La lucha por los derechos en India, Senegal y Colombia, de la mano de Nosolofilms

25 nov

Fotograma de Camino a la escuela

Tras Él me llamó Malala, link
el derecho a la educación fue sujeto de una segunda mirada en la XI Muestra de Cine y Derechos Humanos de Pamplona con el análisis con alumnos de secundaria del filme francés Camino a la escuela.

Con un enfoque a medio camino entre el documental y una película de aventuras, site el director Pascal Plisson acompaña en el filme a distintos grupos de escolares en su largo viaje hasta sus centros educativos. La idea de realizar el filme le llegó a Plisson al comprobar, durante un rodaje en Kenia, cómo unos muchachos debían atravesar el Lago Salado de Magadi para ir a la escuela; conmovido, decidió contar “las proezas que algunos niños deben realizar para tener acceso a una educación”.

Así, conocemos la historia de Jackson, un muchacho de 10 años de Kenia, que se enfrenta a un viaje por la sabana de 2 horas diarias protegiendo a su hermana menor. Más al norte en el continente africano, nos invita a acompañar a Zahira, una joven de 12 años de Marruecos, que ha de recorre 22 km a través de las montañas con un par de compañeras. Ya en Asia, conocemos a Samuel, un chico de 11 años de la India, que con ayuda de sus hermanos recorrerá 4 km hasta la escuela en su silla de ruedas. Y finalmente damos el salto a Latinoamérica, donde Carlos, un chaval de 11 años de Argentina, se enfrenta a un trayecto a caballo de 18 km junto a su hermana.

En estos viajes comprobamos cómo todos ellos hacen frente a adversidades en países donde la educación básica no está garantizada, pero donde la valoran como un preciado tesoro al que no se puede renunciar si consigues lograr optar a ella.

Durante el debate con estudiantes de enseñanza media, Luis Arellano, de Nosolofilms, ejemplificó los costes que conlleva para las familias en algunos de estos países el escolarizar a sus hijos: “Aunque el Estado te dé escuela y profesor, hay muchas familias que no pueden llevar a sus hijos al colegio porque no pueden comprar zapatos, libros, uniforme, no tienen acceso al agua…”

En ese sentido, aunque el filme no muestra ningún país desarrollado, trata de dejar claro el gran contraste con sociedades donde la educación es pública y está garantizada, pero mucha gente –especialmente escolares- no es capaz de valorar como una gran oportunidad.
Fotograma de Camino a la escuela

Tras Él me llamó Malala, bronchi
el derecho a la educación fue sujeto de una segunda mirada en la XI Muestra de Cine y Derechos Humanos de Pamplona con el análisis con alumnos de secundaria del filme francés Camino a la escuela.

Con un enfoque a medio camino entre el documental y una película de aventuras, urologist
el director Pascal Plisson acompaña en el filme a distintos grupos de escolares en su largo viaje hasta sus centros educativos. La idea de realizar el filme le llegó a Plisson al comprobar, unhealthy durante un rodaje en Kenia, cómo unos muchachos debían atravesar el Lago Salado de Magadi para ir a la escuela; conmovido, decidió contar “las proezas que algunos niños deben realizar para tener acceso a una educación”.

Así, conocemos la historia de Jackson, un muchacho de 10 años de Kenia, que se enfrenta a un viaje por la sabana de 2 horas diarias protegiendo a su hermana menor. Más al norte en el continente africano, nos invita a acompañar a Zahira, una joven de 12 años de Marruecos, que ha de recorre 22 km a través de las montañas con un par de compañeras. Ya en Asia, conocemos a Samuel, un chico de 11 años de la India, que con ayuda de sus hermanos recorrerá 4 km hasta la escuela en su silla de ruedas. Y finalmente damos el salto a Latinoamérica, donde Carlos, un chaval de 11 años de Argentina, se enfrenta a un trayecto a caballo de 18 km junto a su hermana.

En estos viajes comprobamos cómo todos ellos hacen frente a adversidades en países donde la educación básica no está garantizada, pero donde la valoran como un preciado tesoro al que no se puede renunciar si consigues lograr optar a ella.

Durante el debate con estudiantes de enseñanza media, Luis Arellano, de Nosolofilms, ejemplificó los costes que conlleva para las familias en algunos de estos países el escolarizar a sus hijos: “Aunque el Estado te dé escuela y profesor, hay muchas familias que no pueden llevar a sus hijos al colegio porque no pueden comprar zapatos, libros, uniforme, no tienen acceso al agua…”

En ese sentido, aunque el filme no muestra ningún país desarrollado, trata de dejar claro el gran contraste con sociedades donde la educación es pública y está garantizada, pero mucha gente –especialmente escolares– no es capaz de valorar como una gran oportunidad, incluso aunque sus padres igualmente hagan un esfuerzo económico del que tampoco están exentos.
Invitados a la sesión de Nosolofilms

Por tercer año consecutivo, about it
la plataforma de cine documental con fin social Nosolofilms estuvo presente en la Muestra de Cine y Derechos Humanos, sick
por segunda vez como organizadores. Durante la última jornada, se proyectaron varios cortos que nos acercaron diferentes realidades de Perú (Chicha y Sal), la India (Sheroes), Senegal (Jërëjëf) y Colombia (Perdimos y seguimos perdiendo).

SHEROES

En el proyecto de Carlos Caro enfocado en la India, Sheroes, descubrimos una impresionante apuesta por el empoderamiento de la mujer en el país asiático, donde es marginada socialmente y víctima de todo tipo de abusos y maltratos.

A los más conocidos casos de agresiones sexuales, que gozan de casi total impunidad, se suman otras agresiones también habituales en India, como son los ataques con ácido, con el fin de matar o desfigurar a las víctimas.

La Fundación de Supervivientes al Ácido de la India (Acid Survivors Foundation India, ASFI) estima en entre 100 y 1000 los ataques de este tipo al año, siendo el 72% de ellos contra mujeres. De ellos, el 34% responden a venganzas por el rechazo de propuestas de pretendientes, con otros porcentajes menores por motivo de sospechas de infidelidad o desobediencia al agresor.

Sin embargo, las víctimas han logrado recabar el valor para movilizarse en asociaciones como Stop Acid Attacks (fundada en Nueva Delhi en 2013) que claman por la penalización de estas agresiones y tratan de concienciar a la sociedad de que es culpable pasiva al permitirlas: “La sociedad prepara el crimen, el criminal lo comete”.

En la ciudad de Agra un pequeño grupo de mujeres desfiguradas por el ácido, no sólo buscan cambiar las leyes, sino que han sabido salir adelante laboralmente creando Sheroes Hangout, un revolucionario local a medio camino entre biblioteca y cafetería donde se realizan talleres de todo tipo para empoderamiento de la mujer. Desde allí, donde demuestran a la sociedad que ni tienen motivos por los que avergonzarse ni han dejado de ser válidas para trabajar. Se definen como “luchadoras con cicatrices”.

Se puede seguir su lucha en su web y en su perfil de Facebook.

Fotograma de Sheroes

JËRËJËF

Este otro proyecto de Luis Arellano descubre el problema con los Niños Talibé en Senegal, donde más de 50.000 menores que se dedican a la mendicidad de manera forzada. En esa zona de África, miles de niños son llevados por sus familias –la mayoría de las veces por dificultades económicas- a las daaras, o escuelas coránicas, para aprender el Corán.

Sin embargo, muchos acaban recibiendo malos tratos, viviendo en espacios sin salubridad y debiendo recaudar dinero para los profesores de la daara, denominados marabout, a quien los menores deben devoción y obediencia. Humans Rights Watch considera que muchos de estos niños viven en “condiciones cercanas a la esclavitud”. Y aunque el gobierno legisló en 2005 para acabar con esta situación, está muy lejos de estar resuelta por la larga tradición existente.

La Asociación Jërëjëf de Burlada (Navarra) trabaja en el país intentado mediar para lograr devolver los derechos a los menores, en un difícil equilibrio: “Encontramos un problema al mejorar las daaras: si les das higiene, ropa nueva o seminueva y les intentas cambiar la imagen de mendicidad que tienen, entonces recaudan menos dinero y enseguida el marabout se da cuenta. Buscamos el equilibrio del bienestar de los niños en las daaras y la educación que se les pueda dar con el hecho de que puedan seguir consiguiendo dinero y comida para repartir entre todos los niños”.

Se puede colaborar con la asociación Jërëjëf a través de su web, donde tienen puntual información del estado de sus proyectos y qué necesitan o les es de utilidad.

Fotograma de Jerejef

PERDIMOS Y SEGUIMOS PERDIENDO

El productos Josep Lluís Penadès vivió durante un tiempo en El Chocó, una zona selvática de Colombia donde las comunidades indígenas Emberá y Wounaan están paulatinamente perdiendo sus tierras por el acoso de grupos paramilitares, como el Frente 57 de las FARC, que les expulsan de ellas, roban sus animales y destruyen elementos de cosecha. “El ejército también sobrevuela la zona y hace incursiones, matando a los indígenas. No hay ningún bando que desgraciadamente defienda sus derechos”, lamenta Penadès. En definitiva, el acoso al que se ven sometidos les obliga a cambiar sus formas de vida.

Muchas de las 90 etnias indígenas de Colombia se enfrentan a estos problemas, pero las más pequeñas apenas tienen fuerza para luchas por sus derechos. Estas comunidades vivían de agricultura, caza y pesca sostenible. Pero ante la situación se han visto obligados a unirse; y esta necesaria unión les perjudica en su tradicional forma de supervivencia.

Penadès lo explica: “Ellos estaban acostumbrados a vivir en las riveras de los arrollos pero con casas separadas por varios kilómetros, con pequeñas zonas de tierra que se recuperaba enseguida, con caza, pesca… Pero cuando incursionan todos estos grupos armados se ven obligados a unirse. No es lo mismo cazar para una familia que para toda una comunidad, con lo que el ‘anillo’ de caza que hay alrededor del pueblo es cada vez más alejado, y si quieren ir más lejos a cazar se encuentran con los grupos armados. Lo mismo sucede con la pesca, a lo que se suma el problema de la minería por el oro, defendido por los gobiernos de Uribe y Santos, que contaminan las aguas con mercurio. Al final se ven forzados a entrar en la economía de los blancos y son maltratados por la comunidad afrocolombiana. Muchos jóvenes cuando tienen contacto con la ciudad acaban olvidando las raíces de su cultura y muchas niñas acaban en la prostitución”.

Penadès habla de lo que busca con sus documentales: “Yo puedo explicar todo eso, puedo dar cifras, pero a mí lo que me interesa son las personas, la parte más empática, algo que nos haga sentir que la única diferencia es circustancial: nosotros hemos nacido aquí y ellos allí. Pero como personas tenemos las mismas necesidades: ser amados, amar, tener trabajo, fundar una familia y vivir el día a día. En cualquier problemática hay que ir a buscar la esencia, que son las personas; lo que cambia es el contexto. Yo creo que creando empatía es la forma de poder ayudar. Uno no tiene la capacidad de influir en un gobierno, pero sí a una persona; y si esta persona se conciencia e influye en el vecino, la cadena de valores existe y funciona, y es lo que yo pretendo”.

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