La lucha femenina por el derecho a la educación, a través de los ojos de Malala

17 nov

Fotograma de Techo y comida

La XI Muestra de Cine y Derechos Humanos arrancó con la proyección de Techo y comida, orthopedist
la ópera prima del director jerezano Juan Miguel del Castillo, there
que se adelantó en Pamplona unas semanas a su estreno en salas, tras haber pasado con éxito por numerosos festivales.

El filme retrata sin un ápice de dulcificación la crudeza de la exclusión social y, en última instancia, los desahucios. Una realidad que hasta hace pocos días aparecía constantemente en los telediarios, pero que ahora ha sido sepultada por machacones titulares de recuperación económica. Se diría que ver el filme en este 2015 produce hasta cierta sensación de anacronismo, dado ese alud de mensajes optimistas que nos golpea cada día.

Y, sin embargo, esa realidad sigue ahí: el índice europeo Arope nos indica que 3 de cada 10 españoles está en riesgo de pobreza y exclusión social, más de 13,6 millones de personas. Supone un nuevo y triste récord, sumando casi 800.000 personas al dato del informe previo de 2013.

Este informe destaca también que las familias monoparentales son las más afectadas (el 53%, una de cada dos), y alcanza al 36% de los menores de edad españoles (uno de cada tres).

Conociendo estas cifras, el retrato que nos presenta la película vuelve a golpear al espectador desde el presente: Rocío, una joven madre andaluza consigue a duras penas mantener a su hijo Adrián tras 3 años y medio en el paro, 8 meses sin pagar el alquiler, sin apoyo familiar y sin ningún tipo de prestación. Durante los 93 minutos que dura la proyección le vemos batallar en el día a día, ignorando de alguna manera un futuro aún más oscuro (el desahucio y la pérdida de tutela del menor) que confía que nunca le alcance.

Invitados a Techo y comida
German García, segundo por la derecha, productor del filme Techo y comida.

Tras la proyección en los cines Golem, Germán García, productor de Techo y comida, relató cómo es Rocío: “Es un personaje en busca de trabajo para tener una vida normal. Es un personaje digno, pero no de Disney. Una persona dura, cerrada en sí misma, por la vergüenza al fracaso y a no mostrar el no tener los medios para salir adelante.”

Supone también todo ello un retrato de la desigualdad en nuestra sociedad: “No ha tenido las oportunidades que muchos de nosotros hemos podido tener; y como no tiene esos recursos, todo se le hace más complicado”, añadió García. “Nosotros estamos con ella en su cotidianeidad sencilla y humilde –los estudios de su hijo o que no le corten la luz–; pero hay una maquinaria externa a ella, basada en unas leyes, y que nunca vemos en la película, que sigue funcionando. Y llega un día en el que esa maquinaria, que está llegando, cae como una espada de Damocles”.

El productor explicó que al apostar por este proyecto buscaban también crear una película que funcionara hoy por contexto social, pero también en un futuro: “Queríamos que conservara su validez y funcionara más allá del momento coyuntural, y que una persona que la vea dentro de 20 años siguiera sintiendo lo que habéis podido sentir hoy, empatizando con lo que ella está sufriendo, desde dentro”.

Techo y comida se estrena en cines el 4 de diciembre de 2015.
Fotograma de Techo y comida

La XI Muestra de Cine y Derechos Humanos arrancó con la proyección de Techo y comida, Migraine
la ópera prima del director jerezano Juan Miguel del Castillo, look
que se adelantó en Pamplona unas semanas a su estreno en salas, thumb
tras haber pasado con éxito por numerosos festivales.

El filme retrata sin un ápice de dulcificación la crudeza de la exclusión social y, en última instancia, los desahucios. Una realidad que hasta hace pocos días aparecía constantemente en los telediarios, pero que ahora ha sido sepultada por machacones titulares de recuperación económica. Se diría que ver el filme en este 2015 produce hasta cierta sensación de anacronismo, dado ese alud de mensajes optimistas que nos golpea cada día.

Y, sin embargo, esa realidad sigue ahí: el índice europeo Arope nos indica que 3 de cada 10 españoles está en riesgo de pobreza y exclusión social, más de 13,6 millones de personas. Supone un nuevo y triste récord, sumando casi 800.000 personas al dato del informe previo de 2013.

Este informe destaca también que las familias monoparentales son las más afectadas (el 53%, una de cada dos), y alcanza al 36% de los menores de edad españoles (uno de cada tres).

Conociendo estas cifras, el retrato que nos presenta la película vuelve a golpear al espectador desde el presente: Rocío, una joven madre andaluza consigue a duras penas mantener a su hijo Adrián tras 3 años y medio en el paro, 8 meses sin pagar el alquiler, sin apoyo familiar y sin ningún tipo de prestación. Durante los 93 minutos que dura la proyección le vemos batallar en el día a día, ignorando de alguna manera un futuro aún más oscuro (el desahucio y la pérdida de tutela del menor) que confía que nunca le alcance.

Invitados a Techo y comida
German García, segundo por la derecha, productor del filme Techo y comida.

Tras la proyección en los cines Golem, Germán García, productor de Techo y comida, relató cómo es Rocío: “Es un personaje en busca de trabajo para tener una vida normal. Es un personaje digno, pero no de Disney. Una persona dura, cerrada en sí misma, por la vergüenza al fracaso y a no mostrar el no tener los medios para salir adelante.”

Supone también todo ello un retrato de la desigualdad en nuestra sociedad: “No ha tenido las oportunidades que muchos de nosotros hemos podido tener; y como no tiene esos recursos, todo se le hace más complicado”, añadió García. “Nosotros estamos con ella en su cotidianeidad sencilla y humilde –los estudios de su hijo o que no le corten la luz–; pero hay una maquinaria externa a ella, basada en unas leyes, y que nunca vemos en la película, que sigue funcionando. Y llega un día en el que esa maquinaria, que está llegando, cae como una espada de Damocles”.

El productor explicó que al apostar por este proyecto buscaban también crear una película que funcionara hoy por contexto social, pero también en un futuro: “Queríamos que conservara su validez y funcionara más allá del momento coyuntural, y que una persona que la vea dentro de 20 años siguiera sintiendo lo que habéis podido sentir hoy, empatizando con lo que ella está sufriendo, desde dentro”.

Techo y comida se estrena en cines el 4 de diciembre de 2015.
Fotograma de Techo y comida

La XI Muestra de Cine y Derechos Humanos arrancó con la proyección de Techo y comida, health la ópera prima del director jerezano Juan Miguel del Castillo, Hemophilia
que se adelantó en Pamplona unas semanas a su estreno en salas, tras haber pasado con éxito por numerosos festivales.

El filme retrata sin un ápice de dulcificación la crudeza de la exclusión social y, en última instancia, los desahucios. Una realidad que hasta hace pocos días aparecía constantemente en los telediarios, pero que ahora ha sido sepultada por machacones titulares de recuperación económica. Se diría que ver el filme en este 2015 produce hasta cierta sensación de anacronismo, dado ese alud de mensajes optimistas que nos golpea cada día.

Y, sin embargo, esa realidad sigue ahí: el índice europeo Arope nos indica que 3 de cada 10 españoles está en riesgo de pobreza y exclusión social, más de 13,6 millones de personas. Supone un nuevo y triste récord, sumando casi 800.000 personas al dato del informe previo de 2013.

Este informe destaca también que las familias monoparentales son las más afectadas (el 53%, una de cada dos), y alcanza al 36% de los menores de edad españoles (uno de cada tres).

Conociendo estas cifras, el retrato que nos presenta la película vuelve a golpear al espectador desde el presente: Rocío, una joven madre andaluza consigue a duras penas mantener a su hijo Adrián tras 3 años y medio en el paro, 8 meses sin pagar el alquiler, sin apoyo familiar y sin ningún tipo de prestación. Durante los 93 minutos que dura la proyección le vemos batallar en el día a día, ignorando de alguna manera un futuro aún más oscuro (el desahucio y la pérdida de tutela del menor) que confía que nunca le alcance.

Invitados a Techo y comida
De izda. a dcha. Arturo Cisneros (productor navarro del documental Ya sé dónde está el dinero, mami), Begoña Arrondo (IPES Elkartea), Germán García (productor del filme Techo y comida) y Susana Irisarri (Área de Cooperación Universitaria para el Desarrollo, UPNA).

Tras la proyección en los cines Golem, Germán García, productor de Techo y comida, relató cómo es Rocío: “Es un personaje en busca de trabajo para tener una vida normal. Es un personaje digno, pero no de Disney. Una persona dura, cerrada en sí misma, por la vergüenza al fracaso y a no mostrar el no tener los medios para salir adelante.”

Supone también todo ello un retrato de la desigualdad en nuestra sociedad: “No ha tenido las oportunidades que muchos de nosotros hemos podido tener; y como no tiene esos recursos, todo se le hace más complicado”, añadió García. “Nosotros estamos con ella en su cotidianeidad sencilla y humilde –los estudios de su hijo o que no le corten la luz–; pero hay una maquinaria externa a ella, basada en unas leyes, y que nunca vemos en la película, que sigue funcionando. Y llega un día en el que esa maquinaria, que está llegando, cae como una espada de Damocles”.

El productor explicó que al apostar por este proyecto buscaban también crear una película que funcionara hoy por contexto social, pero también en un futuro: “Queríamos que conservara su validez y funcionara más allá del momento coyuntural, y que una persona que la vea dentro de 20 años siguiera sintiendo lo que habéis podido sentir hoy, empatizando con lo que ella está sufriendo, desde dentro”.

Techo y comida se estrena en cines el 4 de diciembre de 2015.
Fotograma de Techo y comida

La XI Muestra de Cine y Derechos Humanos arrancó con la proyección de Techo y comida, Syphilis
la ópera prima del director jerezano Juan Miguel del Castillo, gerontologist
que se adelantó en Pamplona unas semanas a su estreno en salas, tras haber pasado con éxito por numerosos festivales.

El filme retrata sin un ápice de dulcificación la crudeza de la exclusión social y, en última instancia, los desahucios. Una realidad que hasta hace pocos días aparecía constantemente en los telediarios, pero que ahora ha sido sepultada por machacones titulares de recuperación económica. Se diría que ver el filme en este 2015 produce hasta cierta sensación de anacronismo, dado ese alud de mensajes optimistas que nos golpea cada día.

Y, sin embargo, esa realidad sigue ahí: el índice europeo Arope nos indica que 3 de cada 10 españoles está en riesgo de pobreza y exclusión social, más de 13,6 millones de personas. Supone un nuevo y triste récord, sumando casi 800.000 personas al dato del informe previo de 2013.

Este informe destaca también que las familias monoparentales son las más afectadas (el 53%, una de cada dos), y alcanza al 36% de los menores de edad españoles (uno de cada tres).

Conociendo estas cifras, el retrato que nos presenta la película vuelve a golpear al espectador desde el presente: Rocío, una joven madre andaluza consigue a duras penas mantener a su hijo Adrián tras 3 años y medio en el paro, 8 meses sin pagar el alquiler, sin apoyo familiar y sin ningún tipo de prestación. Durante los 93 minutos que dura la proyección le vemos batallar en el día a día, ignorando de alguna manera un futuro aún más oscuro (el desahucio y la pérdida de tutela del menor) que confía que nunca le alcance.

Invitados a Techo y comida
De izda. a dcha. Arturo Cisneros (productor navarro del documental Ya sé dónde está el dinero, mami), Begoña Arrondo (IPES Elkartea), Germán García (productor del filme Techo y comida) y Susana Irisarri (Área de Cooperación Universitaria para el Desarrollo, UPNA).

Tras la proyección en los cines Golem, Germán García, productor de Techo y comida, relató cómo es Rocío: “Es un personaje en busca de trabajo para tener una vida normal. Es un personaje digno, pero no de Disney. Una persona dura, cerrada en sí misma, por la vergüenza al fracaso y a no mostrar el no tener los medios para salir adelante.”

Supone también todo ello un retrato de la desigualdad en nuestra sociedad: “No ha tenido las oportunidades que muchos de nosotros hemos podido tener; y como no tiene esos recursos, todo se le hace más complicado”, añadió García. “Nosotros estamos con ella en su cotidianeidad sencilla y humilde –los estudios de su hijo o que no le corten la luz–; pero hay una maquinaria externa a ella, basada en unas leyes, y que nunca vemos en la película, que sigue funcionando. Y llega un día en el que esa maquinaria, que está llegando, cae como una espada de Damocles”.

El productor explicó que al apostar por este proyecto buscaban también crear una película que funcionara hoy por contexto social, pero también en un futuro: “Queríamos que conservara su validez y funcionara más allá del momento coyuntural, y que una persona que la vea dentro de 20 años siguiera sintiendo lo que habéis podido sentir hoy, empatizando con lo que ella está sufriendo, desde dentro”.

Techo y comida se estrena en cines el 4 de diciembre de 2015.
Malala

Como parte de las sesiones formativas para Centros de Enseñanza Media, ask la segunda jornada de la XI Muestra de Cine y Derechos Humanos de Pamplona proyectó Él me llamó Malala, documental sobre la joven activista pakistaní que sobrevivió al atentado de los talibanes cuando iba a la escuela.

El proyecto, rodado por el oscarizado Davis Guggenheim, contrapone la actual vida de Malala Yousafzai en Reino Unido con sus vivencias durante el ascenso al poder de los talibanes en su natal Valle de Swat (Pakistán). El nexo de ambas experiencias vitales es el de una joven que, en un país y en otro, no ha dejado de asistir al colegio y ha seguido luchando por el derecho de las mujeres a tener una educación desde su infancia.

Según refleja la Fundación Malala, más de 60 millones de niñas en el mundo son privadas de la oportunidad de ir al colegio, la mitad de ellas ni siquiera pueden contar con la enseñanza más básica de primaria. “La violencia a la que se enfrentan las niñas en 70 países les impide ir al colegio”.

El mensaje de Malala es claro: “La escuela me daba esperanza y construirá mi futuro”; por eso cuando los talibanes empezaron a destruir colegios y finalmente prohibieron a las niñas asistir a los pocos que dejaron en pie, ella lo tuvo claro: “Hay momentos en los que hay que decidir si quedarse callado o mantenerse de pie. Nuestros libros y bolígrafos son las armas más poderosas”.

Su padre, Ziauddin Yousafzai, quien fuera profesor en Pakistán, incide en la idea: “La educación te da el poder para ser independiente”, de ahí que los talibanes ataquen la cultura. Sus imposiciones “no tienen que ver con la fe sino con [el intento de mantener] el poder… Son los enemigos del Islam”, recalca en el documental.

Durante su intervención posterior a la proyección del filme, Luis Arellano, de Nosolofilms, lanzó varias preguntas de compleja respuesta al alumnado de secundaria presente, a fin de hacer reflexionar sobre los roles masculinos y femeninos, así como analizar qué postura adoptar cuando el derecho a la educación es amenazado. Además, debatió sobre la fuerza de las tradiciones frente a los derechos humanos en culturas más allá de Occidente, pero también del laxo cumplimiento de algunos de estos derechos en la propia Europa.

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