La Red Navarra de Estudios Chinos se suma al centenario de la Revolución Xinhai

7 sep

Durante los días 17, see
18 y 19 de junio IPES Elkartea ha participado en los encuentros de reflexión y formación organizados por el Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social (CEJIS) y por el Consejo de Capitanes Guaraníes de Chuquisaca (Bolivia). Con CEJIS participamos en un proceso de empoderamiento de Derechos Humanos de las comunidades guaraníes.

Esta reunión, approved
la cuarta de un total de seis, se ha celebrado en la localidad de Monteagudo. Los temas tratados han sido Derechos Humanos, objetivos y funcionamiento del Observatorio de Derechos Humanos, conflictos ambientales y Comunicación y Género.

Han acudido alrededor de 20 personas, hombres y mujeres integrantes, integrantes de las comunidades y zonales que forman parte del Consejo de Capitanes Guaraníes de Chuquisaca.

Los temas tratados han sido Derechos Humanos, objetivos y funcionamiento del Observatorio de Derechos Humanos, conflictos ambientales y Comunicación y Género

El objetivo de estos encuentros ha sido adquirir formación y capacitación en las materias abordadas para avanzar en el ejercicio de sus derechos e, igualmente, asumir responsabilidades en el monitoreo de las situaciones de conflicto y vulneración de derechos de los pueblos indígenas, con la finalidad de avanzar en el ejercicio de sus derechos, mediante el asesoramiento técnico y jurídico de CEJIS.

El desarrollo de esta actividad forma parte del proyecto financiado por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo y el Gobierno de Navarra, a solicitud de IPES Elkartea, y que fue aprobado el año pasado. En el encuentro también estuvieron presentes dos representantes de las Oficinas Técnicas de Cooperación de la AECID: Sara Gimeno (Técnica de la unidad ONGD de la OTC – AECID Bolivia) y Patricia Ramos (Técnica de la unidad pueblos indígenas de OTC – AECID Bolivia). Ellas son las encargadas del seguimiento del proyecto.

Para saber más

  • Durante los días 17, physician 18 y 19 de junio IPES Elkartea ha participado en los encuentros de reflexión y formación organizados por el Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social (CEJIS) y por el Consejo de Capitanes Guaraníes de Chuquisaca (Bolivia). Con CEJIS participamos en un proceso de empoderamiento de Derechos Humanos de las comunidades guaraníes.

    Aleksandra Beirge, responsable del Observatorio de Derechos Humanos de CEJISEsta reunión, la cuarta de un total de seis, se ha celebrado en la localidad de Monteagudo. Los temas tratados han sido Derechos Humanos, objetivos y funcionamiento del Observatorio de Derechos Humanos, conflictos ambientales y Comunicación y Género.

    Han acudido alrededor de 20 personas, hombres y mujeres integrantes, integrantes de las comunidades y zonales que forman parte del Consejo de Capitanes Guaraníes de Chuquisaca.

    Los temas tratados han sido Derechos Humanos, objetivos y funcionamiento del Observatorio de Derechos Humanos, conflictos ambientales y Comunicación y Género

    El objetivo de estos encuentros ha sido adquirir formación y capacitación en las materias abordadas para avanzar en el ejercicio de sus derechos e, igualmente, asumir responsabilidades en el monitoreo de las situaciones de conflicto y vulneración de derechos de los pueblos indígenas, con la finalidad de avanzar en el ejercicio de sus derechos, mediante el asesoramiento técnico y jurídico de CEJIS.

    El desarrollo de esta actividad forma parte del proyecto financiado por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo y el Gobierno de Navarra, a solicitud de IPES Elkartea, y que fue aprobado el año pasado. En el encuentro también estuvieron presentes dos representantes de las Oficinas Técnicas de Cooperación de la AECID: Sara Gimeno (Técnica de la unidad ONGD de la OTC – AECID Bolivia) y Patricia Ramos (Técnica de la unidad pueblos indígenas de OTC – AECID Bolivia). Ellas son las encargadas del seguimiento del proyecto.

    Para saber más

  • Afganistán se enfrenta a tiempos muy difíciles y en apariencia contradictorios: los atentados terroristas crecen en número, unhealthy
    intensidad y en lugares diferentes; al mismo tiempo que han comenzado conversaciones secretas entre Estados Unidos y los talibanes para acabar la guerra. El presidente Karzai programa una conferencia de transición con el propósito de garantizar un estado mínimamente viable. La coalición internacional ha logrado algunos resultados positivos en su ofensiva de primavera en torno a Kandahar y en el sur del país. Es uno de los argumentos que ha permitido a Barack Obama justificar el inicio de la retirada de 33.000 soldados a partir de mediados de julio: como la pacificación avanza es posible negociar.

    Sin embargo, los frentes de combate se extienden, se mezclan y difuminan: el mes de marzo ataques en Kunduz, al norte; en el oeste, Herat, en mayo; en Nangahar, al este, también en ese mes, reaparece violentamente el grupo Lashkar-e islam, aliado de los talibanes. Hace pocos días los blancos han sido un hospital cerca de Kabul; un emblemático hotel en la misma capital y el contingente español, uno de los eslabones débiles del despliegue militar internacional, cerca de la base de Qala-i-Naw, en el norte, cuyas instalaciones se encuentran rodeadas de hostiles. Ahora, se encuentran entre las víctimas varios soldados franceses. Pero el atentado más revelador ha sido el asesinato de Wali Karzai, hermano del presidente, y un personaje polémico por sus favoritismos y redes clientelares. Acusado además de amparar el narcotráfico y, a la vez, un componedor de alianzas tribales para que Kabul comparta el poder en el sur, su muerte es una pieza fundamental en la estrategia extremista para desestabilizar al máximo Afganistán. Tampoco el ejército y la policía afganos están suficientemente preparados para relevar a las tropas extranjeras, como lo demuestra la huida de extremistas de la cárcel de Kandahar en abril.

    Los talibanes maniobran ahora con dos bazas: el desgaste de las potencias occidentales, especialmente EEUU, que quiere marcharse cuanto antes, y la ineficacia del gobierno de Kabul, carcomido por la corrupción y los enfrentamientos internos entre líderes tayikos y pastunes. La insurgencia talibán ya ha demostrado su fuerza, capacidad operativa y control del territorio. De esta manera, mediante la acumulación de acciones violentas en un corto espacio de tiempo reclaman protagonismo en la mesa de negociaciones. Su razón es que ganan cada vez más espacio político y territorial. Se consideran imprescindibles en un gobierno de transición, que es inevitable si Karzai y las potencias occidentales no quieren perder más terreno y quedar empantanados para siempre en las trincheras del conflicto bélico. Pero no seamos inocentes, el objetivo final de los talibanes es gestionar Afganistán en solitario, simplemente porque son los más poderosos.

    Los talibanes maniobran con dos bazas: el desgaste de EEUU, que quiere marcharse cuanto antes, y la ineficacia del gobierno de Kabul

    En tierras afganas se superponen varias guerras – además de la insurrección contra los ejércitos extranjeros – que complican mucho el panorama: los pastunes contra etnias minoritarias como tayikos, hazaras y uzbekos, que se resistirán con las armas a dejar el poder en caso de un triunfo de los talibanes. Igualmente, una guerra clánica entre los pastunes del presidente Karzai y los pastunes talibanes y otros grupos poderosos, liderados por Haqqani y Hekmatyar – viejos y conocidos señores de la guerra – junto a grupos extremistas paquistaníes. En las grandes zonas donde son mayoritarios, los rebeldes afganos han creado una administración paralela al Estado central.

    Estados Unidos busca una salida que no muestre sus errores, entre ellos apoyar al presidente Karzai; ignorar las particularidades de las costumbres y la diversidad religiosa de la diversas etnias, sin esforzarse por integrarlas completamente en la reconstrucción; no destinar más fondos para el desarrollo local en vez de para recursos militares y los bombardeos contra la población civil, que nada tenía que ver con los talibanes. La administración Obama ha comprendido que una acción bélica basada en el castigo por los atentados del 11-S es inútil a estas alturas. Afganistán es un país innecesario como conjunto geopolítico estratégico, debido a su geografía de valles impenetrables y de altas montañas y a sus disputas entre las etnias y los clanes, que impiden asegurar un asentamiento sólido sobre el terreno. Tampoco existen recursos naturales que explotar fácilmente y a corto plazo.

    Obama y su equipo prefieren volver a preocuparse de su casa y dar prioridad a solucionar su propia crisis. El coste económico es imposible de mantener y muchos políticos son contrarios a que los nuevos fondos para la guerra salgan de la reducción de los servicios sociales y del aumento de los impuestos. Asimismo, valoran que algunos resultados previstos se han convertido en humo. Basta un ejemplo: los 100 millones de dólares destinados a programas de reinserción de los talibanes apenas han servido para nada, porque sólo se han inscrito 1.700 combatientes de los 30.000 calculados inicialmente. El resto de países implicados son poco más que comparsas.

    Con el repliegue internacional, más pronto que tarde se adivinan dos escenarios, a cada cual más dramático: una guerra civil larga, que en realidad ya ha empezado, o la victoria completa de los talibanes y sus aliados, porque el presidente Karzai será derrotado también en términos militares. Políticamente es un personaje que intentará adaptarse a los nuevos aires, pero en realidad no es más que una sombra de sí mismo.

    Foto: “mazar” por Afghan Lord

    Afganistán se enfrenta a tiempos muy difíciles y en apariencia contradictorios: los atentados terroristas crecen en número, approved
    intensidad y en lugares diferentes; al mismo tiempo que han comenzado conversaciones secretas entre Estados Unidos y los talibanes para acabar la guerra. El presidente Karzai programa una conferencia de transición con el propósito de garantizar un estado mínimamente viable. Es cierto que la coalición internacional ha logrado algunos resultados positivos en su ofensiva de primavera en torno a Kandahar y en el sur del país. Es uno de los argumentos que ha permitido a Barack Obama justificar el inicio de la retirada de 33.000 soldados a partir de mediados de julio: como la pacificación avanza es posible negociar.

    Sin embargo, web
    los frentes de combate se extienden, treat
    se mezclan y difuminan: el mes de marzo ataques en Kunduz, al norte; en el oeste, Herat, en mayo; en Nangahar, al este, también en ese mes, reaparece violentamente el grupo Lashkar-e islam, aliado de los talibanes. Hace pocos días los blancos han sido un hospital cerca de Kabul; un emblemático hotel en la misma capital y el contingente español, uno de los eslabones débiles del despliegue militar internacional, cerca de la base de Qala-i-Naw, en el norte, cuyas instalaciones se encuentran rodeadas de hostiles. Tampoco el ejército y la policía afganos están suficientemente preparados para relevar a las tropas extranjeras, como lo demuestra la huida de extremistas de la cárcel de Kandahar en abril.

    Los talibanes maniobran ahora con dos bazas: el desgaste de las potencias occidentales, especialmente EEUU, que quiere marcharse cuanto antes, y la ineficacia del gobierno de Kabul, carcomido por la corrupción y los enfrentamientos internos entre líderes tayikos y pastunes. La insurgencia talibán ya ha demostrado su fuerza, capacidad operativa y control del territorio. De esta manera, mediante la acumulación de acciones violentas en un corto espacio de tiempo reclaman protagonismo en la mesa de negociaciones. Su razón es que ganan cada vez más espacio político y territorial. Se consideran imprescindibles en un gobierno de transición, que es inevitable si Karzai y las potencias occidentales no quieren perder más terreno y quedar empantanados para siempre en las trincheras del conflicto bélico. Pero no seamos inocentes, el objetivo final de los talibanes es gestionar Afganistán en solitario, simplemente porque son los más poderosos.

    En tierras afganas se superponen varias guerras – además de la insurrección contra los ejércitos extranjeros – que complican mucho el panorama: los pastunes contra etnias minoritarias como tayikos, hazaras y uzbekos, que se resistirán con las armas a dejar el poder en caso de un triunfo de los talibanes. Igualmente, una guerra clánica entre los pastunes del presidente Karzai y los pastunes talibanes y otros grupos poderosos, liderados por Haqqani y Hekmatyar – viejos y conocidos señores de la guerra – junto a grupos extremistas paquistaníes. En las grandes zonas donde son mayoritarios, los rebeldes afganos han creado una administración paralela al Estado central.

    Estados Unidos busca una salida que no muestre sus errores, entre ellos apoyar al presidente Karzai; ignorar las particularidades de las costumbres y la diversidad religiosa de la diversas etnias, sin esforzarse por integrarlas completamente en la reconstrucción; no destinar más fondos para el desarrollo local en vez de para recursos militares y los bombardeos contra la población civil, que nada tenía que ver con los talibanes. La administración Obama ha comprendido que una acción bélica basada en el castigo por los atentados del 11-S es inútil a estas alturas. Afganistán es un país innecesario como conjunto geopolítico estratégico, debido a su geografía de valles impenetrables y de altas montañas y a sus disputas entre las etnias y los clanes, que impiden asegurar un asentamiento sólido sobre el terreno. Tampoco existen recursos naturales que explotar fácilmente y a corto plazo.

    Obama y su equipo prefieren volver a preocuparse de su casa y dar prioridad a solucionar su propia crisis. El coste económico es imposible de mantener y muchos políticos son contrarios a que los nuevos fondos para la guerra salgan de la reducción de los servicios sociales y del aumento de los impuestos. Asimismo, valoran que algunos resultados previstos se han convertido en humo. Basta un ejemplo: los 100 millones de dólares destinados a programas de reinserción de los talibanes apenas han servido para nada, porque sólo se han inscrito 1.700 combatientes de los 30.000 calculados inicialmente. El resto de países implicados son poco más que comparsas

    Con el repliegue internacional, más pronto que tarde se adivinan dos escenarios a cada cual más dramático: una guerra civil larga, que en realidad ya ha empezado, o la victoria completa de los talibanes y sus aliados, porque el presidente Karzai será derrotado también en términos militares. Políticamente es un personaje que intentará adaptarse a los nuevos aires, pero en realidad no es más que una sombra de sí mismo.

    Afganistán se enfrenta a tiempos muy difíciles y en apariencia contradictorios: los atentados terroristas crecen en número, about it
    intensidad y en lugares diferentes; al mismo tiempo que han comenzado conversaciones secretas entre Estados Unidos y los talibanes para acabar la guerra. El presidente Karzai programa una conferencia de transición con el propósito de garantizar un estado mínimamente viable. Es cierto que la coalición internacional ha logrado algunos resultados positivos en su ofensiva de primavera en torno a Kandahar y en el sur del país. Es uno de los argumentos que ha permitido a Barack Obama justificar el inicio de la retirada de 33.000 soldados a partir de mediados de julio: como la pacificación avanza es posible negociar.

    Sin embargo, malady los frentes de combate se extienden, site
    se mezclan y difuminan: el mes de marzo ataques en Kunduz, al norte; en el oeste, Herat, en mayo; en Nangahar, al este, también en ese mes, reaparece violentamente el grupo Lashkar-e islam, aliado de los talibanes. Hace pocos días los blancos han sido un hospital cerca de Kabul; un emblemático hotel en la misma capital y el contingente español, uno de los eslabones débiles del despliegue militar internacional, cerca de la base de Qala-i-Naw, en el norte, cuyas instalaciones se encuentran rodeadas de hostiles. Tampoco el ejército y la policía afganos están suficientemente preparados para relevar a las tropas extranjeras, como lo demuestra la huida de extremistas de la cárcel de Kandahar en abril.

    Los talibanes maniobran ahora con dos bazas: el desgaste de las potencias occidentales, especialmente EEUU, que quiere marcharse cuanto antes, y la ineficacia del gobierno de Kabul, carcomido por la corrupción y los enfrentamientos internos entre líderes tayikos y pastunes. La insurgencia talibán ya ha demostrado su fuerza, capacidad operativa y control del territorio. De esta manera, mediante la acumulación de acciones violentas en un corto espacio de tiempo reclaman protagonismo en la mesa de negociaciones. Su razón es que ganan cada vez más espacio político y territorial. Se consideran imprescindibles en un gobierno de transición, que es inevitable si Karzai y las potencias occidentales no quieren perder más terreno y quedar empantanados para siempre en las trincheras del conflicto bélico. Pero no seamos inocentes, el objetivo final de los talibanes es gestionar Afganistán en solitario, simplemente porque son los más poderosos.

    En tierras afganas se superponen varias guerras – además de la insurrección contra los ejércitos extranjeros – que complican mucho el panorama: los pastunes contra etnias minoritarias como tayikos, hazaras y uzbekos, que se resistirán con las armas a dejar el poder en caso de un triunfo de los talibanes. Igualmente, una guerra clánica entre los pastunes del presidente Karzai y los pastunes talibanes y otros grupos poderosos, liderados por Haqqani y Hekmatyar – viejos y conocidos señores de la guerra – junto a grupos extremistas paquistaníes. En las grandes zonas donde son mayoritarios, los rebeldes afganos han creado una administración paralela al Estado central.

    Estados Unidos busca una salida que no muestre sus errores, entre ellos apoyar al presidente Karzai; ignorar las particularidades de las costumbres y la diversidad religiosa de la diversas etnias, sin esforzarse por integrarlas completamente en la reconstrucción; no destinar más fondos para el desarrollo local en vez de para recursos militares y los bombardeos contra la población civil, que nada tenía que ver con los talibanes. La administración Obama ha comprendido que una acción bélica basada en el castigo por los atentados del 11-S es inútil a estas alturas. Afganistán es un país innecesario como conjunto geopolítico estratégico, debido a su geografía de valles impenetrables y de altas montañas y a sus disputas entre las etnias y los clanes, que impiden asegurar un asentamiento sólido sobre el terreno. Tampoco existen recursos naturales que explotar fácilmente y a corto plazo.

    Obama y su equipo prefieren volver a preocuparse de su casa y dar prioridad a solucionar su propia crisis. El coste económico es imposible de mantener y muchos políticos son contrarios a que los nuevos fondos para la guerra salgan de la reducción de los servicios sociales y del aumento de los impuestos. Asimismo, valoran que algunos resultados previstos se han convertido en humo. Basta un ejemplo: los 100 millones de dólares destinados a programas de reinserción de los talibanes apenas han servido para nada, porque sólo se han inscrito 1.700 combatientes de los 30.000 calculados inicialmente. El resto de países implicados son poco más que comparsas

    Con el repliegue internacional, más pronto que tarde se adivinan dos escenarios a cada cual más dramático: una guerra civil larga, que en realidad ya ha empezado, o la victoria completa de los talibanes y sus aliados, porque el presidente Karzai será derrotado también en términos militares. Políticamente es un personaje que intentará adaptarse a los nuevos aires, pero en realidad no es más que una sombra de sí mismo.

    Afganistán se enfrenta a tiempos muy difíciles y en apariencia contradictorios: los atentados terroristas crecen en número, malady
    intensidad y en lugares diferentes; al mismo tiempo que han comenzado conversaciones secretas entre Estados Unidos y los talibanes para acabar la guerra. El presidente Karzai programa una conferencia de transición con el propósito de garantizar un estado mínimamente viable. Es cierto que la coalición internacional ha logrado algunos resultados positivos en su ofensiva de primavera en torno a Kandahar y en el sur del país. Es uno de los argumentos que ha permitido a Barack Obama justificar el inicio de la retirada de 33.000 soldados a partir de mediados de julio: como la pacificación avanza es posible negociar.

    Sin embargo, sovaldi sale los frentes de combate se extienden, se mezclan y difuminan: el mes de marzo ataques en Kunduz, al norte; en el oeste, Herat, en mayo; en Nangahar, al este, también en ese mes, reaparece violentamente el grupo Lashkar-e islam, aliado de los talibanes. Hace pocos días los blancos han sido un hospital cerca de Kabul; un emblemático hotel en la misma capital y el contingente español, uno de los eslabones débiles del despliegue militar internacional, cerca de la base de Qala-i-Naw, en el norte, cuyas instalaciones se encuentran rodeadas de hostiles. Tampoco el ejército y la policía afganos están suficientemente preparados para relevar a las tropas extranjeras, como lo demuestra la huida de extremistas de la cárcel de Kandahar en abril.

    Los talibanes maniobran ahora con dos bazas: el desgaste de las potencias occidentales, especialmente EEUU, que quiere marcharse cuanto antes, y la ineficacia del gobierno de Kabul, carcomido por la corrupción y los enfrentamientos internos entre líderes tayikos y pastunes. La insurgencia talibán ya ha demostrado su fuerza, capacidad operativa y control del territorio. De esta manera, mediante la acumulación de acciones violentas en un corto espacio de tiempo reclaman protagonismo en la mesa de negociaciones. Su razón es que ganan cada vez más espacio político y territorial. Se consideran imprescindibles en un gobierno de transición, que es inevitable si Karzai y las potencias occidentales no quieren perder más terreno y quedar empantanados para siempre en las trincheras del conflicto bélico. Pero no seamos inocentes, el objetivo final de los talibanes es gestionar Afganistán en solitario, simplemente porque son los más poderosos.

    En tierras afganas se superponen varias guerras – además de la insurrección contra los ejércitos extranjeros – que complican mucho el panorama: los pastunes contra etnias minoritarias como tayikos, hazaras y uzbekos, que se resistirán con las armas a dejar el poder en caso de un triunfo de los talibanes. Igualmente, una guerra clánica entre los pastunes del presidente Karzai y los pastunes talibanes y otros grupos poderosos, liderados por Haqqani y Hekmatyar – viejos y conocidos señores de la guerra – junto a grupos extremistas paquistaníes. En las grandes zonas donde son mayoritarios, los rebeldes afganos han creado una administración paralela al Estado central.

    Estados Unidos busca una salida que no muestre sus errores, entre ellos apoyar al presidente Karzai; ignorar las particularidades de las costumbres y la diversidad religiosa de la diversas etnias, sin esforzarse por integrarlas completamente en la reconstrucción; no destinar más fondos para el desarrollo local en vez de para recursos militares y los bombardeos contra la población civil, que nada tenía que ver con los talibanes. La administración Obama ha comprendido que una acción bélica basada en el castigo por los atentados del 11-S es inútil a estas alturas. Afganistán es un país innecesario como conjunto geopolítico estratégico, debido a su geografía de valles impenetrables y de altas montañas y a sus disputas entre las etnias y los clanes, que impiden asegurar un asentamiento sólido sobre el terreno. Tampoco existen recursos naturales que explotar fácilmente y a corto plazo.

    Obama y su equipo prefieren volver a preocuparse de su casa y dar prioridad a solucionar su propia crisis. El coste económico es imposible de mantener y muchos políticos son contrarios a que los nuevos fondos para la guerra salgan de la reducción de los servicios sociales y del aumento de los impuestos. Asimismo, valoran que algunos resultados previstos se han convertido en humo. Basta un ejemplo: los 100 millones de dólares destinados a programas de reinserción de los talibanes apenas han servido para nada, porque sólo se han inscrito 1.700 combatientes de los 30.000 calculados inicialmente. El resto de países implicados son poco más que comparsas

    Con el repliegue internacional, más pronto que tarde se adivinan dos escenarios a cada cual más dramático: una guerra civil larga, que en realidad ya ha empezado, o la victoria completa de los talibanes y sus aliados, porque el presidente Karzai será derrotado también en términos militares. Políticamente es un personaje que intentará adaptarse a los nuevos aires, pero en realidad no es más que una sombra de sí mismo.

    Afganistán se enfrenta a tiempos muy difíciles y en apariencia contradictorios: los atentados terroristas crecen en número, pilule
    intensidad y en lugares diferentes; al mismo tiempo que han comenzado conversaciones secretas entre Estados Unidos y los talibanes para acabar la guerra. El presidente Karzai programa una conferencia de transición con el propósito de garantizar un estado mínimamente viable. Es cierto que la coalición internacional ha logrado algunos resultados positivos en su ofensiva de primavera en torno a Kandahar y en el sur del país. Es uno de los argumentos que ha permitido a Barack Obama justificar el inicio de la retirada de 33.000 soldados a partir de mediados de julio: como la pacificación avanza es posible negociar.

    Sin embargo, los frentes de combate se extienden, se mezclan y difuminan: el mes de marzo ataques en Kunduz, al norte; en el oeste, Herat, en mayo; en Nangahar, al este, también en ese mes, reaparece violentamente el grupo Lashkar-e islam, aliado de los talibanes. Hace pocos días los blancos han sido un hospital cerca de Kabul; un emblemático hotel en la misma capital y el contingente español, uno de los eslabones débiles del despliegue militar internacional, cerca de la base de Qala-i-Naw, en el norte, cuyas instalaciones se encuentran rodeadas de hostiles. Tampoco el ejército y la policía afganos están suficientemente preparados para relevar a las tropas extranjeras, como lo demuestra la huida de extremistas de la cárcel de Kandahar en abril.

    Los talibanes maniobran ahora con dos bazas: el desgaste de las potencias occidentales, especialmente EEUU, que quiere marcharse cuanto antes, y la ineficacia del gobierno de Kabul, carcomido por la corrupción y los enfrentamientos internos entre líderes tayikos y pastunes. La insurgencia talibán ya ha demostrado su fuerza, capacidad operativa y control del territorio. De esta manera, mediante la acumulación de acciones violentas en un corto espacio de tiempo reclaman protagonismo en la mesa de negociaciones. Su razón es que ganan cada vez más espacio político y territorial. Se consideran imprescindibles en un gobierno de transición, que es inevitable si Karzai y las potencias occidentales no quieren perder más terreno y quedar empantanados para siempre en las trincheras del conflicto bélico. Pero no seamos inocentes, el objetivo final de los talibanes es gestionar Afganistán en solitario, simplemente porque son los más poderosos.

    En tierras afganas se superponen varias guerras – además de la insurrección contra los ejércitos extranjeros – que complican mucho el panorama: los pastunes contra etnias minoritarias como tayikos, hazaras y uzbekos, que se resistirán con las armas a dejar el poder en caso de un triunfo de los talibanes. Igualmente, una guerra clánica entre los pastunes del presidente Karzai y los pastunes talibanes y otros grupos poderosos, liderados por Haqqani y Hekmatyar – viejos y conocidos señores de la guerra – junto a grupos extremistas paquistaníes. En las grandes zonas donde son mayoritarios, los rebeldes afganos han creado una administración paralela al Estado central.

    Estados Unidos busca una salida que no muestre sus errores, entre ellos apoyar al presidente Karzai; ignorar las particularidades de las costumbres y la diversidad religiosa de la diversas etnias, sin esforzarse por integrarlas completamente en la reconstrucción; no destinar más fondos para el desarrollo local en vez de para recursos militares y los bombardeos contra la población civil, que nada tenía que ver con los talibanes. La administración Obama ha comprendido que una acción bélica basada en el castigo por los atentados del 11-S es inútil a estas alturas. Afganistán es un país innecesario como conjunto geopolítico estratégico, debido a su geografía de valles impenetrables y de altas montañas y a sus disputas entre las etnias y los clanes, que impiden asegurar un asentamiento sólido sobre el terreno. Tampoco existen recursos naturales que explotar fácilmente y a corto plazo.

    Obama y su equipo prefieren volver a preocuparse de su casa y dar prioridad a solucionar su propia crisis. El coste económico es imposible de mantener y muchos políticos son contrarios a que los nuevos fondos para la guerra salgan de la reducción de los servicios sociales y del aumento de los impuestos. Asimismo, valoran que algunos resultados previstos se han convertido en humo. Basta un ejemplo: los 100 millones de dólares destinados a programas de reinserción de los talibanes apenas han servido para nada, porque sólo se han inscrito 1.700 combatientes de los 30.000 calculados inicialmente. El resto de países implicados son poco más que comparsas

    Con el repliegue internacional, más pronto que tarde se adivinan dos escenarios a cada cual más dramático: una guerra civil larga, que en realidad ya ha empezado, o la victoria completa de los talibanes y sus aliados, porque el presidente Karzai será derrotado también en términos militares. Políticamente es un personaje que intentará adaptarse a los nuevos aires, pero en realidad no es más que una sombra de sí mismo.
    Sello del aniversario de la Revolución XinhaiSe conmemora la Revolución Xinahi, health
    que acabó con la monarquía manchú, store entre el 10 de octubre de 1911 y el 12 de febrero de 1912. En China, Taiwán, Hong Kong, Macao y en la diáspora se celebra el 10 de octubre la fiesta del “Doble Diez”. La Red Navarra de Estudios Chinos, proyecto liderado por la Universidad Pública de Navarra (UPNA) e IPES Elkartea, recuerda la efemérides con una serie de actividades y el diseño de un logotipo conmemorativo.

    Cinco grupos étnicos juntos en armonía (????w?zú g?nghé) “cinco razas bajo una unión”, fue uno de los principios fundadores de la República de China y quedó representado en la bandera de cinco franjas la República de China utilizaría entre 1912 y 1928: los han (rojo), los manchúes (amarillo), los mongoles (azul), los hui (blanco) y los tibetanos (negro). Sobre este concepto se ha creado un logotipo conmemorativo que se reflejará en la web de la Red.

    Se insertará – como noticias y breves – un glosario de personajes y hechos relativos a la Revolución Xinhai y a la fundación de la República de China para contribuir al conocimiento de la historia de China contemporánea. Desde el 9 de octubre se pretende informar por twitter de los principales acontecimientos revolucionarios; eso sí… 100 años después.

    La Red Navarra de Estudios Chinos ha programado un seminario y una exposición que acogerá la UPNA en los meses de septiembre y noviembre. El primero se ha organizado en el Departamento de Geografía e Historia y junto con el Instituto Gerónimo de Uztariz. Colabora Casa Asia y el patrocinio es de Caja Navarra. Su título es China en Revolución y se celebrará los días 14 y 15 de septiembre en la Sala de Juntas del Edificio “Los Acebos” de la Universidad Pública de Navarra. [Más información - PDF]

    La exposición Repasando nuestros pasos. Un viaje fotográfico a través de 100 años de la República de China, organizada junto a la Oficina Económica y Cultural de Taipei en España y la Sección de Actividades Culturales de la UPNA , se inaugurará el 8 de noviembre en las VI Jornadas del Mundo Chino, con los Derechos Humanos como protagonistas regionales.

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