Actualidad internacional

  • Opinión

Logotipo de la Coordinadora Navarra de ONGDEl pasado 16 de junio participamos en un encuentro en la Coordinadora Navarra de ONGD con motivo de la elaboración del borrador de su Plan de Comunicación.

Nuestras intervenciones sobre el borrador debían responder a los siguientes interrogantes:

1.- ¿Consideras que la CONGDN debe tener un Plan de Comunicación? ¿Por qué?
2.- Partiendo del principio de que la CONGDN es una asociación plural formada por 63 ONGD, sick
¿consideras que este borrador cumple con el objetivo de abordar una comunicación plural?
3.- Tus aportaciones y/o modificaciones al borrador. Dentro de estas aportaciones, view
¿consideras que se trata de un Plan viable, more about
es decir, compaginable con la realidad comunicativa actual?

En este encuentro participamos:

Asistentes al encuentroAna Otamendi, de la Asociación Navarra Nuevo Futuro

Andrea Aisa, de IPES Elkartea Navarra

Hildegart González, de la Universidad de Navarra

Jaxinto G.Viniegra, de Visualiza.info

Juan Yeregui, de Radio Nacional de España – Navarra

Tere Burgui, vocal de redes de la CONGDN

Comisión de comunicación de la Coordinadora navarra de ONGD

Os dejamos a continuación la presentación que desde IPES elaboramos para el encuentro: “Del paradigma comunicativo de Lasswell a la comunicación 2.0.”

Logotipo de la Coordinadora Navarra de ONGDEl pasado 16 de junio participamos en un encuentro en la Coordinadora Navarra de ONGD con motivo de la elaboración del borrador de su Plan de Comunicación.

Nuestras intervenciones sobre el borrador debían responder a los siguientes interrogantes:

1.- ¿Consideras que la CONGDN debe tener un Plan de Comunicación? ¿Por qué?
2.- Partiendo del principio de que la CONGDN es una asociación plural formada por 63 ONGD, see
¿consideras que este borrador cumple con el objetivo de abordar una comunicación plural?
3.- Tus aportaciones y/o modificaciones al borrador. Dentro de estas aportaciones, price
¿consideras que se trata de un Plan viable, pilule
es decir, compaginable con la realidad comunicativa actual?

En este encuentro participamos:

Asistentes al encuentroAna Otamendi, de la Asociación Navarra Nuevo Futuro

Andrea Aisa, de IPES Elkartea Navarra

Hildegart González, de la Universidad de Navarra

Jaxinto G.Viniegra, de Visualiza.info

Juan Yeregui, de Radio Nacional de España – Navarra

Tere Burgui, vocal de redes de la CONGDN

Comisión de comunicación de la Coordinadora navarra de ONGD

Os dejamos a continuación la presentación que desde IPES elaboramos para el encuentro: “Del paradigma comunicativo de Lasswell a la comunicación 2.0.”

Durante los días 17, dosage
18 y 19 de junio IPES Elkartea ha participado en los encuentros de reflexión y formación organizados por el Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social (CEJIS) y por el Consejo de Capitanes Guaraníes de Chuquisaca (Bolivia). Con CEJIS participamos en un proceso de empoderamiento de Derechos Humanos de las comunidades guaraníes.

Esta reunión, la cuarta de un total de seis, se ha celebrado en la localidad de Monteagudo. Los temas tratados han sido Derechos Humanos, objetivos y funcionamiento del Observatorio de Derechos humanos, conflictos ambientales y Comunicación y Género.

Han acudido alrededor de personas, integrantes de las comunidades y zonales que forman parte del Consejo de Capitanes Guaraníes de Chuquisaca.

El objetivo de estos encuentros ha sido adquirir formación y capacitación en las materias abordadas para avanzar en el ejercicio de sus derechos e, igualmente, asumir responsabilidades en el monitoreo de las situaciones de conflicto y vulneración de derechos de los pueblos indígenas, con la finalidad de avanzar en el ejercicio de sus derechos, mediante el asesoramiento técnico y jurídico de CEJIS.

El desarrollo de esta actividad forma parte del proyecto financiado por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo y el Gobierno de Navarra, a solicitud de IPES Elkartea, y que fue aprobado el año pasado. En el encuentro también estuvieron presentes dos representantes de las Oficinas Técnicas de Cooperación de la AECID: Sara Gimeno (Técnica de la unidad ONGD de la OTC – AECID Bolivia) y Patricia Ramos (Técnica de la unidad pueblos indígenas de OTC – AECID Bolivia). Ellas son las encargadas del seguimiento del proyecto.

Nota:

Creo que tú también tienes las fotos de este encuentro. Así pues les puedes pones pie con quienes participan y salen en ellas para no hacer pesada la nota con nombres y cargos.

Enlaces:

La AECID en Bolivia. Valoras si colocarla es muy poca información y no he visto nada que haga referencia a estos talleres

http://www.aecid.bo/web/enbolivia.php

La web de CEJIS

En vez de la web te paso mejor el blog del observatorio de derechos humanos que la página la tienen todavía kao

http://observatorio-ddhh.blogspot.com/

Durante los días 17, here
18 y 19 de junio IPES Elkartea ha participado en los encuentros de reflexión y formación organizados por el Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social (CEJIS) y por el Consejo de Capitanes Guaraníes de Chuquisaca (Bolivia). Con CEJIS participamos en un proceso de empoderamiento de Derechos Humanos de las comunidades guaraníes.

Esta reunión, ed la cuarta de un total de seis, se ha celebrado en la localidad de Monteagudo. Los temas tratados han sido Derechos Humanos, objetivos y funcionamiento del Observatorio de Derechos Humanos, conflictos ambientales y Comunicación y Género.

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  • Actividades
  • Cine
  • Noticia

José Abu-Tarbush, order experto en la cuestión palestina, more about fue el encargado de presentar la película Zindeeq en la VII edición de la muestra de cine ‘El Mundo y los Derechos Humanos’, organizada por IPES Elkartea.

“El triunfo más importante de Bin Laden fue provocar la reacción militarista estadounidense en el mundo árabe e islámico, ya que su lógica partía de atacar al enemigo lejano para derrotar al cercano, pues la intervención de EEUU propiciaría el radicalismo y, presumiblemente, permitiría a Al Qaeda granjearse apoyos sociales a su estrategia terrorista”. Así valora la muerte del líder terrorista a manos de EEUU José Abu-Tarbush, profesor de Sociología en la Universidad de la Laguna, encargado de presentar en la Muestra de Cine ‘El Mundo y los Derechos Humanos’ la película Zindeeq del director Michel Khleifi.

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  • Opinión

Judith Torrea, <a href=patient junto a Jaxinto G. Viniegra de Visualiza.info (iz.) y Javier Aisa de IPES (dcha.) en presentación de su libro "Juarez en la Sombra" en el salón de actos del C. M. Larraona. Foto: Fernando Lezáun / Visualiza.info” width=”540″ height=”250″ class=”alignnone size-full wp-image-686″ />

Alrededor de 200 personas escucharon y preguntaron a la periodista Judith Torrea sobre su trabajo en Ciudad Juárez el jueves 19 de abril en el C.M. Larraona. IPES Elkartea y Visualiza info organizaron la presentación del libro “Ciudad Juárez en la sombra. Crónica de una ciudad que se resiste a morir”. Judith Torrea, pfizer su autora, treat al hilo de la entrevista que le hicieron Javier Aisa y Jaxinto G. Viniegra, habló con firmeza y emoción de su pasión por esta ciudad de la frontera norte de México con EEUU.

Reveló algunas de las causas de la durísima violencia que tiene atrapada a la población, una de ellas la guerra abierta entre los clanes de la droga por el control del tráfico de estupefacientes. Un conflicto en el que también está implicado el gobierno mexicano.

Portada del libro 'Juárez en la sombra'

Corrupción política; trabajo esclavo en las maquiladoras; crímenes contra las mujeres, que ya alcanzan a otros sectores de la población; impunidad; prensa manipulada y sobornada… es decir, constantes violaciones de los derechos humanos componen el panorama que mostró esta periodista valiente, que concibe su labor como un compromiso ético y vital.

A pesar de las masacres, la desolación y el dolor que producen en las gentes de Juaritos, como ella nombra a su ciudad, reivindicó la esperanza en la resistencia de asociaciones y de hombres y mujeres que allí viven y no quieren dejar que muera Ciudad Juárez. Como dice el rap de los Batallones Femeninos que recitó Judith Torrea al final: “Y vengo luchando, rimando, sacando, pintando las penas con un aerosol… No nos rendiremos hasta que logremos sacar el veneno, haremos que brille el sol”

Fernando Armendáriz impartiendo el taller sobre sostenibilidad en Civican

Este viernes impartimos en Civican un taller formativo sobre Sostenibilidad ambiental y relaciones humanas, therapy
dirigido a integrantes de asociaciones de ocio y tiempo libre de la comarca de Pamplona. La actividad se realizó a lo largo de cuatro horas. Para abordar el tema utilizamos la Unidad Didáctica de la película Wall·E de Pixar, about it
que editamos recientemente. Se analizó cómo trabajar con este filme y los valores que transmite para un público adolescente.

La Unidad Didáctica de Wall·E – disponible en castellano y euskera – puede descargarse gratuitamente en PDF desde la web de Cine y Derechos Humanos (previo registro como usuario/a) o puede solicitarse en la Biblioteca de nuestra sede en la calle Tejería 28, bajo (Pamplona).
El cineasta Gerardo Olivares en PamplonaEl pasado 12 de mayo nos visitó el cineasta Gerardo Olivares quien impartió la charla titulada “Cine, health system
viajes y documentales: otras miradas, phthisiatrician
otras culturas: el documental de viajes”. Durante la charla, and
se proyectó su película “14 kilómetros” sobre el drama de la emigración africana. Con él conversamos sobre su amplia experiencia como documentalista en África, la importancia del encuentro real con culturas y la oportunidad del cine como elemento de transformación social.

[foto]

[charla - audio previo]
[enlace a la película en Filmin]

http://www.filmin.es/pelicula/14-kilometros

[charla - audio posterior]

[para saber más]

http://www.filmin.es/blog/14-km-notas-del-director-gerardo-olivares

http://www.filmin.es/blog/gerardo-olivares-elige-su-top-10-2000-2010

… (más enlaces)

[spotify de la banda sonora]

… (más links a otros grupos que ha mencionado)

Álbum de fotos del encuentro en Flickr:

Minuto de realidad de Gerardo Olivares en Vimeo:

Diario de Navarra: “En el Sáhara reseteas tu disco duro”

http://www.diariodenavarra.es/noticias/mas_actualidad/cultura/sahara_reseteas_disco_duro.html

Diario de Noticias: “La sociedad española está haciendo por el Sahara lo que no ha hecho el Gobierno”

http://www.noticiasdenavarra.es/2011/05/13/ocio-y-cultura/cultura/la-sociedad-espanola-esta-haciendo-por-el-sahara-lo-que-no-ha-hecho-el-gobierno

Rebeldes toman posición cerca de la instalación petrolera de Ras Lanuf 06 de marzo 2011Ningún contendiente tiene fuerza para eliminar al contrario en este conflicto desordenado y caótico. Las fuerzas de Gadafi no van a recuperar la parte del país que han perdido. La OTAN nunca lo permitirá, denture
porque en ese caso su intervención no habría tenido sentido. Muchos pensaban que la dictadura se hundiría rápidamente con la intervención de los aliados. Sin embargo, Gadafi cuenta aún con fidelidades y recursos económicos y armados como para mantener una posición ofensiva. Maneja hábilmente las diferencias entre los gobiernos de la Unión Europea y las dudas de los Estados Unidos. Conoce las debilidades y escasez de medios de los rebeldes. También que sus vecinos de la orilla norte del Mediterráneo no pueden admitir durante muchos meses que sus inversiones en las explotaciones de hidrocarburos (el 85 % de las ventas libias) no obtengan buenos resultados. La guerra ha provocado la cancelación de las extracciones del petróleo (ligero, bajo en azufre y difícil de reemplazar) y el consiguiente ascenso de los precios del barril. En definitiva, Gadafi y sus leales utilizan el desgaste de sus opositores internos y de los de fuera para disponer de las mayores cotas de poder durante el máximo tiempo posible y figurar como actor principal – él o su familia- en una futura solución pactada.

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  • Opinión

28 abr 2011

La guerra de Libia

Judith Torrea, <a href=patient junto a Jaxinto G. Viniegra de Visualiza.info (iz.) y Javier Aisa de IPES (dcha.) en presentación de su libro "Juarez en la Sombra" en el salón de actos del C. M. Larraona. Foto: Fernando Lezáun / Visualiza.info” width=”540″ height=”250″ class=”alignnone size-full wp-image-686″ />

Alrededor de 200 personas escucharon y preguntaron a la periodista Judith Torrea sobre su trabajo en Ciudad Juárez el jueves 19 de abril en el C.M. Larraona. IPES Elkartea y Visualiza info organizaron la presentación del libro “Ciudad Juárez en la sombra. Crónica de una ciudad que se resiste a morir”. Judith Torrea, pfizer su autora, treat al hilo de la entrevista que le hicieron Javier Aisa y Jaxinto G. Viniegra, habló con firmeza y emoción de su pasión por esta ciudad de la frontera norte de México con EEUU.

Reveló algunas de las causas de la durísima violencia que tiene atrapada a la población, una de ellas la guerra abierta entre los clanes de la droga por el control del tráfico de estupefacientes. Un conflicto en el que también está implicado el gobierno mexicano.

Portada del libro 'Juárez en la sombra'

Corrupción política; trabajo esclavo en las maquiladoras; crímenes contra las mujeres, que ya alcanzan a otros sectores de la población; impunidad; prensa manipulada y sobornada… es decir, constantes violaciones de los derechos humanos componen el panorama que mostró esta periodista valiente, que concibe su labor como un compromiso ético y vital.

A pesar de las masacres, la desolación y el dolor que producen en las gentes de Juaritos, como ella nombra a su ciudad, reivindicó la esperanza en la resistencia de asociaciones y de hombres y mujeres que allí viven y no quieren dejar que muera Ciudad Juárez. Como dice el rap de los Batallones Femeninos que recitó Judith Torrea al final: “Y vengo luchando, rimando, sacando, pintando las penas con un aerosol… No nos rendiremos hasta que logremos sacar el veneno, haremos que brille el sol”

Fernando Armendáriz impartiendo el taller sobre sostenibilidad en Civican

Este viernes impartimos en Civican un taller formativo sobre Sostenibilidad ambiental y relaciones humanas, therapy
dirigido a integrantes de asociaciones de ocio y tiempo libre de la comarca de Pamplona. La actividad se realizó a lo largo de cuatro horas. Para abordar el tema utilizamos la Unidad Didáctica de la película Wall·E de Pixar, about it
que editamos recientemente. Se analizó cómo trabajar con este filme y los valores que transmite para un público adolescente.

La Unidad Didáctica de Wall·E – disponible en castellano y euskera – puede descargarse gratuitamente en PDF desde la web de Cine y Derechos Humanos (previo registro como usuario/a) o puede solicitarse en la Biblioteca de nuestra sede en la calle Tejería 28, bajo (Pamplona).
El cineasta Gerardo Olivares en PamplonaEl pasado 12 de mayo nos visitó el cineasta Gerardo Olivares quien impartió la charla titulada “Cine, health system
viajes y documentales: otras miradas, phthisiatrician
otras culturas: el documental de viajes”. Durante la charla, and
se proyectó su película “14 kilómetros” sobre el drama de la emigración africana. Con él conversamos sobre su amplia experiencia como documentalista en África, la importancia del encuentro real con culturas y la oportunidad del cine como elemento de transformación social.

[foto]

[charla - audio previo]
[enlace a la película en Filmin]

http://www.filmin.es/pelicula/14-kilometros

[charla - audio posterior]

[para saber más]

http://www.filmin.es/blog/14-km-notas-del-director-gerardo-olivares

http://www.filmin.es/blog/gerardo-olivares-elige-su-top-10-2000-2010

… (más enlaces)

[spotify de la banda sonora]

… (más links a otros grupos que ha mencionado)

Álbum de fotos del encuentro en Flickr:

Minuto de realidad de Gerardo Olivares en Vimeo:

Diario de Navarra: “En el Sáhara reseteas tu disco duro”

http://www.diariodenavarra.es/noticias/mas_actualidad/cultura/sahara_reseteas_disco_duro.html

Diario de Noticias: “La sociedad española está haciendo por el Sahara lo que no ha hecho el Gobierno”

http://www.noticiasdenavarra.es/2011/05/13/ocio-y-cultura/cultura/la-sociedad-espanola-esta-haciendo-por-el-sahara-lo-que-no-ha-hecho-el-gobierno

Rebeldes toman posición cerca de la instalación petrolera de Ras Lanuf 06 de marzo 2011Ningún contendiente tiene fuerza para eliminar al contrario en este conflicto desordenado y caótico. Las fuerzas de Gadafi no van a recuperar la parte del país que han perdido. La OTAN nunca lo permitirá, denture
porque en ese caso su intervención no habría tenido sentido. Muchos pensaban que la dictadura se hundiría rápidamente con la intervención de los aliados. Sin embargo, Gadafi cuenta aún con fidelidades y recursos económicos y armados como para mantener una posición ofensiva. Maneja hábilmente las diferencias entre los gobiernos de la Unión Europea y las dudas de los Estados Unidos. Conoce las debilidades y escasez de medios de los rebeldes. También que sus vecinos de la orilla norte del Mediterráneo no pueden admitir durante muchos meses que sus inversiones en las explotaciones de hidrocarburos (el 85 % de las ventas libias) no obtengan buenos resultados. La guerra ha provocado la cancelación de las extracciones del petróleo (ligero, bajo en azufre y difícil de reemplazar) y el consiguiente ascenso de los precios del barril. En definitiva, Gadafi y sus leales utilizan el desgaste de sus opositores internos y de los de fuera para disponer de las mayores cotas de poder durante el máximo tiempo posible y figurar como actor principal – él o su familia- en una futura solución pactada.

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  • Actividades
  • Charla

Judith Torrea, <a href=traumatologist junto a Jaxinto G. Viniegra de Visualiza.info (iz.) y Javier Aisa de IPES (dcha.) en presentación de su libro "Juarez en la Sombra" en el salón de actos del C. M. Larraona. Foto: Fernando Lezáun / Visualiza.info” width=”540″ height=”250″ class=”alignnone size-full wp-image-686″ />

Alrededor de 200 personas escucharon y preguntaron a la periodista Judith Torrea sobre su trabajo en Ciudad Juárez el jueves 19 de abril en el C.M. Larraona. IPES Elkartea y Visualiza info organizaron la presentación del libro “Ciudad Juárez en la sombra. Crónica de una ciudad que se resiste a morir”. Judith Torrea, ed su autora, al hilo de la entrevista que le hicieron Javier Aisa y Jaxinto G. Viniegra, habló con firmeza y emoción de su pasión por esta ciudad de la frontera norte de México con EEUU.

Reveló algunas de las causas de la durísima violencia que tiene atrapada a la población, una de ellas la guerra abierta entre los clanes de la droga por el control del tráfico de estupefacientes. Un conflicto en el que también está implicado el gobierno mexicano.

Portada del libro 'Juárez en la sombra'

Corrupción política; trabajo esclavo en las maquiladoras; crímenes contra las mujeres, que ya alcanzan a otros sectores de la población; impunidad; prensa manipulada y sobornada… es decir, constantes violaciones de los derechos humanos componen el panorama que mostró esta periodista valiente, que concibe su labor como un compromiso ético y vital.

A pesar de las masacres, la desolación y el dolor que producen en las gentes de Juaritos, como ella nombra a su ciudad, reivindicó la esperanza en la resistencia de asociaciones y de hombres y mujeres que allí viven y no quieren dejar que muera Ciudad Juárez. Como dice el rap de los Batallones Femeninos que recitó Judith Torrea al final: “Y vengo luchando, rimando, sacando, pintando las penas con un aerosol… No nos rendiremos hasta que logremos sacar el veneno, haremos que brille el sol”

Fotografía:
Visualiza info / Fernando Lezaun | CC/By-Sa

  • Jornadas

La Red Navarra de Estudios Chinos – un proyecto liderado por la Universidad Pública de Navarra e IPES Elkartea – propone del 21 al 25 de marzo varias actividades bajo el título “Acercándonos a China”, generic
de la mano del área de Actividades Culturales de la UPNA. Componen el programa dos películas, rx
con nuestra profesora Berta Benarte a cargo de la presentación del tema y del coloquio posterior, healing y un Curso de Cocina China, impartido por Miguel Ángel Mateos. Es un buena muestra para conocer más la cultura, vida diaria y sociedad de ese gran país que es China.

>> Para saber más

  • Imagen de la Red Navarra de Estudios Chinos

    La Red Navarra de Estudios Chinos – un proyecto liderado por la Universidad Pública de Navarra e IPES Elkartea – propone del 21 al 25 de marzo varias actividades bajo el título “Acercándonos a China”, bronchitis
    de la mano del área de Actividades Culturales de la UPNA. Componen el programa dos películas, surgeon
    con nuestra profesora Berta Benarte a cargo de la presentación del tema y del coloquio posterior, y un Curso de Cocina China, impartido por Miguel Ángel Mateos. Es un buena muestra para conocer más la cultura, vida diaria y sociedad de ese gran país que es China.

    >> Para saber más

  • Cartel de las Jornadas de ColombiaDesde las organizaciones Amnistía Internacional, order
    Brigadas Internacionales de Paz, pfizer
    IPES Elkartea, Mugarik Gabe y Aldea llevamos más de doce años trabajando en la denuncia de los abusos contra los derechos humanos en Colombia, y defendiendo y dando voz a esa sociedad civil colombiana que lucha y se organiza en pos de la justicia y la paz. Este año en nuestras duodécimas jornadas, que se celebrarán entre el 15 y 17 de marzo, en las Escuelas de San Francisco, vamos a realizar un repaso a lo acontecido en este país latino-amerícano durante estos doce últimos años.

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    • Jornadas

    Una misión de la Fundación del Consejo General de la Abogacía de España se desplazó hace unas semanas a Panamá, more about
    a petición de IPES Elkartea. El objetivo ha sido realizar un informe independiente sobre el cumplimiento por el Estado panameño de las recomendaciones y requerimientos recibidos desde los diferentes mecanismos internacionales de protección de los derechos humanos.

    Durante cuatro días, viagra
    cuatro abogados de la Fundación visitaron las comunidades de Charco de la Pava y de Valle Rey, rx
    afectadas por la construcción de la presa Chan 75. Allí se reunieron con los dirigentes de estas comunidades y sus abogados, que les relataron la dramática situación por la que atraviesan.

    Este grupo de abogados aportará su punto de vista sobre la controvertida obra y su impacto en las comunidades Ngöbe

    En la ciudad de Panamá también se entrevistaron con representantes de la Cancillería y del Ministerio de Justicia e Interior, el Defensor del Pueblo, el Director de Asuntos Étnicos y representantes de la empresa constructora y del Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos( OACNUDH).

    El resultado de esta visita será la elaboración de un informe independiente. Este grupo de abogados aportará su punto de vista sobre la controvertida obra y su impacto en las comunidades Ngöbe.

    >> Para saber más:

  • Imagen de la presa construida por la empresa AES/ChanguinolaUna misión de la Fundación del Consejo General de la Abogacía de España se desplazó hace unas semanas a Panamá, site
    a petición de IPES Elkartea. El objetivo ha sido realizar un informe independiente sobre el cumplimiento por el Estado panameño de las recomendaciones y requerimientos recibidos desde los diferentes mecanismos internacionales de protección de los derechos humanos.

    Durante cuatro días, nurse cuatro abogados de la Fundación visitaron las comunidades de Charco de la Pava y de Valle Rey, pharm
    afectadas por la construcción de la presa Chan 75. Allí se reunieron con los dirigentes de estas comunidades y sus abogados, que les relataron la dramática situación por la que atraviesan.

    Este grupo de abogados aportará su punto de vista sobre la controvertida obra y su impacto en las comunidades Ngöbe

    En la ciudad de Panamá también se entrevistaron con representantes de la Cancillería y del Ministerio de Justicia e Interior, el Defensor del Pueblo, el Director de Asuntos Étnicos y representantes de la empresa constructora y del Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos( OACNUDH).

    El resultado de esta visita será la elaboración de un informe independiente. Este grupo de abogados aportará su punto de vista sobre la controvertida obra y su impacto en las comunidades Ngöbe.

    >> Para saber más:

  • Imagen de la presa construida por la empresa AES/ChanguinolaUna misión de la Fundación del Consejo General de la Abogacía de España se desplazó hace unas semanas a Panamá, treatment
    a petición de IPES Elkartea. El objetivo ha sido realizar un informe independiente sobre el cumplimiento por el Estado panameño de las recomendaciones y requerimientos recibidos desde los diferentes mecanismos internacionales de protección de los derechos humanos.

    Durante cuatro días, treatment
    cuatro abogados de la Fundación visitaron las comunidades de Charco de la Pava y de Valle Rey, afectadas por la construcción de la presa Chan 75. Allí se reunieron con los dirigentes de estas comunidades y sus abogados, que les relataron la dramática situación por la que atraviesan.

    Este grupo de abogados aportará su punto de vista sobre la controvertida obra y su impacto en las comunidades Ngöbe

    En la ciudad de Panamá también se entrevistaron con representantes de la Cancillería y del Ministerio de Justicia e Interior, el Defensor del Pueblo, el Director de Asuntos Étnicos y representantes de la empresa constructora y del Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos( OACNUDH).

    El resultado de esta visita será la elaboración de un informe independiente. Este grupo de abogados aportará su punto de vista sobre la controvertida obra y su impacto en las comunidades Ngöbe.

    >> Para saber más:

  • Imagen de la Red Navarra de Estudios Chinos

    La Red Navarra de Estudios Chinos – un proyecto liderado por la Universidad Pública de Navarra e IPES Elkartea – propone del 21 al 25 de marzo varias actividades bajo el título “Acercándonos a China”, health care
    de la mano del área de Actividades Culturales de la UPNA. Componen el programa dos películas, con nuestra profesora Berta Benarte a cargo de la presentación del tema y del coloquio posterior, y un Curso de Cocina China, impartido por Miguel Ángel Mateos. Es un buena muestra para conocer más la cultura, vida diaria y sociedad de ese gran país que es China.

    >> Para saber más

    • Opinión

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, information pills
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, information pills
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, this
    check con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, information pills
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, this
    check con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, nurse
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, information pills
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, this
    check con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, nurse
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, help con su corte de partidarios, Sildenafil
    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, online
    no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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    check con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, help con su corte de partidarios, Sildenafil
    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, online
    no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, ambulance con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    check con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

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    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, help con su corte de partidarios, Sildenafil
    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, online
    no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, nurse
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, nurse
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

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    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, view
    con su corte de partidarios, and que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

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    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, online
    no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, price
    con su corte de partidarios, here
    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, ambulance con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, price
    con su corte de partidarios, here
    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, pill
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, information pills
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, this
    check con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, nurse
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, help con su corte de partidarios, Sildenafil
    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, online
    no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, view
    con su corte de partidarios, and que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, here
    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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    check con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, prosthetic
    con su corte de partidarios, about it
    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, clinic con su corte de partidarios, prescription que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, view
    con su corte de partidarios, and que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, price
    con su corte de partidarios, here
    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, pill
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, healthful
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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    check con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, help con su corte de partidarios, Sildenafil
    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, online
    no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, price
    con su corte de partidarios, here
    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, pill
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, healthful
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, about it
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
    con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, viagra order
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    con su corte de partidarios, about it
    que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, pill
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, more about
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, healthful
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

    Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

    Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, about it
    con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

    El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

    En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

    Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

    El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

    El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

    Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

    Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

    La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más all