Afganistán en el abismo

24 abr

Militares golpistas de Malí

Los soldados golpistas de Malí no tenían futuro tras la condena y el embargo impuestos por los países vecinos de la Comunidad Económica de Estados del África Occidental (CEDEAO), population health
apoyada por Francia, sovaldi sale
antigua potencia colonial. Uno de los objetivos de la junta del capitán Sanogo era contrarrestar la insurrección armada de los tuaregs. Pero las milicias del Movimiento Nacional del Azawad (MNLA) y del grupo yihadista Insar Dine, además de Al Qaeda del Magreb (AQMI), han aprovechado el caos en la capital Bamako para lanzar una rápida ofensiva y llegar hasta Tombuctú, la ciudad de los 333 santos del islam, encrucijada religiosa, cultural, de las redes comerciales y de las migraciones que atraviesan el Sáhara. Sin experiencia, liderazgo y alianzas políticas internas, el directorio militar ha sido aislado y derrotado.
Ahora, la quiebra del Estado maliense exige unidad, fortaleza y no disputas internas. Porque el problema más importante de Malí es su práctica ruptura, una vez que el MNLA ha declarado la independencia de Azawad, el “territorio de la trashumancia”, en la mitad norte del país.
La escasa beligerancia del presidente derrocado, Amadou Toumani Touré (denominado ATT) ante los rebeldes, la delincuencia y el narcotráfico y el desvío a manos privadas de los fondos para la guerra figuran entre las causas del golpe. Su detonante más inmediato fueron las protestas de las mujeres de los soldados – víctimas en los combates – que reclamaron más suministros en armas y alimentos.
Sin embargo, la crisis de Malí refleja otros problemas más profundos del país, trasladables a buena parte de África: estados patrimoniales, militarismo, empobrecimiento e injerencias extranjeras
ATT acabó en 1991 con la dictadura de 23 años dirigida por Moussa Traoré. Luego, cambió el uniforme por el traje de civil y desde 2002 ganó dos elecciones. Emprendió reformas y planes de desarrollo. El multipartidismo sustituyó al partido único. Pero, al cabo de los años, la peculiar “política del consenso” de ATT, ha significado un claro retroceso de la democracia. Nuevas estructuras burocráticas dieron lugar al clientelismo. En aras del lema “amigo de todos y nadie como enemigo” los pactos fagocitaron a casi toda la clase política y consolidaron una jefatura del Estado paternalista. El poder político y económico acabó confiscado por el grupo social y militar partidario de ATT. Con la excusa de que la construcción nacional requiere unanimidad, se compró a los medios de comunicación y las voces discordantes desaparecieron por la fuerza. La máxima africana “no puede haber dos caimanes machos en un solo brazo de un río” se impuso en Malí a la tesis de que el buen gobierno precisa una oposición sólida y viva.
Muchas fronteras de África separan pueblos, culturas, etnias, clanes y formas de vida. Son resultado de una descolonización cuyo propósito fue crear estados frágiles y dependientes para que las metrópolis (sobre todo París con la red Françafrique) mantuvieran su influencia política y económica. Los tuaregs son un ejemplo, distribuidos en Argelia, Níger, Chad, Mauritania, Burkina y Malí, países en los que han protagonizado varias rebeliones. Los diversos gobiernos centralistas de Bamako han marginado a la población tuareg: mínimo acceso al empleo en la administración; abandono cultural; juventud sin trabajo y educación; precariedad en las condiciones de vida y escasa representación institucional. Las organizaciones tuareg han reivindicado al menos el reconocimiento de su identidad cultural y un reparto más igualitario de los recursos de Malí. Ante la negativa como respuesta, proclamaron el derecho a la autodeterminación y ahora la independencia.
En la medida que las formaciones estatales postcoloniales obedecieron más a las antiguas posesiones de las potencias occidentales y a sus intereses y los de las nuevas elites africanas que a la decisión libre a sus poblaciones, podría revisarse el principio de inmovilidad de las fronteras. En los años 50, Francia jugó con el proyecto de un Estado sahariano que incluyera Malí, Níger, Chad y el sur de Argelia. Eritrea y Sudán del Sur son estados recientes reconocidos internacionalmente. En Somalia, Puntlandia y Somalilandia van por libre. No obstante, es obligado comprobar también que la disgregación de los países ya establecidos en África puede acarrear más conflictos que ventajas: desplazamientos forzados; reanudación de la violencia; regímenes donde las identidades étnicas, clánicas, lingüísticas, culturales y religiosas excluyan al resto y nieguen los derechos de ciudadanía de todas las poblaciones en términos de igualdad. Añadamos las dificultades que se pueden generar para una integración económica imprescindible y nuevas ataduras a potencias externas.
Los militares africanos son actores principales de tablero político por su organización jerárquica y una posición de fuerza al controlar las armas. Desde las independencias, hace 51 años, ha habido 34 pronunciamientos en África Occidental. La excusa de salvar el país ha permitido restaurar autocracias. Muchos ejércitos son sinónimo de represión de sus poblaciones y actúan al dictado de los líderes de sus clanes. En Malí la oficialidad se hereda y el reclutamiento responde a la necesidad de obtener un trabajo para salir del paro endémico más que a la convicción de ser un instrumento para la defensa nacional. Las fuerzas armadas malienses reflejan el malestar general del país. La distancia de la clase política y los oficiales de alta graduación respecto a la sociedad y en ella los soldados con sus mandos de menor rango es enorme y reveladora. De hecho, ningún comandante, coronel y general se sumaron al golpe.
Alrededor de la mitad de la población maliense sobrevive con 1,25 dólares. Sólo cuenta con 439 unidades industriales, mientras Costa de Marfil posee 6.000 y Senegal 4.000. Sin embargo, Malí dispone de recursos: es el primer productor de algodón al sur del Sáhara y el 12º mundial (2004). Produce legumbres, cereales y frutas. Su cabaña ganadera supera en cantidad a sus habitantes (15 millones de personas) y el oro representa el 75 % de sus exportaciones. Otros minerales están sin explotar. Pero, la mayor parte de sus productos no se destinan al comercio local y a la autosubsistencia, sino a la exportación. Los precios se fijan en los mercados internacionales no en Bamako. La devaluación del franco CFA a finales de los años 90 impidió la acumulación de capital destinado a inversiones endógenas. La política de ajuste estructural, exigida por las instituciones financieras internacionales, liquidó empresas públicas, las subvenciones a los productos básicos para la alimentación y originó una elite empresarial poco emprendedora y ligada a las compañías extranjeras, que no han reinvertido en Malí sus beneficios. Completan el empobrecimiento, el hundimiento de los precios del algodón en 2005; la corrupción a pequeña escala en la vida diaria y a mayor nivel en el gobierno y el descenso de las remesas de la emigración debido a la crisis económica en Europa. A pesar de todo, sobresalen iniciativas de cooperación internacional al desarrollo: Entre 2008 y 2011, Navarra ha destinado alrededor de 2,6 millones de euros para ocho proyectos de cuatro ONGds, dedicados a salud, agua, infraestructuras…Algunos de ellos se encuentran en plena zona bélica.
Después de la división de Malí, la prioridad de los estados vecinos y de Francia es garantizar la seguridad regional. El primer paso ha sido el pacto con los militares sublevados, el traspaso del poder al presidente de la Cámara, como señala la Constitución, y la convocatoria de nuevos comicios. Se perfila la creación de una zona de interposición en la frontera, marcada por el levantamiento en el norte de Malí. La negociación con los tuareg será más complicada, si el MNLA no se enfrenta a los yihadistas de Insar Dine y a los seguidores de Al Qaeda y controla el tráfico de armas y droga en este territorio. En todo caso, la independencia de Azawad es un hecho consumado, difícil de evitar salvo con otra guerra. Pero, el enemigo principal son los grupos yihadistas desde Malí a Somalia y del sur de Argelia al norte de Nigeria. Cada uno de ellos con sus ambiciones locales, si bien con la idea común de imponer una interpretación del islam intolerante y violenta. Los dirigentes de la CEDEAO hablan de organizar una fuerza militar de 3.000 soldados dispuestos a intervenir. No es tan sencillo. Faltan medios, una tradición militar común, estructura y dinero. Francia podría asegurar la logística, a cambio de abrir una base en Malí que sumar a las de Burkina, Chad y Yibuti, pero debe limitar sus exigencias, en pleno tiempo electoral, porque correría peligro la vida de sus nacionales secuestrados. Estados Unidos siempre ha querido trasladar el mando militar de Africom de Alemania a esta zona de África y participar en operaciones contra el terrorismo yihadista. Chocan con Argelia, que rechaza cualquier injerencia en su área de influencia y quiere el mando con la intención de impedir que esta región se parezca cada vez ma? a las zonas tribales afgano-pakistaníes.
El Sahel se configura desde hace años, y ahora con toda claridad, como un escenario geográfico en disputa. Mejor sería que los recursos económicos para los despliegues armados se destinaran a prevenirlos y a contener la hambruna que empieza a extenderse por aquellas tierras.

Sankoré mosque, Timbuktu

Militares golpistas de Malí

Los soldados golpistas de Malí no tenían futuro tras la condena y el embargo impuestos por los países vecinos de la Comunidad Económica de Estados del África Occidental (CEDEAO), herpes
apoyada por Francia, antigua potencia colonial. Uno de los objetivos de la junta del capitán Sanogo era contrarrestar la insurrección armada de los tuaregs. Pero las milicias del Movimiento Nacional del Azawad (MNLA) y del grupo yihadista Insar Dine, además de Al Qaeda del Magreb (AQMI), han aprovechado el caos en la capital Bamako para lanzar una rápida ofensiva y llegar hasta Tombuctú, la ciudad de los 333 santos del islam, encrucijada religiosa, cultural, de las redes comerciales y de las migraciones que atraviesan el Sáhara. Sin experiencia, liderazgo y alianzas políticas internas, el directorio militar ha sido aislado y derrotado.
Ahora, la quiebra del Estado maliense exige unidad, fortaleza y no disputas internas. Porque el problema más importante de Malí es su práctica ruptura, una vez que el MNLA ha declarado la independencia de Azawad, el “territorio de la trashumancia”, en la mitad norte del país.
La escasa beligerancia del presidente derrocado, Amadou Toumani Touré (denominado ATT) ante los rebeldes, la delincuencia y el narcotráfico y el desvío a manos privadas de los fondos para la guerra figuran entre las causas del golpe. Su detonante más inmediato fueron las protestas de las mujeres de los soldados – víctimas en los combates – que reclamaron más suministros en armas y alimentos.
Sin embargo, la crisis de Malí refleja otros problemas más profundos del país, trasladables a buena parte de África: estados patrimoniales, militarismo, empobrecimiento e injerencias extranjeras
ATT acabó en 1991 con la dictadura de 23 años dirigida por Moussa Traoré. Luego, cambió el uniforme por el traje de civil y desde 2002 ganó dos elecciones. Emprendió reformas y planes de desarrollo. El multipartidismo sustituyó al partido único. Pero, al cabo de los años, la peculiar “política del consenso” de ATT, ha significado un claro retroceso de la democracia. Nuevas estructuras burocráticas dieron lugar al clientelismo. En aras del lema “amigo de todos y nadie como enemigo” los pactos fagocitaron a casi toda la clase política y consolidaron una jefatura del Estado paternalista. El poder político y económico acabó confiscado por el grupo social y militar partidario de ATT. Con la excusa de que la construcción nacional requiere unanimidad, se compró a los medios de comunicación y las voces discordantes desaparecieron por la fuerza. La máxima africana “no puede haber dos caimanes machos en un solo brazo de un río” se impuso en Malí a la tesis de que el buen gobierno precisa una oposición sólida y viva.
Muchas fronteras de África separan pueblos, culturas, etnias, clanes y formas de vida. Son resultado de una descolonización cuyo propósito fue crear estados frágiles y dependientes para que las metrópolis (sobre todo París con la red Françafrique) mantuvieran su influencia política y económica. Los tuaregs son un ejemplo, distribuidos en Argelia, Níger, Chad, Mauritania, Burkina y Malí, países en los que han protagonizado varias rebeliones. Los diversos gobiernos centralistas de Bamako han marginado a la población tuareg: mínimo acceso al empleo en la administración; abandono cultural; juventud sin trabajo y educación; precariedad en las condiciones de vida y escasa representación institucional. Las organizaciones tuareg han reivindicado al menos el reconocimiento de su identidad cultural y un reparto más igualitario de los recursos de Malí. Ante la negativa como respuesta, proclamaron el derecho a la autodeterminación y ahora la independencia.
En la medida que las formaciones estatales postcoloniales obedecieron más a las antiguas posesiones de las potencias occidentales y a sus intereses y los de las nuevas elites africanas que a la decisión libre a sus poblaciones, podría revisarse el principio de inmovilidad de las fronteras. En los años 50, Francia jugó con el proyecto de un Estado sahariano que incluyera Malí, Níger, Chad y el sur de Argelia. Eritrea y Sudán del Sur son estados recientes reconocidos internacionalmente. En Somalia, Puntlandia y Somalilandia van por libre. No obstante, es obligado comprobar también que la disgregación de los países ya establecidos en África puede acarrear más conflictos que ventajas: desplazamientos forzados; reanudación de la violencia; regímenes donde las identidades étnicas, clánicas, lingüísticas, culturales y religiosas excluyan al resto y nieguen los derechos de ciudadanía de todas las poblaciones en términos de igualdad. Añadamos las dificultades que se pueden generar para una integración económica imprescindible y nuevas ataduras a potencias externas.
Los militares africanos son actores principales de tablero político por su organización jerárquica y una posición de fuerza al controlar las armas. Desde las independencias, hace 51 años, ha habido 34 pronunciamientos en África Occidental. La excusa de salvar el país ha permitido restaurar autocracias. Muchos ejércitos son sinónimo de represión de sus poblaciones y actúan al dictado de los líderes de sus clanes. En Malí la oficialidad se hereda y el reclutamiento responde a la necesidad de obtener un trabajo para salir del paro endémico más que a la convicción de ser un instrumento para la defensa nacional. Las fuerzas armadas malienses reflejan el malestar general del país. La distancia de la clase política y los oficiales de alta graduación respecto a la sociedad y en ella los soldados con sus mandos de menor rango es enorme y reveladora. De hecho, ningún comandante, coronel y general se sumaron al golpe.

Mezquita Sankore en Tombuctú, Malí, por **El-Len**
Alrededor de la mitad de la población maliense sobrevive con 1,25 dólares. Sólo cuenta con 439 unidades industriales, mientras Costa de Marfil posee 6.000 y Senegal 4.000. Sin embargo, Malí dispone de recursos: es el primer productor de algodón al sur del Sáhara y el 12º mundial (2004). Produce legumbres, cereales y frutas. Su cabaña ganadera supera en cantidad a sus habitantes (15 millones de personas) y el oro representa el 75 % de sus exportaciones. Otros minerales están sin explotar. Pero, la mayor parte de sus productos no se destinan al comercio local y a la autosubsistencia, sino a la exportación. Los precios se fijan en los mercados internacionales no en Bamako. La devaluación del franco CFA a finales de los años 90 impidió la acumulación de capital destinado a inversiones endógenas. La política de ajuste estructural, exigida por las instituciones financieras internacionales, liquidó empresas públicas, las subvenciones a los productos básicos para la alimentación y originó una elite empresarial poco emprendedora y ligada a las compañías extranjeras, que no han reinvertido en Malí sus beneficios. Completan el empobrecimiento, el hundimiento de los precios del algodón en 2005; la corrupción a pequeña escala en la vida diaria y a mayor nivel en el gobierno y el descenso de las remesas de la emigración debido a la crisis económica en Europa. A pesar de todo, sobresalen iniciativas de cooperación internacional al desarrollo: Entre 2008 y 2011, Navarra ha destinado alrededor de 2,6 millones de euros para ocho proyectos de cuatro ONGds, dedicados a salud, agua, infraestructuras…Algunos de ellos se encuentran en plena zona bélica.
Después de la división de Malí, la prioridad de los estados vecinos y de Francia es garantizar la seguridad regional. El primer paso ha sido el pacto con los militares sublevados, el traspaso del poder al presidente de la Cámara, como señala la Constitución, y la convocatoria de nuevos comicios. Se perfila la creación de una zona de interposición en la frontera, marcada por el levantamiento en el norte de Malí. La negociación con los tuareg será más complicada, si el MNLA no se enfrenta a los yihadistas de Insar Dine y a los seguidores de Al Qaeda y controla el tráfico de armas y droga en este territorio. En todo caso, la independencia de Azawad es un hecho consumado, difícil de evitar salvo con otra guerra. Pero, el enemigo principal son los grupos yihadistas desde Malí a Somalia y del sur de Argelia al norte de Nigeria. Cada uno de ellos con sus ambiciones locales, si bien con la idea común de imponer una interpretación del islam intolerante y violenta. Los dirigentes de la CEDEAO hablan de organizar una fuerza militar de 3.000 soldados dispuestos a intervenir. No es tan sencillo. Faltan medios, una tradición militar común, estructura y dinero. Francia podría asegurar la logística, a cambio de abrir una base en Malí que sumar a las de Burkina, Chad y Yibuti, pero debe limitar sus exigencias, en pleno tiempo electoral, porque correría peligro la vida de sus nacionales secuestrados. Estados Unidos siempre ha querido trasladar el mando militar de Africom de Alemania a esta zona de África y participar en operaciones contra el terrorismo yihadista. Chocan con Argelia, que rechaza cualquier injerencia en su área de influencia y quiere el mando con la intención de impedir que esta región se parezca cada vez ma? a las zonas tribales afgano-pakistaníes.
El Sahel se configura desde hace años, y ahora con toda claridad, como un escenario geográfico en disputa. Mejor sería que los recursos económicos para los despliegues armados se destinaran a prevenirlos y a contener la hambruna que empieza a extenderse por aquellas tierras.
Militares golpistas de Malí

Los soldados golpistas de Malí no tenían futuro tras la condena y el embargo impuestos por los países vecinos de la Comunidad Económica de Estados del África Occidental (CEDEAO), sovaldi apoyada por Francia, antigua potencia colonial. Uno de los objetivos de la junta del capitán Sanogo era contrarrestar la insurrección armada de los tuaregs. Pero las milicias del Movimiento Nacional del Azawad (MNLA) y del grupo yihadista Insar Dine, además de Al Qaeda del Magreb (AQMI), han aprovechado el caos en la capital Bamako para lanzar una rápida ofensiva y llegar hasta Tombuctú, la ciudad de los 333 santos del islam, encrucijada religiosa, cultural, de las redes comerciales y de las migraciones que atraviesan el Sáhara. Sin experiencia, liderazgo y alianzas políticas internas, el directorio militar ha sido aislado y derrotado.
Ahora, la quiebra del Estado maliense exige unidad, fortaleza y no disputas internas. Porque el problema más importante de Malí es su práctica ruptura, una vez que el MNLA ha declarado la independencia de Azawad, el “territorio de la trashumancia”, en la mitad norte del país.
La escasa beligerancia del presidente derrocado, Amadou Toumani Touré (denominado ATT) ante los rebeldes, la delincuencia y el narcotráfico y el desvío a manos privadas de los fondos para la guerra figuran entre las causas del golpe. Su detonante más inmediato fueron las protestas de las mujeres de los soldados – víctimas en los combates – que reclamaron más suministros en armas y alimentos.
Sin embargo, la crisis de Malí refleja otros problemas más profundos del país, trasladables a buena parte de África: estados patrimoniales, militarismo, empobrecimiento e injerencias extranjeras
ATT acabó en 1991 con la dictadura de 23 años dirigida por Moussa Traoré. Luego, cambió el uniforme por el traje de civil y desde 2002 ganó dos elecciones. Emprendió reformas y planes de desarrollo. El multipartidismo sustituyó al partido único. Pero, al cabo de los años, la peculiar “política del consenso” de ATT, ha significado un claro retroceso de la democracia. Nuevas estructuras burocráticas dieron lugar al clientelismo. En aras del lema “amigo de todos y nadie como enemigo” los pactos fagocitaron a casi toda la clase política y consolidaron una jefatura del Estado paternalista. El poder político y económico acabó confiscado por el grupo social y militar partidario de ATT. Con la excusa de que la construcción nacional requiere unanimidad, se compró a los medios de comunicación y las voces discordantes desaparecieron por la fuerza. La máxima africana “no puede haber dos caimanes machos en un solo brazo de un río” se impuso en Malí a la tesis de que el buen gobierno precisa una oposición sólida y viva.
Muchas fronteras de África separan pueblos, culturas, etnias, clanes y formas de vida. Son resultado de una descolonización cuyo propósito fue crear estados frágiles y dependientes para que las metrópolis (sobre todo París con la red Françafrique) mantuvieran su influencia política y económica. Los tuaregs son un ejemplo, distribuidos en Argelia, Níger, Chad, Mauritania, Burkina y Malí, países en los que han protagonizado varias rebeliones. Los diversos gobiernos centralistas de Bamako han marginado a la población tuareg: mínimo acceso al empleo en la administración; abandono cultural; juventud sin trabajo y educación; precariedad en las condiciones de vida y escasa representación institucional. Las organizaciones tuareg han reivindicado al menos el reconocimiento de su identidad cultural y un reparto más igualitario de los recursos de Malí. Ante la negativa como respuesta, proclamaron el derecho a la autodeterminación y ahora la independencia.
En la medida que las formaciones estatales postcoloniales obedecieron más a las antiguas posesiones de las potencias occidentales y a sus intereses y los de las nuevas elites africanas que a la decisión libre a sus poblaciones, podría revisarse el principio de inmovilidad de las fronteras. En los años 50, Francia jugó con el proyecto de un Estado sahariano que incluyera Malí, Níger, Chad y el sur de Argelia. Eritrea y Sudán del Sur son estados recientes reconocidos internacionalmente. En Somalia, Puntlandia y Somalilandia van por libre. No obstante, es obligado comprobar también que la disgregación de los países ya establecidos en África puede acarrear más conflictos que ventajas: desplazamientos forzados; reanudación de la violencia; regímenes donde las identidades étnicas, clánicas, lingüísticas, culturales y religiosas excluyan al resto y nieguen los derechos de ciudadanía de todas las poblaciones en términos de igualdad. Añadamos las dificultades que se pueden generar para una integración económica imprescindible y nuevas ataduras a potencias externas.
Los militares africanos son actores principales de tablero político por su organización jerárquica y una posición de fuerza al controlar las armas. Desde las independencias, hace 51 años, ha habido 34 pronunciamientos en África Occidental. La excusa de salvar el país ha permitido restaurar autocracias. Muchos ejércitos son sinónimo de represión de sus poblaciones y actúan al dictado de los líderes de sus clanes. En Malí la oficialidad se hereda y el reclutamiento responde a la necesidad de obtener un trabajo para salir del paro endémico más que a la convicción de ser un instrumento para la defensa nacional. Las fuerzas armadas malienses reflejan el malestar general del país. La distancia de la clase política y los oficiales de alta graduación respecto a la sociedad y en ella los soldados con sus mandos de menor rango es enorme y reveladora. De hecho, ningún comandante, coronel y general se sumaron al golpe.

Mezquita Sankore en Tombuctú, Malí, por **El-Len**
Alrededor de la mitad de la población maliense sobrevive con 1,25 dólares. Sólo cuenta con 439 unidades industriales, mientras Costa de Marfil posee 6.000 y Senegal 4.000. Sin embargo, Malí dispone de recursos: es el primer productor de algodón al sur del Sáhara y el 12º mundial (2004). Produce legumbres, cereales y frutas. Su cabaña ganadera supera en cantidad a sus habitantes (15 millones de personas) y el oro representa el 75 % de sus exportaciones. Otros minerales están sin explotar. Pero, la mayor parte de sus productos no se destinan al comercio local y a la autosubsistencia, sino a la exportación. Los precios se fijan en los mercados internacionales no en Bamako. La devaluación del franco CFA a finales de los años 90 impidió la acumulación de capital destinado a inversiones endógenas. La política de ajuste estructural, exigida por las instituciones financieras internacionales, liquidó empresas públicas, las subvenciones a los productos básicos para la alimentación y originó una elite empresarial poco emprendedora y ligada a las compañías extranjeras, que no han reinvertido en Malí sus beneficios. Completan el empobrecimiento, el hundimiento de los precios del algodón en 2005; la corrupción a pequeña escala en la vida diaria y a mayor nivel en el gobierno y el descenso de las remesas de la emigración debido a la crisis económica en Europa. A pesar de todo, sobresalen iniciativas de cooperación internacional al desarrollo: Entre 2008 y 2011, Navarra ha destinado alrededor de 2,6 millones de euros para ocho proyectos de cuatro ONGds, dedicados a salud, agua, infraestructuras…Algunos de ellos se encuentran en plena zona bélica.
Después de la división de Malí, la prioridad de los estados vecinos y de Francia es garantizar la seguridad regional. El primer paso ha sido el pacto con los militares sublevados, el traspaso del poder al presidente de la Cámara, como señala la Constitución, y la convocatoria de nuevos comicios. Se perfila la creación de una zona de interposición en la frontera, marcada por el levantamiento en el norte de Malí. La negociación con los tuareg será más complicada, si el MNLA no se enfrenta a los yihadistas de Insar Dine y a los seguidores de Al Qaeda y controla el tráfico de armas y droga en este territorio. En todo caso, la independencia de Azawad es un hecho consumado, difícil de evitar salvo con otra guerra. Pero, el enemigo principal son los grupos yihadistas desde Malí a Somalia y del sur de Argelia al norte de Nigeria. Cada uno de ellos con sus ambiciones locales, si bien con la idea común de imponer una interpretación del islam intolerante y violenta. Los dirigentes de la CEDEAO hablan de organizar una fuerza militar de 3.000 soldados dispuestos a intervenir. No es tan sencillo. Faltan medios, una tradición militar común, estructura y dinero. Francia podría asegurar la logística, a cambio de abrir una base en Malí que sumar a las de Burkina, Chad y Yibuti, pero debe limitar sus exigencias, en pleno tiempo electoral, porque correría peligro la vida de sus nacionales secuestrados. Estados Unidos siempre ha querido trasladar el mando militar de Africom de Alemania a esta zona de África y participar en operaciones contra el terrorismo yihadista. Chocan con Argelia, que rechaza cualquier injerencia en su área de influencia y quiere el mando con la intención de impedir que esta región se parezca cada vez ma? a las zonas tribales afgano-pakistaníes.
El Sahel se configura desde hace años, y ahora con toda claridad, como un escenario geográfico en disputa. Mejor sería que los recursos económicos para los despliegues armados se destinaran a prevenirlos y a contener la hambruna que empieza a extenderse por aquellas tierras.

Sankoré mosque, Timbuktu

Bombardeo de un poblado en Abyei

La tregua ha saltado en pedazos con ataques aéreos contra Bentiu, ailment
interior de Sudán del Sur. Se suman a los recientes choques en Heglig, otolaryngologist
límite de Abyei, prescription frontera entre los dos Sudán. La disputa es por la posesión de la mitad de los cerca de 470.000 barriles diarios que produce Sudán del Sur, un nuevo Estado independiente desde julio de 2011, desgajado del resto de Sudán. Cinco intentos de negociación, amparados por la Unión Africana, han fracasado por los intereses contrapuestos de sus líderes respectivos: en el norte, el musulmán Omar al Bashir, imputado por el Tribunal Penal Internacional por los crímenes en Darfur. Al sur, Salva Kiir, cristiano, partidario acérrimo de la división de Sudán y nuevo dirigente autoritario, ganador absoluto de unas elecciones sin oposición. La población civil pone las víctimas: 2.000 muertos y decenas de miles de personas desplazadas.

El reparto de los ingresos derivados del petróleo y de los cargos en la administración del gobierno central alimentaron un enfrentamiento permanente

Dos durísimas guerras civiles (1955-1972 y 1983-2005) gestaron la ruptura de un país diverso con 600 grupos étnicos y religiones enfrentadas: el islam, mayoría en el norte; animistas y cristianos, hegemónicos en el sur. El reparto de los ingresos derivados del petróleo y de los cargos en la administración del gobierno central alimentaron un enfrentamiento permanente. La búsqueda de una identidad nacional múltiple e integradora, frente al conflicto entre ser árabe y la africanidad acabó rota por la obsesión de los gobiernos centralizadores de Jartum de reislamizar a la fuerza todo el país. También ha promovido la secesión y el personalismo de algunos políticos que preferían ser jefes de un nuevo Estado en Juba (Sudán del Sur) que vicepresidentes de un Sudán común. Para no perder su influencia regional EE.UU. y hasta Israel han intervenido en la crisis, porque un Sudán segregado debilita el conjunto árabe, en una geografía retaguardia de Egipto y amplia ventana al Mar Rojo.

Oportunista, maniobrero y pragmático, Al Bashir ha querido siempre el poder absoluto y llegar al final de su mandato en 2015. En el proceso de auto-determinación e independencia del sur, después de los acuerdos de Naivasha en 2005, el presidente de Sudán cambió sus tesis militaristas por la negociación. Pretendía obtener una legitimidad interna que no tiene, a pesar de haber ganado las elecciones en 2010 con un 68% de los votos, refrendar el apoyo de la Unidad Africana para eludir la condena del Tribunal Penal Internacional y conseguir inversiones gracias a la explotación petrolífera y a la venta de tierras. Es una añazaga para garantizar la paz civil frente a una oposición fuerte y a la rebelión de varias etnias, que reclaman la formación de un Gobierno de unidad nacional para consensuar una comisión nacional que elabore una nueva Constitución.

Omar al Bashir, izquierda y Salva Kiir, derecha

Los gobiernos de ambos Estados han demostrado su incapacidad para resolver las causas de su enfrentamiento: el reparto del petróleo, la delimitación de las fronteras y los derechos de ciudadanía de cada una de sus poblaciones y de los territorios en disputa.

Sudán del Sur posee el 80% de los pozos de petróleo. Pero las refinerías, las infraestructuras y Port Sudan, lugar de embarque de los barriles, se encuentran en el norte. Perdido el control de los yacimientos, el régimen de Al Bashir ha impuesto un peaje de 34 dólares el barril en vez de los 15 dólares pactados. Es una forma de recuperar fondos y, al mismo tiempo, asfixiar al gobierno de Juba, en el sur. El conjunto de Sudán es el tercer país africano que exporta más petróleo. El 60% a China, que juega a todas las cartas: buenas relaciones con el norte y propuesta al sur de invertir en un oleoducto que uniría Juba con Lamu, en Kenia. La mayoría del oro negro se encuentra en las tierras fronterizas en litigio: Abyei, Kordofan del Sur y el Nilo azul. Sus habitantes se consideran sureños y reclaman su integración incluso con las armas. En contrapartida, el gobierno de Sudán del Sur concede menos derechos a las etnias arabófonas de esos enclaves que a la población dinka, una de las etnias más importantes del sur. El Tribunal de la Haya dejó sin fijar el 20% de la frontera entre ambos países y muchas tribus dedicadas al pastoreo nómada temen que se les impida trasladar sus rebaños de un lado a otro, como hacían antes con libertad, y abrevar en los pozos de agua. Las fronteras son límites que crean conflictos de tránsito, control del espacio y de los recursos.

Y también de ciudadanía. Precisamente, la capital del Sudán unido, Jartum, proclamaba su capacidad de integración y convivencia mutua, más allá de clanes y lugares de procedencia. Ahora, ha dictado leyes que retiran la nacionalidad a los sudistas y les obliga a disponer de un permiso de trabajo y de residencia, cuando en su día tenían la doble nacionalidad. La población desplazada genera aún más tensión: cerca de 350.000 personas procedentes del sur, pero que vivían en el norte, han llegado al nuevo Estado. Sin tierras, ni trabajo ni casa. Otras 700.000 esperan.

Las fronteras son límites que crean conflictos de tránsito, control del espacio y de los recursos

Es cierto que el 98% de sus 8,5 millones de habitantes votó a favor de la independencia de Sudán del Sur. No obstante, en gran medida los sentimientos de pertenencia a un grupo étnico priman sobre la identidad nacional. Los nuer se reconocen más en el linaje y se oponen al dominio dinka. Los jefes tribales, al frente de siete milicias rebeldes, exigen su parte del poder en la administración central de Juba. Mapa de Sudán y de Sudán del SurEl robo de ganado, las rivalidades entre campesinos y pastores y la ocupación de tierras provocan numerosos conflictos que se saldan con una violencia constante entre murle, nuer, azande…: más de 3.000 muertos y 40.000 personas desplazadas, sobre todo en la provincia de Jonglei. Después de la independencia, ninguna autoridad se ha preocupado de confiscar el millón de armas ligeras en manos de los contendientes en las guerras de la zona, en las que decenas de traficantes han realizado buenos negocios.
Cabe la pregunta de si es viable un Estado en el sur sin infraestructuras de transporte, electricidad, telefónicas, educativas y sanitarias; con sólo 100 kilómetros de carretera y una tasa de analfabetismo que llega al 73% de la población (un 92%, mujeres); cuya media de ingresos diarios para el 55% de la gente no alcanza el dólar diario, y en medio de la inseguridad alimentaria.

un Sudán federal unido, laico, democrático, africano e independiente de intereses extranjeros

Entonces, vale la pena recordar a John Garang, líder carismático de Sudán del Sur que defendió la idea de un Sudán federal unido, laico, democrático, africano e independiente de intereses extranjeros. Con esta opinión, Garang, pretendía evitar guerras de fronteras y conflictos interétnicos, además de solucionar los problemas económicos de todo el país. Recién nombrado vicepresidente de Sudán tras la firma de la paz, murió el 31 de julio de 2005 en un extraño y sospechoso accidente de helicóptero en Uganda. Muchos poderes propios y ajenos estaban interesados en su desaparición. Nunca se aclaró este trágico suceso.

Foto: ENOUGH Project
Militares golpistas de Malí

Los soldados golpistas de Malí no tenían futuro tras la condena y el embargo impuestos por los países vecinos de la Comunidad Económica de Estados del África Occidental (CEDEAO), sales apoyada por Francia, antigua potencia colonial. Uno de los objetivos de la junta del capitán Sanogo era contrarrestar la insurrección armada de los tuaregs. Pero las milicias del Movimiento Nacional del Azawad (MNLA) y del grupo yihadista Insar Dine, además de Al Qaeda del Magreb (AQMI), han aprovechado el caos en la capital Bamako para lanzar una rápida ofensiva y llegar hasta Tombuctú, la ciudad de los 333 santos del islam, encrucijada religiosa, cultural, de las redes comerciales y de las migraciones que atraviesan el Sáhara. Sin experiencia, liderazgo y alianzas políticas internas, el directorio militar ha sido aislado y derrotado.

las milicias del Movimiento Nacional del Azawad y del grupo yihadista Insar Dine, además de Al Qaeda del Magreb, han aprovechado el caos en la capital Bamako para lanzar una rápida ofensiva y llegar hasta Tombuctú

Ahora, la quiebra del Estado maliense exige unidad, fortaleza y no disputas internas. Porque el problema más importante de Malí es su práctica ruptura, una vez que el MNLA ha declarado la independencia de Azawad, el “territorio de la trashumancia”, en la mitad norte del país.
La escasa beligerancia del presidente derrocado, Amadou Toumani Touré (denominado ATT) ante los rebeldes, la delincuencia y el narcotráfico y el desvío a manos privadas de los fondos para la guerra figuran entre las causas del golpe. Su detonante más inmediato fueron las protestas de las mujeres de los soldados – víctimas en los combates – que reclamaron más suministros en armas y alimentos.
Sin embargo, la crisis de Malí refleja otros problemas más profundos del país, trasladables a buena parte de África: estados patrimoniales, militarismo, empobrecimiento e injerencias extranjeras
ATT acabó en 1991 con la dictadura de 23 años dirigida por Moussa Traoré. Luego, cambió el uniforme por el traje de civil y desde 2002 ganó dos elecciones. Emprendió reformas y planes de desarrollo. El multipartidismo sustituyó al partido único. Pero, al cabo de los años, la peculiar “política del consenso” de ATT, ha significado un claro retroceso de la democracia. Nuevas estructuras burocráticas dieron lugar al clientelismo. En aras del lema “amigo de todos y nadie como enemigo” los pactos fagocitaron a casi toda la clase política y consolidaron una jefatura del Estado paternalista. El poder político y económico acabó confiscado por el grupo social y militar partidario de ATT. Con la excusa de que la construcción nacional requiere unanimidad, se compró a los medios de comunicación y las voces discordantes desaparecieron por la fuerza. La máxima africana “no puede haber dos caimanes machos en un solo brazo de un río” se impuso en Malí a la tesis de que el buen gobierno precisa una oposición sólida y viva.
Muchas fronteras de África separan pueblos, culturas, etnias, clanes y formas de vida. Son resultado de una descolonización cuyo propósito fue crear estados frágiles y dependientes para que las metrópolis (sobre todo París con la red Françafrique) mantuvieran su influencia política y económica. Los tuaregs son un ejemplo, distribuidos en Argelia, Níger, Chad, Mauritania, Burkina y Malí, países en los que han protagonizado varias rebeliones. Los diversos gobiernos centralistas de Bamako han marginado a la población tuareg: mínimo acceso al empleo en la administración; abandono cultural; juventud sin trabajo y educación; precariedad en las condiciones de vida y escasa representación institucional. Las organizaciones tuareg han reivindicado al menos el reconocimiento de su identidad cultural y un reparto más igualitario de los recursos de Malí. Ante la negativa como respuesta, proclamaron el derecho a la autodeterminación y ahora la independencia.
En la medida que las formaciones estatales postcoloniales obedecieron más a las antiguas posesiones de las potencias occidentales y a sus intereses y los de las nuevas elites africanas que a la decisión libre a sus poblaciones, podría revisarse el principio de inmovilidad de las fronteras. En los años 50, Francia jugó con el proyecto de un Estado sahariano que incluyera Malí, Níger, Chad y el sur de Argelia. Eritrea y Sudán del Sur son estados recientes reconocidos internacionalmente. En Somalia, Puntlandia y Somalilandia van por libre. No obstante, es obligado comprobar también que la disgregación de los países ya establecidos en África puede acarrear más conflictos que ventajas: desplazamientos forzados; reanudación de la violencia; regímenes donde las identidades étnicas, clánicas, lingüísticas, culturales y religiosas excluyan al resto y nieguen los derechos de ciudadanía de todas las poblaciones en términos de igualdad. Añadamos las dificultades que se pueden generar para una integración económica imprescindible y nuevas ataduras a potencias externas.
Los militares africanos son actores principales de tablero político por su organización jerárquica y una posición de fuerza al controlar las armas. Desde las independencias, hace 51 años, ha habido 34 pronunciamientos en África Occidental. La excusa de salvar el país ha permitido restaurar autocracias. Muchos ejércitos son sinónimo de represión de sus poblaciones y actúan al dictado de los líderes de sus clanes. En Malí la oficialidad se hereda y el reclutamiento responde a la necesidad de obtener un trabajo para salir del paro endémico más que a la convicción de ser un instrumento para la defensa nacional. Las fuerzas armadas malienses reflejan el malestar general del país. La distancia de la clase política y los oficiales de alta graduación respecto a la sociedad y en ella los soldados con sus mandos de menor rango es enorme y reveladora. De hecho, ningún comandante, coronel y general se sumaron al golpe.

Mezquita Sankore en Tombuctú, Malí, por **El-Len**
Alrededor de la mitad de la población maliense sobrevive con 1,25 dólares. Sólo cuenta con 439 unidades industriales, mientras Costa de Marfil posee 6.000 y Senegal 4.000. Sin embargo, Malí dispone de recursos: es el primer productor de algodón al sur del Sáhara y el 12º mundial (2004). Produce legumbres, cereales y frutas. Su cabaña ganadera supera en cantidad a sus habitantes (15 millones de personas) y el oro representa el 75 % de sus exportaciones. Otros minerales están sin explotar. Pero, la mayor parte de sus productos no se destinan al comercio local y a la autosubsistencia, sino a la exportación. Los precios se fijan en los mercados internacionales no en Bamako. La devaluación del franco CFA a finales de los años 90 impidió la acumulación de capital destinado a inversiones endógenas. La política de ajuste estructural, exigida por las instituciones financieras internacionales, liquidó empresas públicas, las subvenciones a los productos básicos para la alimentación y originó una elite empresarial poco emprendedora y ligada a las compañías extranjeras, que no han reinvertido en Malí sus beneficios. Completan el empobrecimiento, el hundimiento de los precios del algodón en 2005; la corrupción a pequeña escala en la vida diaria y a mayor nivel en el gobierno y el descenso de las remesas de la emigración debido a la crisis económica en Europa. A pesar de todo, sobresalen iniciativas de cooperación internacional al desarrollo: Entre 2008 y 2011, Navarra ha destinado alrededor de 2,6 millones de euros para ocho proyectos de cuatro ONGds, dedicados a salud, agua, infraestructuras…Algunos de ellos se encuentran en plena zona bélica.
Después de la división de Malí, la prioridad de los estados vecinos y de Francia es garantizar la seguridad regional. El primer paso ha sido el pacto con los militares sublevados, el traspaso del poder al presidente de la Cámara, como señala la Constitución, y la convocatoria de nuevos comicios. Se perfila la creación de una zona de interposición en la frontera, marcada por el levantamiento en el norte de Malí. La negociación con los tuareg será más complicada, si el MNLA no se enfrenta a los yihadistas de Insar Dine y a los seguidores de Al Qaeda y controla el tráfico de armas y droga en este territorio. En todo caso, la independencia de Azawad es un hecho consumado, difícil de evitar salvo con otra guerra. Pero, el enemigo principal son los grupos yihadistas desde Malí a Somalia y del sur de Argelia al norte de Nigeria. Cada uno de ellos con sus ambiciones locales, si bien con la idea común de imponer una interpretación del islam intolerante y violenta. Los dirigentes de la CEDEAO hablan de organizar una fuerza militar de 3.000 soldados dispuestos a intervenir. No es tan sencillo. Faltan medios, una tradición militar común, estructura y dinero. Francia podría asegurar la logística, a cambio de abrir una base en Malí que sumar a las de Burkina, Chad y Yibuti, pero debe limitar sus exigencias, en pleno tiempo electoral, porque correría peligro la vida de sus nacionales secuestrados. Estados Unidos siempre ha querido trasladar el mando militar de Africom de Alemania a esta zona de África y participar en operaciones contra el terrorismo yihadista. Chocan con Argelia, que rechaza cualquier injerencia en su área de influencia y quiere el mando con la intención de impedir que esta región se parezca cada vez ma? a las zonas tribales afgano-pakistaníes.
El Sahel se configura desde hace años, y ahora con toda claridad, como un escenario geográfico en disputa. Mejor sería que los recursos económicos para los despliegues armados se destinaran a prevenirlos y a contener la hambruna que empieza a extenderse por aquellas tierras.
Militares golpistas de Malí

Los soldados golpistas de Malí no tenían futuro tras la condena y el embargo impuestos por los países vecinos de la Comunidad Económica de Estados del África Occidental (CEDEAO), abortion
apoyada por Francia, antigua potencia colonial. Uno de los objetivos de la junta del capitán Sanogo era contrarrestar la insurrección armada de los tuaregs. Pero las milicias del Movimiento Nacional del Azawad (MNLA) y del grupo yihadista Insar Dine, además de Al Qaeda del Magreb (AQMI), han aprovechado el caos en la capital Bamako para lanzar una rápida ofensiva y llegar hasta Tombuctú, la ciudad de los 333 santos del islam, encrucijada religiosa, cultural, de las redes comerciales y de las migraciones que atraviesan el Sáhara. Sin experiencia, liderazgo y alianzas políticas internas, el directorio militar ha sido aislado y derrotado.

las milicias del Movimiento Nacional del Azawad y del grupo yihadista Insar Dine, además de Al Qaeda del Magreb, han aprovechado el caos en la capital Bamako para lanzar una rápida ofensiva y llegar hasta Tombuctú

Ahora, la quiebra del Estado maliense exige unidad, fortaleza y no disputas internas. Porque el problema más importante de Malí es su práctica ruptura, una vez que el MNLA ha declarado la independencia de Azawad, el “territorio de la trashumancia”, en la mitad norte del país.
La escasa beligerancia del presidente derrocado, Amadou Toumani Touré (denominado ATT) ante los rebeldes, la delincuencia y el narcotráfico y el desvío a manos privadas de los fondos para la guerra figuran entre las causas del golpe. Su detonante más inmediato fueron las protestas de las mujeres de los soldados – víctimas en los combates – que reclamaron más suministros en armas y alimentos.
Sin embargo, la crisis de Malí refleja otros problemas más profundos del país, trasladables a buena parte de África: estados patrimoniales, militarismo, empobrecimiento e injerencias extranjeras
ATT acabó en 1991 con la dictadura de 23 años dirigida por Moussa Traoré. Luego, cambió el uniforme por el traje de civil y desde 2002 ganó dos elecciones. Emprendió reformas y planes de desarrollo. El multipartidismo sustituyó al partido único. Pero, al cabo de los años, la peculiar “política del consenso” de ATT, ha significado un claro retroceso de la democracia. Nuevas estructuras burocráticas dieron lugar al clientelismo. En aras del lema “amigo de todos y nadie como enemigo” los pactos fagocitaron a casi toda la clase política y consolidaron una jefatura del Estado paternalista. El poder político y económico acabó confiscado por el grupo social y militar partidario de ATT. Con la excusa de que la construcción nacional requiere unanimidad, se compró a los medios de comunicación y las voces discordantes desaparecieron por la fuerza. La máxima africana “no puede haber dos caimanes machos en un solo brazo de un río” se impuso en Malí a la tesis de que el buen gobierno precisa una oposición sólida y viva.
Muchas fronteras de África separan pueblos, culturas, etnias, clanes y formas de vida. Son resultado de una descolonización cuyo propósito fue crear estados frágiles y dependientes para que las metrópolis (sobre todo París con la red Françafrique) mantuvieran su influencia política y económica. Los tuaregs son un ejemplo, distribuidos en Argelia, Níger, Chad, Mauritania, Burkina y Malí, países en los que han protagonizado varias rebeliones. Los diversos gobiernos centralistas de Bamako han marginado a la población tuareg: mínimo acceso al empleo en la administración; abandono cultural; juventud sin trabajo y educación; precariedad en las condiciones de vida y escasa representación institucional. Las organizaciones tuareg han reivindicado al menos el reconocimiento de su identidad cultural y un reparto más igualitario de los recursos de Malí. Ante la negativa como respuesta, proclamaron el derecho a la autodeterminación y ahora la independencia.
En la medida que las formaciones estatales postcoloniales obedecieron más a las antiguas posesiones de las potencias occidentales y a sus intereses y los de las nuevas elites africanas que a la decisión libre a sus poblaciones, podría revisarse el principio de inmovilidad de las fronteras. En los años 50, Francia jugó con el proyecto de un Estado sahariano que incluyera Malí, Níger, Chad y el sur de Argelia. Eritrea y Sudán del Sur son estados recientes reconocidos internacionalmente. En Somalia, Puntlandia y Somalilandia van por libre. No obstante, es obligado comprobar también que la disgregación de los países ya establecidos en África puede acarrear más conflictos que ventajas: desplazamientos forzados; reanudación de la violencia; regímenes donde las identidades étnicas, clánicas, lingüísticas, culturales y religiosas excluyan al resto y nieguen los derechos de ciudadanía de todas las poblaciones en términos de igualdad. Añadamos las dificultades que se pueden generar para una integración económica imprescindible y nuevas ataduras a potencias externas.
Los militares africanos son actores principales de tablero político por su organización jerárquica y una posición de fuerza al controlar las armas. Desde las independencias, hace 51 años, ha habido 34 pronunciamientos en África Occidental. La excusa de salvar el país ha permitido restaurar autocracias. Muchos ejércitos son sinónimo de represión de sus poblaciones y actúan al dictado de los líderes de sus clanes. En Malí la oficialidad se hereda y el reclutamiento responde a la necesidad de obtener un trabajo para salir del paro endémico más que a la convicción de ser un instrumento para la defensa nacional. Las fuerzas armadas malienses reflejan el malestar general del país. La distancia de la clase política y los oficiales de alta graduación respecto a la sociedad y en ella los soldados con sus mandos de menor rango es enorme y reveladora. De hecho, ningún comandante, coronel y general se sumaron al golpe.

Mezquita Sankore en Tombuctú, Malí, por **El-Len**
Alrededor de la mitad de la población maliense sobrevive con 1,25 dólares. Sólo cuenta con 439 unidades industriales, mientras Costa de Marfil posee 6.000 y Senegal 4.000. Sin embargo, Malí dispone de recursos: es el primer productor de algodón al sur del Sáhara y el 12º mundial (2004). Produce legumbres, cereales y frutas. Su cabaña ganadera supera en cantidad a sus habitantes (15 millones de personas) y el oro representa el 75 % de sus exportaciones. Otros minerales están sin explotar. Pero, la mayor parte de sus productos no se destinan al comercio local y a la autosubsistencia, sino a la exportación. Los precios se fijan en los mercados internacionales no en Bamako. La devaluación del franco CFA a finales de los años 90 impidió la acumulación de capital destinado a inversiones endógenas. La política de ajuste estructural, exigida por las instituciones financieras internacionales, liquidó empresas públicas, las subvenciones a los productos básicos para la alimentación y originó una elite empresarial poco emprendedora y ligada a las compañías extranjeras, que no han reinvertido en Malí sus beneficios. Completan el empobrecimiento, el hundimiento de los precios del algodón en 2005; la corrupción a pequeña escala en la vida diaria y a mayor nivel en el gobierno y el descenso de las remesas de la emigración debido a la crisis económica en Europa. A pesar de todo, sobresalen iniciativas de cooperación internacional al desarrollo: Entre 2008 y 2011, Navarra ha destinado alrededor de 2,6 millones de euros para ocho proyectos de cuatro ONGds, dedicados a salud, agua, infraestructuras…Algunos de ellos se encuentran en plena zona bélica.
Después de la división de Malí, la prioridad de los estados vecinos y de Francia es garantizar la seguridad regional. El primer paso ha sido el pacto con los militares sublevados, el traspaso del poder al presidente de la Cámara, como señala la Constitución, y la convocatoria de nuevos comicios. Se perfila la creación de una zona de interposición en la frontera, marcada por el levantamiento en el norte de Malí. La negociación con los tuareg será más complicada, si el MNLA no se enfrenta a los yihadistas de Insar Dine y a los seguidores de Al Qaeda y controla el tráfico de armas y droga en este territorio. En todo caso, la independencia de Azawad es un hecho consumado, difícil de evitar salvo con otra guerra. Pero, el enemigo principal son los grupos yihadistas desde Malí a Somalia y del sur de Argelia al norte de Nigeria. Cada uno de ellos con sus ambiciones locales, si bien con la idea común de imponer una interpretación del islam intolerante y violenta. Los dirigentes de la CEDEAO hablan de organizar una fuerza militar de 3.000 soldados dispuestos a intervenir. No es tan sencillo. Faltan medios, una tradición militar común, estructura y dinero. Francia podría asegurar la logística, a cambio de abrir una base en Malí que sumar a las de Burkina, Chad y Yibuti, pero debe limitar sus exigencias, en pleno tiempo electoral, porque correría peligro la vida de sus nacionales secuestrados. Estados Unidos siempre ha querido trasladar el mando militar de Africom de Alemania a esta zona de África y participar en operaciones contra el terrorismo yihadista. Chocan con Argelia, que rechaza cualquier injerencia en su área de influencia y quiere el mando con la intención de impedir que esta región se parezca cada vez ma? a las zonas tribales afgano-pakistaníes.
El Sahel se configura desde hace años, y ahora con toda claridad, como un escenario geográfico en disputa. Mejor sería que los recursos económicos para los despliegues armados se destinaran a prevenirlos y a contener la hambruna que empieza a extenderse por aquellas tierras.
Militares golpistas de Malí

Los soldados golpistas de Malí no tenían futuro tras la condena y el embargo impuestos por los países vecinos de la Comunidad Económica de Estados del África Occidental (CEDEAO), ambulance
apoyada por Francia, apoplexy
antigua potencia colonial. Uno de los objetivos de la junta del capitán Sanogo era contrarrestar la insurrección armada de los tuaregs. Pero las milicias del Movimiento Nacional del Azawad (MNLA) y del grupo yihadista Insar Dine, illness
además de Al Qaeda del Magreb (AQMI), han aprovechado el caos en la capital Bamako para lanzar una rápida ofensiva y llegar hasta Tombuctú, la ciudad de los 333 santos del islam, encrucijada religiosa, cultural, de las redes comerciales y de las migraciones que atraviesan el Sáhara. Sin experiencia, liderazgo y alianzas políticas internas, el directorio militar ha sido aislado y derrotado.

las milicias del Movimiento Nacional del Azawad y del grupo yihadista Insar Dine, además de Al Qaeda del Magreb, han aprovechado el caos en la capital Bamako para lanzar una rápida ofensiva y llegar hasta Tombuctú

Ahora, la quiebra del Estado maliense exige unidad, fortaleza y no disputas internas. Porque el problema más importante de Malí es su práctica ruptura, una vez que el MNLA ha declarado la independencia de Azawad, el “territorio de la trashumancia”, en la mitad norte del país.
La escasa beligerancia del presidente derrocado, Amadou Toumani Touré (denominado ATT) ante los rebeldes, la delincuencia y el narcotráfico y el desvío a manos privadas de los fondos para la guerra figuran entre las causas del golpe. Su detonante más inmediato fueron las protestas de las mujeres de los soldados – víctimas en los combates – que reclamaron más suministros en armas y alimentos.
Sin embargo, la crisis de Malí refleja otros problemas más profundos del país, trasladables a buena parte de África: estados patrimoniales, militarismo, empobrecimiento e injerencias extranjeras.
ATT acabó en 1991 con la dictadura de 23 años dirigida por Moussa Traoré. Luego, cambió el uniforme por el traje de civil y desde 2002 ganó dos elecciones. Emprendió reformas y planes de desarrollo. El multipartidismo sustituyó al partido único. Pero, al cabo de los años, la peculiar “política del consenso” de ATT, ha significado un claro retroceso de la democracia. Nuevas estructuras burocráticas dieron lugar al clientelismo. En aras del lema “amigo de todos y nadie como enemigo” los pactos fagocitaron a casi toda la clase política y consolidaron una jefatura del Estado paternalista. El poder político y económico acabó confiscado por el grupo social y militar partidario de ATT. Con la excusa de que la construcción nacional requiere unanimidad, se compró a los medios de comunicación y las voces discordantes desaparecieron por la fuerza. La máxima africana “no puede haber dos caimanes machos en un solo brazo de un río” se impuso en Malí a la tesis de que el buen gobierno precisa una oposición sólida y viva.

la crisis de Malí refleja otros problemas más profundos del país, trasladables a buena parte de África: estados patrimoniales, militarismo, empobrecimiento e injerencias extranjeras

Muchas fronteras de África separan pueblos, culturas, etnias, clanes y formas de vida. Son resultado de una descolonización cuyo propósito fue crear estados frágiles y dependientes para que las metrópolis (sobre todo París con la red Françafrique) mantuvieran su influencia política y económica. Los tuaregs son un ejemplo, distribuidos en Argelia, Níger, Chad, Mauritania, Burkina y Malí, países en los que han protagonizado varias rebeliones. Los diversos gobiernos centralistas de Bamako han marginado a la población tuareg: mínimo acceso al empleo en la administración; abandono cultural; juventud sin trabajo y educación; precariedad en las condiciones de vida y escasa representación institucional. Las organizaciones tuareg han reivindicado al menos el reconocimiento de su identidad cultural y un reparto más igualitario de los recursos de Malí. Ante la negativa como respuesta, proclamaron el derecho a la autodeterminación y ahora la independencia.
En la medida que las formaciones estatales postcoloniales obedecieron más a las antiguas posesiones de las potencias occidentales y a sus intereses y los de las nuevas elites africanas que a la decisión libre a sus poblaciones, podría revisarse el principio de inmovilidad de las fronteras. En los años 50, Francia jugó con el proyecto de un Estado sahariano que incluyera Malí, Níger, Chad y el sur de Argelia. Eritrea y Sudán del Sur son estados recientes reconocidos internacionalmente. En Somalia, Puntlandia y Somalilandia van por libre. No obstante, es obligado comprobar también que la disgregación de los países ya establecidos en África puede acarrear más conflictos que ventajas: desplazamientos forzados; reanudación de la violencia; regímenes donde las identidades étnicas, clánicas, lingüísticas, culturales y religiosas excluyan al resto y nieguen los derechos de ciudadanía de todas las poblaciones en términos de igualdad. Añadamos las dificultades que se pueden generar para una integración económica imprescindible y nuevas ataduras a potencias externas.
Los militares africanos son actores principales de tablero político por su organización jerárquica y una posición de fuerza al controlar las armas. Desde las independencias, hace 51 años, ha habido 34 pronunciamientos en África Occidental. La excusa de salvar el país ha permitido restaurar autocracias. Muchos ejércitos son sinónimo de represión de sus poblaciones y actúan al dictado de los líderes de sus clanes. En Malí la oficialidad se hereda y el reclutamiento responde a la necesidad de obtener un trabajo para salir del paro endémico más que a la convicción de ser un instrumento para la defensa nacional. Las fuerzas armadas malienses reflejan el malestar general del país. La distancia de la clase política y los oficiales de alta graduación respecto a la sociedad y en ella los soldados con sus mandos de menor rango es enorme y reveladora. De hecho, ningún comandante, coronel y general se sumaron al golpe.

Mezquita Sankore en Tombuctú, Malí, por **El-Len**
Alrededor de la mitad de la población maliense sobrevive con 1,25 dólares. Sólo cuenta con 439 unidades industriales, mientras Costa de Marfil posee 6.000 y Senegal 4.000. Sin embargo, Malí dispone de recursos: es el primer productor de algodón al sur del Sáhara y el 12º mundial (2004). Produce legumbres, cereales y frutas. Su cabaña ganadera supera en cantidad a sus habitantes (15 millones de personas) y el oro representa el 75 % de sus exportaciones. Otros minerales están sin explotar. Pero, la mayor parte de sus productos no se destinan al comercio local y a la autosubsistencia, sino a la exportación. Los precios se fijan en los mercados internacionales no en Bamako. La devaluación del franco CFA a finales de los años 90 impidió la acumulación de capital destinado a inversiones endógenas. La política de ajuste estructural, exigida por las instituciones financieras internacionales, liquidó empresas públicas, las subvenciones a los productos básicos para la alimentación y originó una elite empresarial poco emprendedora y ligada a las compañías extranjeras, que no han reinvertido en Malí sus beneficios. Completan el empobrecimiento, el hundimiento de los precios del algodón en 2005; la corrupción a pequeña escala en la vida diaria y a mayor nivel en el gobierno y el descenso de las remesas de la emigración debido a la crisis económica en Europa. A pesar de todo, sobresalen iniciativas de cooperación internacional al desarrollo: Entre 2008 y 2011, Navarra ha destinado alrededor de 2,6 millones de euros para ocho proyectos de cuatro ONGds, dedicados a salud, agua, infraestructuras…Algunos de ellos se encuentran en plena zona bélica.
Después de la división de Malí, la prioridad de los estados vecinos y de Francia es garantizar la seguridad regional. El primer paso ha sido el pacto con los militares sublevados, el traspaso del poder al presidente de la Cámara, como señala la Constitución, y la convocatoria de nuevos comicios. Se perfila la creación de una zona de interposición en la frontera, marcada por el levantamiento en el norte de Malí. La negociación con los tuareg será más complicada, si el MNLA no se enfrenta a los yihadistas de Insar Dine y a los seguidores de Al Qaeda y controla el tráfico de armas y droga en este territorio. En todo caso, la independencia de Azawad es un hecho consumado, difícil de evitar salvo con otra guerra. Pero, el enemigo principal son los grupos yihadistas desde Malí a Somalia y del sur de Argelia al norte de Nigeria. Cada uno de ellos con sus ambiciones locales, si bien con la idea común de imponer una interpretación del islam intolerante y violenta. Los dirigentes de la CEDEAO hablan de organizar una fuerza militar de 3.000 soldados dispuestos a intervenir. No es tan sencillo. Faltan medios, una tradición militar común, estructura y dinero. Francia podría asegurar la logística, a cambio de abrir una base en Malí que sumar a las de Burkina, Chad y Yibuti, pero debe limitar sus exigencias, en pleno tiempo electoral, porque correría peligro la vida de sus nacionales secuestrados. Estados Unidos siempre ha querido trasladar el mando militar de Africom de Alemania a esta zona de África y participar en operaciones contra el terrorismo yihadista. Chocan con Argelia, que rechaza cualquier injerencia en su área de influencia y quiere el mando con la intención de impedir que esta región se parezca cada vez ma? a las zonas tribales afgano-pakistaníes.
El Sahel se configura desde hace años, y ahora con toda claridad, como un escenario geográfico en disputa. Mejor sería que los recursos económicos para los despliegues armados se destinaran a prevenirlos y a contener la hambruna que empieza a extenderse por aquellas tierras.
Militares golpistas de Malí

Los soldados golpistas de Malí no tenían futuro tras la condena y el embargo impuestos por los países vecinos de la Comunidad Económica de Estados del África Occidental (CEDEAO), capsule apoyada por Francia, antigua potencia colonial. Uno de los objetivos de la junta del capitán Sanogo era contrarrestar la insurrección armada de los tuaregs. Pero las milicias del Movimiento Nacional del Azawad (MNLA) y del grupo yihadista Insar Dine, además de Al Qaeda del Magreb (AQMI), han aprovechado el caos en la capital Bamako para lanzar una rápida ofensiva y llegar hasta Tombuctú, la ciudad de los 333 santos del islam, encrucijada religiosa, cultural, de las redes comerciales y de las migraciones que atraviesan el Sáhara. Sin experiencia, liderazgo y alianzas políticas internas, el directorio militar ha sido aislado y derrotado.

las milicias del Movimiento Nacional del Azawad y del grupo yihadista Insar Dine, además de Al Qaeda del Magreb, han aprovechado el caos en la capital Bamako para lanzar una rápida ofensiva y llegar hasta Tombuctú

Ahora, la quiebra del Estado maliense exige unidad, fortaleza y no disputas internas. Porque el problema más importante de Malí es su práctica ruptura, una vez que el MNLA ha declarado la independencia de Azawad, el “territorio de la trashumancia”, en la mitad norte del país.
La escasa beligerancia del presidente derrocado, Amadou Toumani Touré (denominado ATT) ante los rebeldes, la delincuencia y el narcotráfico y el desvío a manos privadas de los fondos para la guerra figuran entre las causas del golpe. Su detonante más inmediato fueron las protestas de las mujeres de los soldados – víctimas en los combates – que reclamaron más suministros en armas y alimentos.

Sin embargo, la crisis de Malí refleja otros problemas más profundos del país, trasladables a buena parte de África: estados patrimoniales, militarismo, empobrecimiento e injerencias extranjeras.
ATT acabó en 1991 con la dictadura de 23 años dirigida por Moussa Traoré. Luego, cambió el uniforme por el traje de civil y desde 2002 ganó dos elecciones. Emprendió reformas y planes de desarrollo. El multipartidismo sustituyó al partido único. Pero, al cabo de los años, la peculiar “política del consenso” de ATT, ha significado un claro retroceso de la democracia. Nuevas estructuras burocráticas dieron lugar al clientelismo. En aras del lema “amigo de todos y nadie como enemigo” los pactos fagocitaron a casi toda la clase política y consolidaron una jefatura del Estado paternalista. El poder político y económico acabó confiscado por el grupo social y militar partidario de ATT. Con la excusa de que la construcción nacional requiere unanimidad, se compró a los medios de comunicación y las voces discordantes desaparecieron por la fuerza. La máxima africana “no puede haber dos caimanes machos en un solo brazo de un río” se impuso en Malí a la tesis de que el buen gobierno precisa una oposición sólida y viva.

la crisis de Malí refleja otros problemas más profundos del país, trasladables a buena parte de África: estados patrimoniales, militarismo, empobrecimiento e injerencias extranjeras

Muchas fronteras de África separan pueblos, culturas, etnias, clanes y formas de vida. Son resultado de una descolonización cuyo propósito fue crear estados frágiles y dependientes para que las metrópolis (sobre todo París con la red Françafrique) mantuvieran su influencia política y económica. Los tuaregs son un ejemplo, distribuidos en Argelia, Níger, Chad, Mauritania, Burkina y Malí, países en los que han protagonizado varias rebeliones. Los diversos gobiernos centralistas de Bamako han marginado a la población tuareg: mínimo acceso al empleo en la administración; abandono cultural; juventud sin trabajo y educación; precariedad en las condiciones de vida y escasa representación institucional. Las organizaciones tuareg han reivindicado al menos el reconocimiento de su identidad cultural y un reparto más igualitario de los recursos de Malí. Ante la negativa como respuesta, proclamaron el derecho a la autodeterminación y ahora la independencia.

En la medida que las formaciones estatales postcoloniales obedecieron más a las antiguas posesiones de las potencias occidentales y a sus intereses y los de las nuevas elites africanas que a la decisión libre a sus poblaciones, podría revisarse el principio de inmovilidad de las fronteras. En los años 50, Francia jugó con el proyecto de un Estado sahariano que incluyera Malí, Níger, Chad y el sur de Argelia. Eritrea y Sudán del Sur son estados recientes reconocidos internacionalmente. En Somalia, Puntlandia y Somalilandia van por libre. No obstante, es obligado comprobar también que la disgregación de los países ya establecidos en África puede acarrear más conflictos que ventajas: desplazamientos forzados; reanudación de la violencia; regímenes donde las identidades étnicas, clánicas, lingüísticas, culturales y religiosas excluyan al resto y nieguen los derechos de ciudadanía de todas las poblaciones en términos de igualdad. Añadamos las dificultades que se pueden generar para una integración económica imprescindible y nuevas ataduras a potencias externas.

Los militares africanos son actores principales de tablero político por su organización jerárquica y una posición de fuerza al controlar las armas. Desde las independencias, hace 51 años, ha habido 34 pronunciamientos en África Occidental. La excusa de salvar el país ha permitido restaurar autocracias. Muchos ejércitos son sinónimo de represión de sus poblaciones y actúan al dictado de los líderes de sus clanes. En Malí la oficialidad se hereda y el reclutamiento responde a la necesidad de obtener un trabajo para salir del paro endémico más que a la convicción de ser un instrumento para la defensa nacional. Las fuerzas armadas malienses reflejan el malestar general del país. La distancia de la clase política y los oficiales de alta graduación respecto a la sociedad y en ella los soldados con sus mandos de menor rango es enorme y reveladora. De hecho, ningún comandante, coronel y general se sumaron al golpe.

Mezquita Sankore en Tombuctú, Malí, por **El-Len**

Alrededor de la mitad de la población maliense sobrevive con 1,25 dólares. Sólo cuenta con 439 unidades industriales, mientras Costa de Marfil posee 6.000 y Senegal 4.000. Sin embargo, Malí dispone de recursos: es el primer productor de algodón al sur del Sáhara y el 12º mundial (2004). Produce legumbres, cereales y frutas. Su cabaña ganadera supera en cantidad a sus habitantes (15 millones de personas) y el oro representa el 75% de sus exportaciones. Otros minerales están sin explotar. Pero, la mayor parte de sus productos no se destinan al comercio local y a la autosubsistencia, sino a la exportación. Los precios se fijan en los mercados internacionales no en Bamako. La devaluación del franco CFA a finales de los años 90 impidió la acumulación de capital destinado a inversiones endógenas. La política de ajuste estructural, exigida por las instituciones financieras internacionales, liquidó empresas públicas, las subvenciones a los productos básicos para la alimentación y originó una elite empresarial poco emprendedora y ligada a las compañías extranjeras, que no han reinvertido en Malí sus beneficios. Completan el empobrecimiento, el hundimiento de los precios del algodón en 2005; la corrupción a pequeña escala en la vida diaria y a mayor nivel en el gobierno y el descenso de las remesas de la emigración debido a la crisis económica en Europa. A pesar de todo, sobresalen iniciativas de cooperación internacional al desarrollo: Entre 2008 y 2011, Navarra ha destinado alrededor de 2,6 millones de euros para ocho proyectos de cuatro ONGds, dedicados a salud, agua, infraestructuras… Algunos de ellos se encuentran en plena zona bélica.

Alrededor de la mitad de la población maliense sobrevive con 1,25 dólares. Sin embargo, Malí dispone de recursos: es el primer productor de algodón al sur del Sáhara y el 12º mundial (2004)

Después de la división de Malí, la prioridad de los estados vecinos y de Francia es garantizar la seguridad regional. El primer paso ha sido el pacto con los militares sublevados, el traspaso del poder al presidente de la Cámara, como señala la Constitución, y la convocatoria de nuevos comicios. Se perfila la creación de una zona de interposición en la frontera, marcada por el levantamiento en el norte de Malí. La negociación con los tuareg será más complicada, si el MNLA no se enfrenta a los yihadistas de Insar Dine y a los seguidores de Al Qaeda y controla el tráfico de armas y droga en este territorio. En todo caso, la independencia de Azawad es un hecho consumado, difícil de evitar salvo con otra guerra. Pero, el enemigo principal son los grupos yihadistas desde Malí a Somalia y del sur de Argelia al norte de Nigeria. Cada uno de ellos con sus ambiciones locales, si bien con la idea común de imponer una interpretación del islam intolerante y violenta. Los dirigentes de la CEDEAO hablan de organizar una fuerza militar de 3.000 soldados dispuestos a intervenir. No es tan sencillo. Faltan medios, una tradición militar común, estructura y dinero. Francia podría asegurar la logística, a cambio de abrir una base en Malí que sumar a las de Burkina, Chad y Yibuti, pero debe limitar sus exigencias, en pleno tiempo electoral, porque correría peligro la vida de sus nacionales secuestrados. Estados Unidos siempre ha querido trasladar el mando militar de Africom de Alemania a esta zona de África y participar en operaciones contra el terrorismo yihadista. Chocan con Argelia, que rechaza cualquier injerencia en su área de influencia y quiere el mando con la intención de impedir que esta región se parezca cada vez ma? a las zonas tribales afgano-pakistaníes.

El Sahel se configura desde hace años, y ahora con toda claridad, como un escenario geográfico en disputa. Mejor sería que los recursos económicos para los despliegues armados se destinaran a prevenirlos y a contener la hambruna que empieza a extenderse por aquellas tierras.
Militares golpistas de Malí

Los soldados golpistas de Malí no tenían futuro tras la condena y el embargo impuestos por los países vecinos de la Comunidad Económica de Estados del África Occidental (CEDEAO), treatment apoyada por Francia, geriatrician
antigua potencia colonial. Uno de los objetivos de la junta del capitán Sanogo era contrarrestar la insurrección armada de los tuaregs. Pero las milicias del Movimiento Nacional del Azawad (MNLA) y del grupo yihadista Insar Dine, además de Al Qaeda del Magreb (AQMI), han aprovechado el caos en la capital Bamako para lanzar una rápida ofensiva y llegar hasta Tombuctú, la ciudad de los 333 santos del islam, encrucijada religiosa, cultural, de las redes comerciales y de las migraciones que atraviesan el Sáhara. Sin experiencia, liderazgo y alianzas políticas internas, el directorio militar ha sido aislado y derrotado.

las milicias del Movimiento Nacional del Azawad y del grupo yihadista Insar Dine, además de Al Qaeda del Magreb, han aprovechado el caos en la capital Bamako para lanzar una rápida ofensiva y llegar hasta Tombuctú

Ahora, la quiebra del Estado maliense exige unidad, fortaleza y no disputas internas. Porque el problema más importante de Malí es su práctica ruptura, una vez que el MNLA ha declarado la independencia de Azawad, el “territorio de la trashumancia”, en la mitad norte del país.
La escasa beligerancia del presidente derrocado, Amadou Toumani Touré (denominado ATT) ante los rebeldes, la delincuencia y el narcotráfico y el desvío a manos privadas de los fondos para la guerra figuran entre las causas del golpe. Su detonante más inmediato fueron las protestas de las mujeres de los soldados – víctimas en los combates – que reclamaron más suministros en armas y alimentos.

Sin embargo, la crisis de Malí refleja otros problemas más profundos del país, trasladables a buena parte de África: estados patrimoniales, militarismo, empobrecimiento e injerencias extranjeras.
ATT acabó en 1991 con la dictadura de 23 años dirigida por Moussa Traoré. Luego, cambió el uniforme por el traje de civil y desde 2002 ganó dos elecciones. Emprendió reformas y planes de desarrollo. El multipartidismo sustituyó al partido único. Pero, al cabo de los años, la peculiar “política del consenso” de ATT, ha significado un claro retroceso de la democracia. Nuevas estructuras burocráticas dieron lugar al clientelismo. En aras del lema “amigo de todos y nadie como enemigo” los pactos fagocitaron a casi toda la clase política y consolidaron una jefatura del Estado paternalista. El poder político y económico acabó confiscado por el grupo social y militar partidario de ATT. Con la excusa de que la construcción nacional requiere unanimidad, se compró a los medios de comunicación y las voces discordantes desaparecieron por la fuerza. La máxima africana “no puede haber dos caimanes machos en un solo brazo de un río” se impuso en Malí a la tesis de que el buen gobierno precisa una oposición sólida y viva.

la crisis de Malí refleja otros problemas más profundos del país, trasladables a buena parte de África: estados patrimoniales, militarismo, empobrecimiento e injerencias extranjeras

Muchas fronteras de África separan pueblos, culturas, etnias, clanes y formas de vida. Son resultado de una descolonización cuyo propósito fue crear estados frágiles y dependientes para que las metrópolis (sobre todo París con la red Françafrique) mantuvieran su influencia política y económica. Los tuaregs son un ejemplo, distribuidos en Argelia, Níger, Chad, Mauritania, Burkina y Malí, países en los que han protagonizado varias rebeliones. Los diversos gobiernos centralistas de Bamako han marginado a la población tuareg: mínimo acceso al empleo en la administración; abandono cultural; juventud sin trabajo y educación; precariedad en las condiciones de vida y escasa representación institucional. Las organizaciones tuareg han reivindicado al menos el reconocimiento de su identidad cultural y un reparto más igualitario de los recursos de Malí. Ante la negativa como respuesta, proclamaron el derecho a la autodeterminación y ahora la independencia.

En la medida que las formaciones estatales postcoloniales obedecieron más a las antiguas posesiones de las potencias occidentales y a sus intereses y los de las nuevas elites africanas que a la decisión libre a sus poblaciones, podría revisarse el principio de inmovilidad de las fronteras. En los años 50, Francia jugó con el proyecto de un Estado sahariano que incluyera Malí, Níger, Chad y el sur de Argelia. Eritrea y Sudán del Sur son estados recientes reconocidos internacionalmente. En Somalia, Puntlandia y Somalilandia van por libre. No obstante, es obligado comprobar también que la disgregación de los países ya establecidos en África puede acarrear más conflictos que ventajas: desplazamientos forzados; reanudación de la violencia; regímenes donde las identidades étnicas, clánicas, lingüísticas, culturales y religiosas excluyan al resto y nieguen los derechos de ciudadanía de todas las poblaciones en términos de igualdad. Añadamos las dificultades que se pueden generar para una integración económica imprescindible y nuevas ataduras a potencias externas.

Los militares africanos son actores principales de tablero político por su organización jerárquica y una posición de fuerza al controlar las armas. Desde las independencias, hace 51 años, ha habido 34 pronunciamientos en África Occidental. La excusa de salvar el país ha permitido restaurar autocracias. Muchos ejércitos son sinónimo de represión de sus poblaciones y actúan al dictado de los líderes de sus clanes. En Malí la oficialidad se hereda y el reclutamiento responde a la necesidad de obtener un trabajo para salir del paro endémico más que a la convicción de ser un instrumento para la defensa nacional. Las fuerzas armadas malienses reflejan el malestar general del país. La distancia de la clase política y los oficiales de alta graduación respecto a la sociedad y en ella los soldados con sus mandos de menor rango es enorme y reveladora. De hecho, ningún comandante, coronel y general se sumaron al golpe.

Mezquita Sankore en Tombuctú, Malí, por **El-Len**

Alrededor de la mitad de la población maliense sobrevive con 1,25 dólares. Sólo cuenta con 439 unidades industriales, mientras Costa de Marfil posee 6.000 y Senegal 4.000. Sin embargo, Malí dispone de recursos: es el primer productor de algodón al sur del Sáhara y el 12º mundial (2004). Produce legumbres, cereales y frutas. Su cabaña ganadera supera en cantidad a sus habitantes (15 millones de personas) y el oro representa el 75% de sus exportaciones. Otros minerales están sin explotar. Pero, la mayor parte de sus productos no se destinan al comercio local y a la autosubsistencia, sino a la exportación. Los precios se fijan en los mercados internacionales no en Bamako. La devaluación del franco CFA a finales de los años 90 impidió la acumulación de capital destinado a inversiones endógenas. La política de ajuste estructural, exigida por las instituciones financieras internacionales, liquidó empresas públicas, las subvenciones a los productos básicos para la alimentación y originó una elite empresarial poco emprendedora y ligada a las compañías extranjeras, que no han reinvertido en Malí sus beneficios. Completan el empobrecimiento, el hundimiento de los precios del algodón en 2005; la corrupción a pequeña escala en la vida diaria y a mayor nivel en el gobierno y el descenso de las remesas de la emigración debido a la crisis económica en Europa. A pesar de todo, sobresalen iniciativas de cooperación internacional al desarrollo: Entre 2008 y 2011, Navarra ha destinado alrededor de 2,6 millones de euros para ocho proyectos de cuatro ONGds, dedicados a salud, agua, infraestructuras… Algunos de ellos se encuentran en plena zona bélica.

Alrededor de la mitad de la población maliense sobrevive con 1,25 dólares. Sin embargo, Malí dispone de recursos: es el primer productor de algodón al sur del Sáhara y el 12º mundial (2004)

Después de la división de Malí, la prioridad de los estados vecinos y de Francia es garantizar la seguridad regional. El primer paso ha sido el pacto con los militares sublevados, el traspaso del poder al presidente de la Cámara, como señala la Constitución, y la convocatoria de nuevos comicios. Se perfila la creación de una zona de interposición en la frontera, marcada por el levantamiento en el norte de Malí. La negociación con los tuareg será más complicada, si el MNLA no se enfrenta a los yihadistas de Insar Dine y a los seguidores de Al Qaeda y controla el tráfico de armas y droga en este territorio. En todo caso, la independencia de Azawad es un hecho consumado, difícil de evitar salvo con otra guerra. Pero, el enemigo principal son los grupos yihadistas desde Malí a Somalia y del sur de Argelia al norte de Nigeria. Cada uno de ellos con sus ambiciones locales, si bien con la idea común de imponer una interpretación del islam intolerante y violenta. Los dirigentes de la CEDEAO hablan de organizar una fuerza militar de 3.000 soldados dispuestos a intervenir. No es tan sencillo. Faltan medios, una tradición militar común, estructura y dinero. Francia podría asegurar la logística, a cambio de abrir una base en Malí que sumar a las de Burkina, Chad y Yibuti, pero debe limitar sus exigencias, en pleno tiempo electoral, porque correría peligro la vida de sus nacionales secuestrados. Estados Unidos siempre ha querido trasladar el mando militar de Africom de Alemania a esta zona de África y participar en operaciones contra el terrorismo yihadista. Chocan con Argelia, que rechaza cualquier injerencia en su área de influencia y quiere el mando con la intención de impedir que esta región se parezca cada vez ma? a las zonas tribales afgano-pakistaníes.

El Sahel se configura desde hace años, y ahora con toda claridad, como un escenario geográfico en disputa. Mejor sería que los recursos económicos para los despliegues armados se destinaran a prevenirlos y a contener la hambruna que empieza a extenderse por aquellas tierras.
Militares golpistas de Malí

Los soldados golpistas de Malí no tenían futuro tras la condena y el embargo impuestos por los países vecinos de la Comunidad Económica de Estados del África Occidental (CEDEAO), ailment
apoyada por Francia, antigua potencia colonial. Uno de los objetivos de la junta del capitán Sanogo era contrarrestar la insurrección armada de los tuaregs. Pero las milicias del Movimiento Nacional del Azawad (MNLA) y del grupo yihadista Insar Dine, además de Al Qaeda del Magreb (AQMI), han aprovechado el caos en la capital Bamako para lanzar una rápida ofensiva y llegar hasta Tombuctú, la ciudad de los 333 santos del islam, encrucijada religiosa, cultural, de las redes comerciales y de las migraciones que atraviesan el Sáhara. Sin experiencia, liderazgo y alianzas políticas internas, el directorio militar ha sido aislado y derrotado.

las milicias del Movimiento Nacional del Azawad y del grupo yihadista Insar Dine, además de Al Qaeda del Magreb, han aprovechado el caos en la capital Bamako para lanzar una rápida ofensiva y llegar hasta Tombuctú

Ahora, la quiebra del Estado maliense exige unidad, fortaleza y no disputas internas. Porque el problema más importante de Malí es su práctica ruptura, una vez que el MNLA ha declarado la independencia de Azawad, el “territorio de la trashumancia”, en la mitad norte del país.
La escasa beligerancia del presidente derrocado, Amadou Toumani Touré (denominado ATT) ante los rebeldes, la delincuencia y el narcotráfico y el desvío a manos privadas de los fondos para la guerra figuran entre las causas del golpe. Su detonante más inmediato fueron las protestas de las mujeres de los soldados – víctimas en los combates – que reclamaron más suministros en armas y alimentos.

Sin embargo, la crisis de Malí refleja otros problemas más profundos del país, trasladables a buena parte de África: estados patrimoniales, militarismo, empobrecimiento e injerencias extranjeras.
ATT acabó en 1991 con la dictadura de 23 años dirigida por Moussa Traoré. Luego, cambió el uniforme por el traje de civil y desde 2002 ganó dos elecciones. Emprendió reformas y planes de desarrollo. El multipartidismo sustituyó al partido único. Pero, al cabo de los años, la peculiar “política del consenso” de ATT, ha significado un claro retroceso de la democracia. Nuevas estructuras burocráticas dieron lugar al clientelismo. En aras del lema “amigo de todos y nadie como enemigo” los pactos fagocitaron a casi toda la clase política y consolidaron una jefatura del Estado paternalista. El poder político y económico acabó confiscado por el grupo social y militar partidario de ATT. Con la excusa de que la construcción nacional requiere unanimidad, se compró a los medios de comunicación y las voces discordantes desaparecieron por la fuerza. La máxima africana “no puede haber dos caimanes machos en un solo brazo de un río” se impuso en Malí a la tesis de que el buen gobierno precisa una oposición sólida y viva.

la crisis de Malí refleja otros problemas más profundos del país, trasladables a buena parte de África: estados patrimoniales, militarismo, empobrecimiento e injerencias extranjeras

Muchas fronteras de África separan pueblos, culturas, etnias, clanes y formas de vida. Son resultado de una descolonización cuyo propósito fue crear estados frágiles y dependientes para que las metrópolis (sobre todo París con la red Françafrique) mantuvieran su influencia política y económica. Los tuaregs son un ejemplo, distribuidos en Argelia, Níger, Chad, Mauritania, Burkina y Malí, países en los que han protagonizado varias rebeliones. Los diversos gobiernos centralistas de Bamako han marginado a la población tuareg: mínimo acceso al empleo en la administración; abandono cultural; juventud sin trabajo y educación; precariedad en las condiciones de vida y escasa representación institucional. Las organizaciones tuareg han reivindicado al menos el reconocimiento de su identidad cultural y un reparto más igualitario de los recursos de Malí. Ante la negativa como respuesta, proclamaron el derecho a la autodeterminación y ahora la independencia.

En la medida que las formaciones estatales postcoloniales obedecieron más a las antiguas posesiones de las potencias occidentales y a sus intereses y los de las nuevas elites africanas que a la decisión libre a sus poblaciones, podría revisarse el principio de inmovilidad de las fronteras. En los años 50, Francia jugó con el proyecto de un Estado sahariano que incluyera Malí, Níger, Chad y el sur de Argelia. Eritrea y Sudán del Sur son estados recientes reconocidos internacionalmente. En Somalia, Puntlandia y Somalilandia van por libre. No obstante, es obligado comprobar también que la disgregación de los países ya establecidos en África puede acarrear más conflictos que ventajas: desplazamientos forzados; reanudación de la violencia; regímenes donde las identidades étnicas, clánicas, lingüísticas, culturales y religiosas excluyan al resto y nieguen los derechos de ciudadanía de todas las poblaciones en términos de igualdad. Añadamos las dificultades que se pueden generar para una integración económica imprescindible y nuevas ataduras a potencias externas.

Los militares africanos son actores principales de tablero político por su organización jerárquica y una posición de fuerza al controlar las armas. Desde las independencias, hace 51 años, ha habido 34 pronunciamientos en África Occidental. La excusa de salvar el país ha permitido restaurar autocracias. Muchos ejércitos son sinónimo de represión de sus poblaciones y actúan al dictado de los líderes de sus clanes. En Malí la oficialidad se hereda y el reclutamiento responde a la necesidad de obtener un trabajo para salir del paro endémico más que a la convicción de ser un instrumento para la defensa nacional. Las fuerzas armadas malienses reflejan el malestar general del país. La distancia de la clase política y los oficiales de alta graduación respecto a la sociedad y en ella los soldados con sus mandos de menor rango es enorme y reveladora. De hecho, ningún comandante, coronel y general se sumaron al golpe.

Mezquita Sankore en Tombuctú, Malí, por **El-Len**

Alrededor de la mitad de la población maliense sobrevive con 1,25 dólares. Sólo cuenta con 439 unidades industriales, mientras Costa de Marfil posee 6.000 y Senegal 4.000. Sin embargo, Malí dispone de recursos: es el primer productor de algodón al sur del Sáhara y el 12º mundial (2004). Produce legumbres, cereales y frutas. Su cabaña ganadera supera en cantidad a sus habitantes (15 millones de personas) y el oro representa el 75% de sus exportaciones. Otros minerales están sin explotar. Pero, la mayor parte de sus productos no se destinan al comercio local y a la autosubsistencia, sino a la exportación. Los precios se fijan en los mercados internacionales no en Bamako. La devaluación del franco CFA a finales de los años 90 impidió la acumulación de capital destinado a inversiones endógenas. La política de ajuste estructural, exigida por las instituciones financieras internacionales, liquidó empresas públicas, las subvenciones a los productos básicos para la alimentación y originó una elite empresarial poco emprendedora y ligada a las compañías extranjeras, que no han reinvertido en Malí sus beneficios. Completan el empobrecimiento, el hundimiento de los precios del algodón en 2005; la corrupción a pequeña escala en la vida diaria y a mayor nivel en el gobierno y el descenso de las remesas de la emigración debido a la crisis económica en Europa. A pesar de todo, sobresalen iniciativas de cooperación internacional al desarrollo: Entre 2008 y 2011, Navarra ha destinado alrededor de 2,6 millones de euros para ocho proyectos de cuatro ONGds, dedicados a salud, agua, infraestructuras… Algunos de ellos se encuentran en plena zona bélica.

Alrededor de la mitad de la población maliense sobrevive con 1,25 dólares. Sin embargo, Malí dispone de recursos: es el primer productor de algodón al sur del Sáhara y el 12º mundial (2004)

Después de la división de Malí, la prioridad de los estados vecinos y de Francia es garantizar la seguridad regional. El primer paso ha sido el pacto con los militares sublevados, el traspaso del poder al presidente de la Cámara, como señala la Constitución, y la convocatoria de nuevos comicios. Se perfila la creación de una zona de interposición en la frontera, marcada por el levantamiento en el norte de Malí. La negociación con los tuareg será más complicada, si el MNLA no se enfrenta a los yihadistas de Insar Dine y a los seguidores de Al Qaeda y controla el tráfico de armas y droga en este territorio. En todo caso, la independencia de Azawad es un hecho consumado, difícil de evitar salvo con otra guerra. Pero, el enemigo principal son los grupos yihadistas desde Malí a Somalia y del sur de Argelia al norte de Nigeria. Cada uno de ellos con sus ambiciones locales, si bien con la idea común de imponer una interpretación del islam intolerante y violenta. Los dirigentes de la CEDEAO hablan de organizar una fuerza militar de 3.000 soldados dispuestos a intervenir. No es tan sencillo. Faltan medios, una tradición militar común, estructura y dinero. Francia podría asegurar la logística, a cambio de abrir una base en Malí que sumar a las de Burkina, Chad y Yibuti, pero debe limitar sus exigencias, en pleno tiempo electoral, porque correría peligro la vida de sus nacionales secuestrados. Estados Unidos siempre ha querido trasladar el mando militar de Africom de Alemania a esta zona de África y participar en operaciones contra el terrorismo yihadista. Chocan con Argelia, que rechaza cualquier injerencia en su área de influencia y quiere el mando con la intención de impedir que esta región se parezca cada vez ma? a las zonas tribales afgano-pakistaníes.

El Sahel se configura desde hace años, y ahora con toda claridad, como un escenario geográfico en disputa. Mejor sería que los recursos económicos para los despliegues armados se destinaran a prevenirlos y a contener la hambruna que empieza a extenderse por aquellas tierras.
Protestas de la población afgana

Los talibanes han roto las negociaciones que mantenían con Estados Unidos, practitioner
gracias a los buenos oficios de Arabia Saudí y de Catar, Glaucoma
las dos potencias árabes que ya se superponen en la hegemonía del mundo musulmán.
No necesitan el diálogo y tienen nuevas bazas para consolidar su dominio. Llega la primavera y la alianza entre las milicias del clan radical de Haqqani, patient los talibanes y los escasos grupos operativos de Al Qaeda podrán avanzar más fácilmente sus posiciones del sur al centro y el norte del país y ampliar sus acciones en las ciudades. Lugares de los que nunca se habían marchado, porque siempre han formado parte de la base social y de la vida cotidiana del paisaje pastún, etnia mayoritaria del país.

Karzai está dispuesto a cualquier concesión, ante la progresiva superioridad de la coalición radical y su posible incorporación al escenario político

La quema de coranes, la masacre cometida por un sargento desequilibrado y otros actos de arrogancia y desprecio protagonizados por soldados estadounidenses han enfurecido a la mayoría de la población, profundamente religiosa. Es verdad que ha habido algunos progresos significativos, sobre todo en las ciudades: el acceso a los servicios sanitarios es del 80% frente al 9% en 2001 y la escolarización alcanza a siete millones de personas, de las que un 7% son niñas, cuando hace once años sólo llegaba a un millón y 5.000 niñas. Sin embargo, la coalición internacional no ha conseguido imponer la democracia, ni el desarrollo y, desde luego, derrotar a los talibanes. Al contrario, el empobrecimiento y las desigualdades económicas son escandalosas, máxime en relación con las ganancias de los técnicos extranjeros y la corrupción de las elites políticas. Muchos jóvenes (un 60% de la juventud tiene menos de 25 años) se suman a las guerrillas como una forma de supervivencia. En una sociedad extremadamente tradicional, que rechaza cada vez con más fuerza la intervención exterior, los grupos extremistas y violentos aparecen como resistentes.

Por otro lado, el gobierno de Kabul se encuentra en un callejón sin salida. Las declaraciones de Karzai, en las que exige que las tropas extranjeras retrocedan a sus cuarteles, muestran una dosis enorme de hipocresía y oportunismo. Su insistencia de que el nuevo ejército afgano puede garantizar la seguridad es ridícula: todavía no tiene formación en una guerra con tantos frentes e infiltraciones del enemigo; le falta motivación y la mayoría de la oficialidad es tayika, etnia minoritaria enfrentada con los pastunes. Karzai nunca habría podido permanecer en el poder político y conseguir grandes beneficios económicos sin los soldados de la International Security Assistance Force (ISAF). Karzai está dispuesto a cualquier concesión para salvar sus muebles, ante la progresiva superioridad de la coalición radical y su posible incorporación al escenario político,
Estados Unidos quiere salir de Afganistán a más tardar en 2014. En plena campaña electoral, el presidente estadounidense no quiere incrementar la deuda exterior por una guerra que ya ha costado a EEUU directamente 728.000 millones de euros. Sin embargo, la ruptura de las conversaciones con los talibanes, el desplante de Karzai, la multiplicación de los atentados y la impertinencias de algunos de sus soldados son grandes obstáculos para una salida ordenada. Queda por decidir el destino de las fuerzas de seguridad privadas, decenas de miles de mercenarios incorporados por el Comando de Asia Occidental y Oriente Medio (US Centcom). En la medida que es un negocio rentable, la desmovilización no será prioritaria, a pesar de que su existencia está prohibida por una resolución de la ONU en 1989.

Soldado estadounidense en Afganistán

Los países vecinos completan el cuadro de los problemas, aunque tampoco existe solución sin ellos, porque su influencia en cada uno de los contendientes locales es determinante. En Pakistán, un amplio sector del estamento militar – desde antiguos responsables de los servicios de inteligencia (ISI) a oficiales con mando efectivo – censura con dureza a Estados Unidos, al que acusa de espionaje (asunto Davis, un presunto mercenario espía) y de llevar la guerra a su país (ejecución de Bin Laden incluida). Siempre han considerado Afganistán como su patio trasero, porque temen quedar cercados entre un gobierno de Kabul opuesto a sus intereses y la presión de la India. Pero también influyen en su posición la incapacidad de asumir a 2,5 millones de refugiados y, especialmente, la pertenencia de muchos militares de alta graduación a los sectores musulmanes más conservadores, que exigen separarse de Estados Unidos. Existe un tira y afloja tenso y complicado entre las dos potencias, muy arriesgado para Pakistán, porque sus fuerzas armadas reciben millones de dólares de Washington. En Estados Unidos aumentan los partidarios de estrechar lazos con la India. Los acuerdos entre Nueva Delhi y Kabul en materia educación, reconstrucción de infraestructuras y comercio (cerca de 2.000 millones de dólares invertidos por la India desde 2001) permiten que el adversario histórico de Pakistán adquiera ventaja en el equilibrio estratégico de la zona. Además de disponer de mayores garantías de seguridad para evitar que la vuelta de los talibanes extienda los atentados yihadistas en tierras indias.

Pero todo puede empeorar. Ejemplos evidentes podrían ser la próxima guerra civil entre los contendientes afganos y sus consecuencias; el aumento de los atentados en Pakistán; una disputa cada vez más encendida entre las autoridades paquistaníes y la India (potencias nucleares) y la pérdida de los pocos derechos logrados por las mujeres afganas.

Deja un comentario

Comentario

No se compartirá
Opcional
¡Únete a IPES Elkartea! - Súmate, forma parte, colabora en el proyecto. ¡Suscríbete a nuestro boletín!

Con la financiación de

  • Gobierno de Navarra
  • Ayuntamiento de Pamplona