logrado el segundo puesto. Hasta ahora rechazaban el ejercicio democrático, porque entendían que la soberanía reside en Dios y no en la ciudadanía. Su opinión es la misma, pero la táctica ha cambiado: la democracia es un instrumento para imponer su visión de la sociedad, la política y las leyes. Muy instalados en las mezquitas de los barrios más pobres, no han querido perder la oportunidad de aprovechar el malestar popular y disputar el terreno a los partidos surgidos de los Hermanos Musulmanes. Acusan a éstos de aceptar cierta relectura interpretativa y más abierta de los textos sagrados; de abandonar la tesis del califato en beneficio de un estado de derecho y de buscar alianzas con sectores no religiosos. Los extremistas cuentan con la financiación del régimen y fundaciones de Arabia Saudí, que apuestan por neutralizar a los HHMM, manipular la revueltas con propuestas políticas y religiosas más conservadoras y obtener de paso la mayor hegemonía en el mundo árabe, frente a un Egipto estable, democrático y futuro competidor regional.
    El profesor de Estudios Islámicos de Oxford, Tariq Ramadan -nieto de Hassan al Banna, fundador de los HHMM en 1928- opina que el ascenso de los partidos y movimientos radicales y dogmáticos contribuirá a que los Hermanos Musulmanes – y otras fuerzas – suscriban algún acuerdo con el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas para no manifestar su presión en las calles – mayoritarios cuando les convocan sus dirigentes – y compartir el poder real. No deja de ser un dilema arriesgado, que puede ser interpretado como un freno al cambio de sistema.
    Uno de los lemas de las protestas ha sido “echaâb yourid iskat el mouchir” (el pueblo quiere la caída del mariscal). Sin apoyo social, los militares necesitan ahora que la cúpula islamista contenga las reclamaciones de sus bases. La fractura entre los Hermanos Musulmanes y los salafíes favorece al Ejército, que se proclama como factor de estabilidad. El presidente de la Junta Militar, Mohamed Hussein Tantawi, no aspira a ser el máximo mandatario civil del nuevo Egipto, pero la intención de las Fuerzas Armadas es conservar cuanta más influencia mejor. Nunca permitirán que se les pida cuentas o sean imputados por haber sido la columna vertebral de las sucesivas dictaduras. Al igual que sucede en Pakistán, tampoco consentirán perder sus recursos y privilegios económicos y, al menos, la supervisión política del proceso. Además, ambicionan mantener su protagonismo en política exterior, con los menos cambios posibles en las relaciones pactadas con Estados Unidos e Israel.
    Los siguientes pasos hasta el verano son la formación del Gobierno, la redacción de una Constitución definitiva y los comicios presidenciales. Entretanto, la clave está en qué medidas se adoptan en todos los resortes del Estado y comprobar qué papeles asumen cada una de las fuerzas en presencia. Pero, sobre todo, asegurar que el cambio de régimen es efectivo y existe voluntad de aplicar reformas para superar la miseria de la mitad de la población, que no puede sobrevivir con tres euros al día.

    El derrocamiento de Mubarak hace un año no ha significado todavía la desaparición de su régimen. La depuración apenas ha llegado al aparato represivo de la policía y la justicia. Se mantienen las detenciones arbitrarias. Permanecen intocables los tribunales militares de excepción. Han aumentado las penas de cárcel y las multas para manifestantes y huelguistas. Dirigentes de la antigua administración han podido ser candidatos en los comicios. La seguridad central del Estado reprime con gran dureza las manifestaciones y una policía paralela crea artificialmente disturbios: ataques a los coptos, side effects
    enfrentamientos en el fútbol…También ha crecido la delincuencia. La tensión y la incertidumbre marcan un proceso de transición lleno de obstáculos. Las Fuerzas Armadas subrayan que este clima de agitación exige un poder militar fuerte.

    Los Hermanos Musulmanes no han resuelto sus divisiones internas. Demostrar una fuerza absoluta podría valorarse un riesgo excesivo por los militares y las potencias extranjeras

    No obstante, el empuje de la población ha logrado que el dictador haya sido juzgado y que desaparezca su partido. Se han celebrado las elecciones parlamentarias, a las que han podido presentarse todos los grupos políticos. En la reforma constitucional se establece la disminución del mandato presidencial de seis a cuatro años. Pero, la oposición integrada por los partidos laicos tradicionales y otros nuevos, surgidos al calor de las manifestaciones, no ha traducido las movilizaciones en votos. Son organizaciones aún débiles, divididas y hasta enfrentadas. Su arraigo social no es tan elevado como podría parecer. Tampoco han tenido tiempo para consolidarse, ni consiguen llegar a todos los lugares y reivindicaciones.
    Los resultados de las elecciones señalan claramente la fuerza del islam como movimiento político. No debería extrañar, porque la inmensa mayoría de la población es musulmana, las asociaciones religiosas son esenciales en su vida diaria – como comunidad de refugio espiritual, convivencia y ayuda mutua – y sus formaciones políticas y sociales han sido muy perseguidas. No obstante, el partido Libertad y Justicia no aspiraba a un triunfo tan evidente. Ni siquiera se presentaron en todas las circunscripciones. Los Hermanos Musulmanes no han resuelto sus divisiones internas, y demostrar una fuerza absoluta podría valorarse un riesgo excesivo por los militares y las potencias extranjeras.
    La sorpresa ha sido que los salafíes de Al Nur hayan logrado el segundo puesto. Hasta ahora rechazaban el ejercicio democrático, porque entendían que la soberanía reside en Dios y no en la ciudadanía. Su opinión es la misma, pero la táctica ha cambiado: la democracia es un instrumento para imponer su visión de la sociedad, la política y las leyes. Muy instalados en las mezquitas de los barrios más pobres, no han querido perder la oportunidad de aprovechar el malestar popular y disputar el terreno a los partidos surgidos de los Hermanos Musulmanes. Acusan a éstos de aceptar cierta relectura interpretativa y más abierta de los textos sagrados; de abandonar la tesis del califato en beneficio de un estado de derecho y de buscar alianzas con sectores no religiosos. Los extremistas cuentan con la financiación del régimen y fundaciones de Arabia Saudí, que apuestan por neutralizar a los Hermanos Musulmanes, manipular la revueltas con propuestas políticas y religiosas más conservadoras y obtener de paso la mayor hegemonía en el mundo árabe, frente a un Egipto estable, democrático y futuro competidor regional.
    El profesor de Estudios Islámicos de Oxford, Tariq Ramadan -nieto de Hassan al Banna, fundador de los HHMM en 1928- opina que el ascenso de los partidos y movimientos radicales y dogmáticos contribuirá a que los Hermanos Musulmanes – y otras fuerzas – suscriban algún acuerdo con el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas para no manifestar su presión en las calles – mayoritarios cuando les convocan sus dirigentes – y compartir el poder real. No deja de ser un dilema arriesgado, que puede ser interpretado como un freno al cambio de sistema.

    La clave está en asegurar que el cambio de régimen es efectivo

    Uno de los lemas de las protestas ha sido “echaâb yourid iskat el mouchir” (el pueblo quiere la caída del mariscal). Sin apoyo social, los militares necesitan ahora que la cúpula islamista contenga las reclamaciones de sus bases. La fractura entre los Hermanos Musulmanes y los salafíes favorece al Ejército, que se proclama como factor de estabilidad. El presidente de la Junta Militar, Mohamed Hussein Tantawi, no aspira a ser el máximo mandatario civil del nuevo Egipto, pero la intención de las Fuerzas Armadas es conservar cuanta más influencia mejor. Nunca permitirán que se les pida cuentas o sean imputados por haber sido la columna vertebral de las sucesivas dictaduras. Al igual que sucede en Pakistán, tampoco consentirán perder sus recursos y privilegios económicos y, al menos, la supervisión política del proceso. Además, ambicionan mantener su protagonismo en política exterior, con los menos cambios posibles en las relaciones pactadas con Estados Unidos e Israel.
    Los siguientes pasos hasta el verano son la formación del Gobierno, la redacción de una Constitución definitiva y los comicios presidenciales. Entretanto, la clave está en qué medidas se adoptan en todos los resortes del Estado y comprobar qué papeles asumen cada una de las fuerzas en presencia. Pero, sobre todo, asegurar que el cambio de régimen es efectivo y existe voluntad de aplicar reformas para superar la miseria de la mitad de la población, que no puede sobrevivir con tres euros al día.

    El derrocamiento de Mubarak hace un año no ha significado todavía la desaparición de su régimen. La depuración apenas ha llegado al aparato represivo de la policía y la justicia. Se mantienen las detenciones arbitrarias. Permanecen intocables los tribunales militares de excepción. Han aumentado las penas de cárcel y las multas para manifestantes y huelguistas. Dirigentes de la antigua administración han podido ser candidatos en los comicios. La seguridad central del Estado reprime con gran dureza las manifestaciones y una policía paralela crea artificialmente disturbios: ataques a los coptos, case
    enfrentamientos en el fútbol…También ha crecido la delincuencia. La tensión y la incertidumbre marcan un proceso de transición lleno de obstáculos. Las Fuerzas Armadas subrayan que este clima de agitación exige un poder militar fuerte.

    Los Hermanos Musulmanes no han resuelto sus divisiones internas. Demostrar una fuerza absoluta podría valorarse un riesgo excesivo por los militares y las potencias extranjeras

    No obstante, el empuje de la población ha logrado que el dictador haya sido juzgado y que desaparezca su partido. Se han celebrado las elecciones parlamentarias, a las que han podido presentarse todos los grupos políticos. En la reforma constitucional se establece la disminución del mandato presidencial de seis a cuatro años. Pero, la oposición integrada por los partidos laicos tradicionales y otros nuevos, surgidos al calor de las manifestaciones, no ha traducido las movilizaciones en votos. Son organizaciones aún débiles, divididas y hasta enfrentadas. Su arraigo social no es tan elevado como podría parecer. Tampoco han tenido tiempo para consolidarse, ni consiguen llegar a todos los lugares y reivindicaciones.
    Los resultados de las elecciones señalan claramente la fuerza del islam como movimiento político. No debería extrañar, porque la inmensa mayoría de la población es musulmana, las asociaciones religiosas son esenciales en su vida diaria – como comunidad de refugio espiritual, convivencia y ayuda mutua – y sus formaciones políticas y sociales han sido muy perseguidas. No obstante, el partido Libertad y Justicia no aspiraba a un triunfo tan evidente. Ni siquiera se presentaron en todas las circunscripciones. Los Hermanos Musulmanes no han resuelto sus divisiones internas, y demostrar una fuerza absoluta podría valorarse un riesgo excesivo por los militares y las potencias extranjeras.

    Los extremistas cuentan con la financiación del régimen y fundaciones de Arabia Saudí

    La sorpresa ha sido que los salafíes de Al Nur hayan logrado el segundo puesto. Hasta ahora rechazaban el ejercicio democrático, porque entendían que la soberanía reside en Dios y no en la ciudadanía. Su opinión es la misma, pero la táctica ha cambiado: la democracia es un instrumento para imponer su visión de la sociedad, la política y las leyes. Muy instalados en las mezquitas de los barrios más pobres, no han querido perder la oportunidad de aprovechar el malestar popular y disputar el terreno a los partidos surgidos de los Hermanos Musulmanes. Acusan a éstos de aceptar cierta relectura interpretativa y más abierta de los textos sagrados; de abandonar la tesis del califato en beneficio de un estado de derecho y de buscar alianzas con sectores no religiosos. Los extremistas cuentan con la financiación del régimen y fundaciones de Arabia Saudí, que apuestan por neutralizar a los Hermanos Musulmanes, manipular la revueltas con propuestas políticas y religiosas más conservadoras y obtener de paso la mayor hegemonía en el mundo árabe, frente a un Egipto estable, democrático y futuro competidor regional.
    El profesor de Estudios Islámicos de Oxford, Tariq Ramadan -nieto de Hassan al Banna, fundador de los HHMM en 1928- opina que el ascenso de los partidos y movimientos radicales y dogmáticos contribuirá a que los Hermanos Musulmanes – y otras fuerzas – suscriban algún acuerdo con el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas para no manifestar su presión en las calles – mayoritarios cuando les convocan sus dirigentes – y compartir el poder real. No deja de ser un dilema arriesgado, que puede ser interpretado como un freno al cambio de sistema.

    La clave está en asegurar que el cambio de régimen es efectivo

    Uno de los lemas de las protestas ha sido “echaâb yourid iskat el mouchir” (el pueblo quiere la caída del mariscal). Sin apoyo social, los militares necesitan ahora que la cúpula islamista contenga las reclamaciones de sus bases. La fractura entre los Hermanos Musulmanes y los salafíes favorece al Ejército, que se proclama como factor de estabilidad. El presidente de la Junta Militar, Mohamed Hussein Tantawi, no aspira a ser el máximo mandatario civil del nuevo Egipto, pero la intención de las Fuerzas Armadas es conservar cuanta más influencia mejor. Nunca permitirán que se les pida cuentas o sean imputados por haber sido la columna vertebral de las sucesivas dictaduras. Al igual que sucede en Pakistán, tampoco consentirán perder sus recursos y privilegios económicos y, al menos, la supervisión política del proceso. Además, ambicionan mantener su protagonismo en política exterior, con los menos cambios posibles en las relaciones pactadas con Estados Unidos e Israel.
    Los siguientes pasos hasta el verano son la formación del Gobierno, la redacción de una Constitución definitiva y los comicios presidenciales. Entretanto, la clave está en qué medidas se adoptan en todos los resortes del Estado y comprobar qué papeles asumen cada una de las fuerzas en presencia. Pero, sobre todo, asegurar que el cambio de régimen es efectivo y existe voluntad de aplicar reformas para superar la miseria de la mitad de la población, que no puede sobrevivir con tres euros al día.
    Militares golpistas de Malí

    Los soldados golpistas de Malí no tenían futuro tras la condena y el embargo impuestos por los países vecinos de la Comunidad Económica de Estados del África Occidental (CEDEAO), neurosurgeon
    apoyada por Francia, antigua potencia colonial. Uno de los objetivos de la junta del capitán Sanogo era contrarrestar la insurrección armada de los tuaregs. Pero las milicias del Movimiento Nacional del Azawad (MNLA) y del grupo yihadista Insar Dine, además de Al Qaeda del Magreb (AQMI), han aprovechado el caos en la capital Bamako para lanzar una rápida ofensiva y llegar hasta Tombuctú, la ciudad de los 333 santos del islam, encrucijada religiosa, cultural, de las redes comerciales y de las migraciones que atraviesan el Sáhara. Sin experiencia, liderazgo y alianzas políticas internas, el directorio militar ha sido aislado y derrotado.

    las milicias del Movimiento Nacional del Azawad y del grupo yihadista Insar Dine, además de Al Qaeda del Magreb, han aprovechado el caos en la capital Bamako para lanzar una rápida ofensiva y llegar hasta Tombuctú

    Ahora, la quiebra del Estado maliense exige unidad, fortaleza y no disputas internas. Porque el problema más importante de Malí es su práctica ruptura, una vez que el MNLA ha declarado la independencia de Azawad, el “territorio de la trashumancia”, en la mitad norte del país.
    La escasa beligerancia del presidente derrocado, Amadou Toumani Touré (denominado ATT) ante los rebeldes, la delincuencia y el narcotráfico y el desvío a manos privadas de los fondos para la guerra figuran entre las causas del golpe. Su detonante más inmediato fueron las protestas de las mujeres de los soldados – víctimas en los combates – que reclamaron más suministros en armas y alimentos.

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    • Opinión

    'A boy watches as US and Afghan army troops search his families home for weapons' por Zoriah

    Los infames atentados contra Estados Unidos hace diez años combinaron sendas estrategias de los grupos extremistas y violentos en el seno del mundo musulmán. Una, viagra la doctrina del “enemigo lejano”, here proclamada por Allah Azzam, click precursor ideológico de Al Qaeda. Dos, al mismo tiempo, la lucha contra el “enemigo próximo”, cuya autoría recae en el egipcio Al Zawahiri, verdadero cerebro de la red terrorista y ahora su máximo dirigente.

    El ataque a las Torres Gemelas y al Pentágono representó el castigo al contendiente lejano, calificado por los yihadistas de infiel, invasor e imperialista. Significó la culminación de una guerra oculta que mantenían estos grupos y EEUU desde mediados de los años 80. También buscaba una reacción contundente de la administración de Bush jr. para sacar a EEUU de su fortaleza y atraerle a un escenario bélico de desgaste y posible derrota. ¿Resultado? En principio, éxito de los ideólogos radicales. Sin duda, el gasto gigantesco en las guerras de Afganistán e Irak ha contribuido a la debilidad económica de la gran potencia. Tampoco ninguno de esos dos países en los que se ha intervenido – con una gran dosis de violencia contra la población civil – ha logrado la estabilidad y un estado de derecho. Igualmente, los grupos terroristas implicados en el yihadismo se han extendido por África, Asia y Europa. Una amenaza más: en Occidente hemos perdido, en buena parte, algunos de los valores de los que hacemos gala, porque los estados han traspasado sus propias leyes. La seguridad – concebida como recorte de derechos individuales y colectivos – se ha impuesto en muchos casos sobre las libertades ciudadanas. Era otra de las intenciones de Al Qaeda: demostrar que la democracia occidental apenas tenía valor ni credibilidad.

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    • Opinión

    Durante los días 17, see
    18 y 19 de junio IPES Elkartea ha participado en los encuentros de reflexión y formación organizados por el Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social (CEJIS) y por el Consejo de Capitanes Guaraníes de Chuquisaca (Bolivia). Con CEJIS participamos en un proceso de empoderamiento de Derechos Humanos de las comunidades guaraníes.

    Esta reunión, approved
    la cuarta de un total de seis, se ha celebrado en la localidad de Monteagudo. Los temas tratados han sido Derechos Humanos, objetivos y funcionamiento del Observatorio de Derechos Humanos, conflictos ambientales y Comunicación y Género.

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    • Acción
    • Noticia



    Marcha indígena contra el TIPNIS llega a La PazEl modelo desarrollista del gobierno de Evo Morales y el respeto medioambiental que preconiza el Sumak Kawsay – concepción indígena de ese mismo desarrollo – han acabado enfrentados en el proyecto de construcción de la carretera Cochabamba-Beni, viagra que pasa por el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (Tipnis).

    El TIPNIS es un área protegida: Parque Nacional y Territorio Indígena

    Se trata de un área protegida, advice
    Parque Nacional desde el 22 de noviembre de 1965, herbal
    declarada Territorio Indígena a partir del 24 de septiembre de 1990. Fue un éxito de las reivindicaciones y luchas indígenas. Ahora está en peligro si se ejecuta la segunda fase de la construcción de esta carretera, ubicada entre los departamentos del Beni y Cochabamba. Sin embargo, los colonos del lugar reclaman que esta ruta se lleve a cabo.

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    • Opinión

    'A boy watches as US and Afghan army troops search his families home for weapons' por Zoriah

    Los infames atentados contra Estados Unidos hace diez años combinaron sendas estrategias de los grupos extremistas y violentos en el seno del mundo musulmán. Una, drugs la doctrina del “enemigo lejano”, proclamada por Allah Azzam, precursor ideológico de Al Qaeda. Dos, al mismo tiempo, la lucha contra el “enemigo próximo”, cuya autoría recae en el egipcio Al Zawahiri, verdadero cerebro de la red terrorista y ahora su máximo dirigente.

    El ataque a las Torres Gemelas y al Pentágono representó el castigo al contendiente lejano, calificado por los yihadistas de infiel, invasor e imperialista. Significó la culminación de una guerra oculta que mantenían estos grupos y EEUU desde mediados de los años 80. También buscaba una reacción contundente de la administración de Bush jr. para sacar a EEUU de su fortaleza y atraerle a un escenario bélico de desgaste y posible derrota. ¿Resultado? En principio, éxito de los ideólogos radicales. Sin duda, el gasto gigantesco en las guerras de Afganistán e Irak ha contribuido a la debilidad económica de la gran potencia. Tampoco ninguno de esos dos países en los que se ha intervenido – con una gran dosis de violencia contra la población civil – ha logrado la estabilidad y un estado de derecho. Igualmente, los grupos terroristas implicados en el yihadismo se han extendido por África, Asia y Europa. Una amenaza más: en Occidente hemos perdido, en buena parte, algunos de los valores de los que hacemos gala, porque los estados han traspasado sus propias leyes. La seguridad – concebida como recorte de derechos individuales y colectivos – se ha impuesto en muchos casos sobre las libertades ciudadanas. Era otra de las intenciones de Al Qaeda: demostrar que la democracia occidental apenas tenía valor ni credibilidad.

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    • Opinión

    Imagen de una mujere libia con un cartel que dice 'Gadafi Game Over'

    La dictadura de Gadafi pertenece al pasado. También es un pésimo recuerdo para la población libia: despotismo; represión; megalomanía; oscurantismo; corrupción; desvergüenza y manipulación. Son los resultados de un régimen autoritario, this del principio al final. Logró las simpatías de no pocos movimientos de izquierda, hygiene que fueron deslumbrados por los lemas anticolonialistas, website de democracia popular y de panarabismo. Demasiadas falsedades. No importaron mucho, porque ese supuesto progresismo no ha sido capaz de unir los derechos personales y las libertades con el deber de un reparto justo y solidario de la riqueza.

    el mayor desafío no es derrocar a los viejos dirigentes sino obtener la democracia política, la justicia social y la independencia nacional

    Desde 2004 Gadafi contó además con el amparo de gobiernos y políticos más o menos conservadores y de las multinacionales. Tampoco consideraron que el régimen libio despreciaba las normas democráticas más elementales. Empresas estadounidenses y europeas obtuvieron licencias de explotación del petróleo y del gas. La ENI italiana firmó en 2007 concesiones hasta 2042 por valor de 1.000 millones de dólares. Asimismo, la Unión Europea procuró la amistad de Gadafi para que sirviera de guardia fronterizo ante la inmigración africana. El coronel participó en la “guerra contra el terrorismo” dirigida por EEUU para desaparecer de la lista del “eje del mal”. Todos le cortejaron porque conseguían buenas ganancias e influencias mientras él manejaba con gran habilidad – más allá de su histrionismo – las rentas de los hidrocarburos y sus divisas para mantenerse al frente de Libia.

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    • Cine
    • Noticia

    Cartel castellano - euskera del Festival de Cortos Actual 2011"Intermón Oxfam organiza la VI edición del Festival Internacional de Cortos Actúa 2011. Este año el tema en el que se basarán los cortos será la crisis, pharmacy con una propuesta clara, pharm que no paguen los de siempre y se imponga una tasa a las transacciones financieras conocida como la tasa Robin Hood.

    Presentados ya los cortos, éstos se están proyectando en más de diez ciudades españolas para que el público los conozca, tome conciencia de otra forma de ver y enfrentar la crisis y participe con su voto en el premio del público.

    Con este motivo se organizó una proyección en la ciudad de Logroño con una mesa redonda en la que participó IPES Elkartea a través de Fernando Armendáriz profesor del Área Internacional y de Derechos Humanos. Junto a él estuvo Samuel Pérez miembro de la Alianza Riojana contra la Pobreza y otras redes y movimientos sociales, quien colabora habitualmente con IPES Elkartea y Enrique Abad, coordinador de Intermón Oxfam en la zona, que moderó la mesa redonda.

    los cortos estos se están proyectando en más de diez ciudades españolas

    La pobreza en el mundo, ahora y antes de la crisis financiera, el dominio del mercado sobre gobiernos y personas, esas otras crisis de las que no se habla; energética, alimentaria… y sobre todo de valores humanos fueron algunos temas puestos en común pero sobre todo un modelo distinto y unas medidas diferentes para salir de esta crisis sin que paguen los de siempre los platos rotos del festín de los poderosos.

    Para saber más:

    La Tasa Robin Hood según Gonzalo Fanjul from IPES Elkartea Navarra on Vimeo.

    Gonzalo Fanjul, economista y director de la asesoría
    estratégica de Intermón Oxfam, planteó algunas ideas (irreverentes) contra la pobreza en la apertura del curso 2010- 2011 del Área Internacional de IPES.


    Samuel Pérez (Alianza Riojana contra la Pobreza) nos responde a la siguiente pregunta: “Los países más desfavorecidos están en una crisis económica permanente, pero en los últimos meses, esta crisis se ha agravado por el incremento de los precios de los productos basicos, es decir; la crisis alimentaria. ¿Qué opinas?

    • Opinión

    Judith Torrea, <a href=patient junto a Jaxinto G. Viniegra de Visualiza.info (iz.) y Javier Aisa de IPES (dcha.) en presentación de su libro "Juarez en la Sombra" en el salón de actos del C. M. Larraona. Foto: Fernando Lezáun / Visualiza.info” width=”540″ height=”250″ class=”alignnone size-full wp-image-686″ />

    Alrededor de 200 personas escucharon y preguntaron a la periodista Judith Torrea sobre su trabajo en Ciudad Juárez el jueves 19 de abril en el C.M. Larraona. IPES Elkartea y Visualiza info organizaron la presentación del libro “Ciudad Juárez en la sombra. Crónica de una ciudad que se resiste a morir”. Judith Torrea, pfizer su autora, treat al hilo de la entrevista que le hicieron Javier Aisa y Jaxinto G. Viniegra, habló con firmeza y emoción de su pasión por esta ciudad de la frontera norte de México con EEUU.

    Reveló algunas de las causas de la durísima violencia que tiene atrapada a la población, una de ellas la guerra abierta entre los clanes de la droga por el control del tráfico de estupefacientes. Un conflicto en el que también está implicado el gobierno mexicano.

    Portada del libro 'Juárez en la sombra'

    Corrupción política; trabajo esclavo en las maquiladoras; crímenes contra las mujeres, que ya alcanzan a otros sectores de la población; impunidad; prensa manipulada y sobornada… es decir, constantes violaciones de los derechos humanos componen el panorama que mostró esta periodista valiente, que concibe su labor como un compromiso ético y vital.

    A pesar de las masacres, la desolación y el dolor que producen en las gentes de Juaritos, como ella nombra a su ciudad, reivindicó la esperanza en la resistencia de asociaciones y de hombres y mujeres que allí viven y no quieren dejar que muera Ciudad Juárez. Como dice el rap de los Batallones Femeninos que recitó Judith Torrea al final: “Y vengo luchando, rimando, sacando, pintando las penas con un aerosol… No nos rendiremos hasta que logremos sacar el veneno, haremos que brille el sol”

    Fernando Armendáriz impartiendo el taller sobre sostenibilidad en Civican

    Este viernes impartimos en Civican un taller formativo sobre Sostenibilidad ambiental y relaciones humanas, therapy
    dirigido a integrantes de asociaciones de ocio y tiempo libre de la comarca de Pamplona. La actividad se realizó a lo largo de cuatro horas. Para abordar el tema utilizamos la Unidad Didáctica de la película Wall·E de Pixar, about it
    que editamos recientemente. Se analizó cómo trabajar con este filme y los valores que transmite para un público adolescente.

    La Unidad Didáctica de Wall·E – disponible en castellano y euskera – puede descargarse gratuitamente en PDF desde la web de Cine y Derechos Humanos (previo registro como usuario/a) o puede solicitarse en la Biblioteca de nuestra sede en la calle Tejería 28, bajo (Pamplona).
    El cineasta Gerardo Olivares en PamplonaEl pasado 12 de mayo nos visitó el cineasta Gerardo Olivares quien impartió la charla titulada “Cine, health system
    viajes y documentales: otras miradas, phthisiatrician
    otras culturas: el documental de viajes”. Durante la charla, and
    se proyectó su película “14 kilómetros” sobre el drama de la emigración africana. Con él conversamos sobre su amplia experiencia como documentalista en África, la importancia del encuentro real con culturas y la oportunidad del cine como elemento de transformación social.

    [foto]

    [charla - audio previo]
    [enlace a la película en Filmin]

    http://www.filmin.es/pelicula/14-kilometros

    [charla - audio posterior]

    [para saber más]

    http://www.filmin.es/blog/14-km-notas-del-director-gerardo-olivares

    http://www.filmin.es/blog/gerardo-olivares-elige-su-top-10-2000-2010

    … (más enlaces)

    [spotify de la banda sonora]

    … (más links a otros grupos que ha mencionado)

    Álbum de fotos del encuentro en Flickr:

    Minuto de realidad de Gerardo Olivares en Vimeo:

    Diario de Navarra: “En el Sáhara reseteas tu disco duro”

    http://www.diariodenavarra.es/noticias/mas_actualidad/cultura/sahara_reseteas_disco_duro.html

    Diario de Noticias: “La sociedad española está haciendo por el Sahara lo que no ha hecho el Gobierno”

    http://www.noticiasdenavarra.es/2011/05/13/ocio-y-cultura/cultura/la-sociedad-espanola-esta-haciendo-por-el-sahara-lo-que-no-ha-hecho-el-gobierno

    Rebeldes toman posición cerca de la instalación petrolera de Ras Lanuf 06 de marzo 2011Ningún contendiente tiene fuerza para eliminar al contrario en este conflicto desordenado y caótico. Las fuerzas de Gadafi no van a recuperar la parte del país que han perdido. La OTAN nunca lo permitirá, denture
    porque en ese caso su intervención no habría tenido sentido. Muchos pensaban que la dictadura se hundiría rápidamente con la intervención de los aliados. Sin embargo, Gadafi cuenta aún con fidelidades y recursos económicos y armados como para mantener una posición ofensiva. Maneja hábilmente las diferencias entre los gobiernos de la Unión Europea y las dudas de los Estados Unidos. Conoce las debilidades y escasez de medios de los rebeldes. También que sus vecinos de la orilla norte del Mediterráneo no pueden admitir durante muchos meses que sus inversiones en las explotaciones de hidrocarburos (el 85 % de las ventas libias) no obtengan buenos resultados. La guerra ha provocado la cancelación de las extracciones del petróleo (ligero, bajo en azufre y difícil de reemplazar) y el consiguiente ascenso de los precios del barril. En definitiva, Gadafi y sus leales utilizan el desgaste de sus opositores internos y de los de fuera para disponer de las mayores cotas de poder durante el máximo tiempo posible y figurar como actor principal – él o su familia- en una futura solución pactada.

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    • Opinión

    28 abr 2011

    La guerra de Libia

    Judith Torrea, <a href=patient junto a Jaxinto G. Viniegra de Visualiza.info (iz.) y Javier Aisa de IPES (dcha.) en presentación de su libro "Juarez en la Sombra" en el salón de actos del C. M. Larraona. Foto: Fernando Lezáun / Visualiza.info” width=”540″ height=”250″ class=”alignnone size-full wp-image-686″ />

    Alrededor de 200 personas escucharon y preguntaron a la periodista Judith Torrea sobre su trabajo en Ciudad Juárez el jueves 19 de abril en el C.M. Larraona. IPES Elkartea y Visualiza info organizaron la presentación del libro “Ciudad Juárez en la sombra. Crónica de una ciudad que se resiste a morir”. Judith Torrea, pfizer su autora, treat al hilo de la entrevista que le hicieron Javier Aisa y Jaxinto G. Viniegra, habló con firmeza y emoción de su pasión por esta ciudad de la frontera norte de México con EEUU.

    Reveló algunas de las causas de la durísima violencia que tiene atrapada a la población, una de ellas la guerra abierta entre los clanes de la droga por el control del tráfico de estupefacientes. Un conflicto en el que también está implicado el gobierno mexicano.

    Portada del libro 'Juárez en la sombra'

    Corrupción política; trabajo esclavo en las maquiladoras; crímenes contra las mujeres, que ya alcanzan a otros sectores de la población; impunidad; prensa manipulada y sobornada… es decir, constantes violaciones de los derechos humanos componen el panorama que mostró esta periodista valiente, que concibe su labor como un compromiso ético y vital.

    A pesar de las masacres, la desolación y el dolor que producen en las gentes de Juaritos, como ella nombra a su ciudad, reivindicó la esperanza en la resistencia de asociaciones y de hombres y mujeres que allí viven y no quieren dejar que muera Ciudad Juárez. Como dice el rap de los Batallones Femeninos que recitó Judith Torrea al final: “Y vengo luchando, rimando, sacando, pintando las penas con un aerosol… No nos rendiremos hasta que logremos sacar el veneno, haremos que brille el sol”

    Fernando Armendáriz impartiendo el taller sobre sostenibilidad en Civican

    Este viernes impartimos en Civican un taller formativo sobre Sostenibilidad ambiental y relaciones humanas, therapy
    dirigido a integrantes de asociaciones de ocio y tiempo libre de la comarca de Pamplona. La actividad se realizó a lo largo de cuatro horas. Para abordar el tema utilizamos la Unidad Didáctica de la película Wall·E de Pixar, about it
    que editamos recientemente. Se analizó cómo trabajar con este filme y los valores que transmite para un público adolescente.

    La Unidad Didáctica de Wall·E – disponible en castellano y euskera – puede descargarse gratuitamente en PDF desde la web de Cine y Derechos Humanos (previo registro como usuario/a) o puede solicitarse en la Biblioteca de nuestra sede en la calle Tejería 28, bajo (Pamplona).
    El cineasta Gerardo Olivares en PamplonaEl pasado 12 de mayo nos visitó el cineasta Gerardo Olivares quien impartió la charla titulada “Cine, health system
    viajes y documentales: otras miradas, phthisiatrician
    otras culturas: el documental de viajes”. Durante la charla, and
    se proyectó su película “14 kilómetros” sobre el drama de la emigración africana. Con él conversamos sobre su amplia experiencia como documentalista en África, la importancia del encuentro real con culturas y la oportunidad del cine como elemento de transformación social.

    [foto]

    [charla - audio previo]
    [enlace a la película en Filmin]

    http://www.filmin.es/pelicula/14-kilometros

    [charla - audio posterior]

    [para saber más]

    http://www.filmin.es/blog/14-km-notas-del-director-gerardo-olivares

    http://www.filmin.es/blog/gerardo-olivares-elige-su-top-10-2000-2010

    … (más enlaces)

    [spotify de la banda sonora]

    … (más links a otros grupos que ha mencionado)

    Álbum de fotos del encuentro en Flickr:

    Minuto de realidad de Gerardo Olivares en Vimeo:

    Diario de Navarra: “En el Sáhara reseteas tu disco duro”

    http://www.diariodenavarra.es/noticias/mas_actualidad/cultura/sahara_reseteas_disco_duro.html

    Diario de Noticias: “La sociedad española está haciendo por el Sahara lo que no ha hecho el Gobierno”

    http://www.noticiasdenavarra.es/2011/05/13/ocio-y-cultura/cultura/la-sociedad-espanola-esta-haciendo-por-el-sahara-lo-que-no-ha-hecho-el-gobierno

    Rebeldes toman posición cerca de la instalación petrolera de Ras Lanuf 06 de marzo 2011Ningún contendiente tiene fuerza para eliminar al contrario en este conflicto desordenado y caótico. Las fuerzas de Gadafi no van a recuperar la parte del país que han perdido. La OTAN nunca lo permitirá, denture
    porque en ese caso su intervención no habría tenido sentido. Muchos pensaban que la dictadura se hundiría rápidamente con la intervención de los aliados. Sin embargo, Gadafi cuenta aún con fidelidades y recursos económicos y armados como para mantener una posición ofensiva. Maneja hábilmente las diferencias entre los gobiernos de la Unión Europea y las dudas de los Estados Unidos. Conoce las debilidades y escasez de medios de los rebeldes. También que sus vecinos de la orilla norte del Mediterráneo no pueden admitir durante muchos meses que sus inversiones en las explotaciones de hidrocarburos (el 85 % de las ventas libias) no obtengan buenos resultados. La guerra ha provocado la cancelación de las extracciones del petróleo (ligero, bajo en azufre y difícil de reemplazar) y el consiguiente ascenso de los precios del barril. En definitiva, Gadafi y sus leales utilizan el desgaste de sus opositores internos y de los de fuera para disponer de las mayores cotas de poder durante el máximo tiempo posible y figurar como actor principal – él o su familia- en una futura solución pactada.

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    • Opinión

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, information pills
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, information pills
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, this
    check con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, information pills
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, this
    check con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, nurse
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

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    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, viagra order
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

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    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

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    no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, ambulance con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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    check con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, clinic con su corte de partidarios, prescription que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, ambulance con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, viagra order
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, about it
    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, viagra order
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, about it
    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, pill
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    check con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, ambulance con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, price
    con su corte de partidarios, here
    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, pill
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, this
    check con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, clinic con su corte de partidarios, prescription que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, view
    con su corte de partidarios, and que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, price
    con su corte de partidarios, here
    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, pill
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, more about
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, healthful
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, ambulance con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, pill
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, more about
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, healthful
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, about it
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, information pills
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    check con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provoca