La ciudadanía es el mensaje / Egipto off line

13 feb

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, information pills
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, information pills
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, this
check con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, information pills
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, this
check con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, nurse
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, information pills
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, this
check con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, nurse
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

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La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, help con su corte de partidarios, Sildenafil
que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, online
no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, online
no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, nurse
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

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con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, prosthetic
con su corte de partidarios, about it
que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, clinic con su corte de partidarios, prescription que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, nurse
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, online
no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, view
con su corte de partidarios, and que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

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El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, ambulance con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, prosthetic
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que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, viagra order
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

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El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, ambulance con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, pill
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, more about
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, information pills
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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, nurse
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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, help con su corte de partidarios, Sildenafil
que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, online
no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, view
con su corte de partidarios, and que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, price
con su corte de partidarios, here
que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, pill
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

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El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, healthful
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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, information pills
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

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la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, prosthetic
con su corte de partidarios, about it
que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, clinic con su corte de partidarios, prescription que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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con su corte de partidarios, and que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, pill
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, more about
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, healthful
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, about it
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, nurse
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, view
con su corte de partidarios, and que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

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La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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con su corte de partidarios, here
que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, pill
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, healthful
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, about it
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra en 2008

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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Mujeres celebran en El Cairo la caída de MubarakEl Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, approved
con su corte de partidarios, treat que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, information pills
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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

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El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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Hosni Mubarak siempre ha considerado natural disponer del poder de forma patrimonial, nurse
con su corte de partidarios, que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

Celebración en la plaza Tahrir - El Cairo - Egipto

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que forman una red clientelista con mando y ganancias. Está convencido – como otros dirigentes de Estados árabes- de que el pueblo no está preparado para la acción política. Que necesita tutela, online
no urnas libres. También vigilancia por si acaso reclama cambios.

El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

El detonante que ha puesto en marcha las movilizaciones han sido las enmiendas constitucionales para reforzar los poderes del gobierno en materia de seguridad y manipular el sistema electoral; la continuación del estado de emergencia y el fraude en las legislativas de 2010, de las que fueron excluidos los islamistas y otros partidos.

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La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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En Egipto, ni la administración, ni las elites económicas que obtienen beneficios – algunas veces, las mismas personas – solucionan la supervivencia de la población. Las medidas de liberalización económica acordadas con los organismos internacionales provocaron el aumento de los precios de los productos básicos; el incremento del paro, especialmente entre la juventud (el 90 % de las personas desempleadas) y dificultades para conseguir vivienda y educación. La pobreza (1,46 euros al día) ha pasado en las ciudades del 39% de la población (un total de 83 millones) en 1990 al 48% en 2000 y al 55 % en las regiones rurales. La corrupción impregna la administración (el 78 % del funcionariado cobra pequeñas o grandes comisiones, según el PEW Research Centre). El régimen ha empezado a desmoronarse cuando ha sido incapaz de garantizar una redistribución más justa y continuada de los ingresos de infraestructuras como el canal de Suez; el turismo; la emigración; las redes comerciales…La crisis ya afectaba a las poblaciones empobrecidas. Ahora, alcanza también a las clases medias. Las protestas actuales se fraguaron en las huelgas de la siderurgia y el textil en los 80 y 90 y en la ciudad industrial de Mahal.la al-Kubra (delta del Nilo), en 2008. Allí se inició el movimiento del 6 de abril, que ha resurgido ahora.

El Estado no ha ofrecido suficientes posibilidades de ascenso político a los sectores sociales más modernizadores. Desde su llegada al poder en 1981, Mubarak y su burocracia establecieron un sistema apoyado en un partido propio, omnipresente en el parlamento; asociaciones afines; un poder judicial domesticado y en las fuerzas armadas y de seguridad. No obstante, han tolerado la expresión y participación parlamentaria a otras formaciones políticas (a veces a los Hermanos Musulmanes) mientras no censuraran demasiado al Ejecutivo. Se trataba de dar una apariencia de pluralismo. Sin embargo, la disputa entre los políticos más arcaicos y algunas elites económicas ansiosas de ampliar sus beneficios; las reclamaciones sociales y los sindicatos independientes; las exigencias de nuevos actores políticos y la difusión de ideas y reivindicaciones a través de internet y las redes sociales (17 millones de internautas) provocaron que el régimen se volviera más autoritario e incrementara la represión ante el temor a una oposición renovada en 2003 bajo la proclama “kifaya” (¡basta ya!)

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La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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El Ejército no es neutral. Ha sido columna vertebral del poder político desde el movimiento de los jóvenes oficiales de Nasser, que encabezó la revolución contra la monarquía. En ella intervinieron diversos sectores sociales; también los islamistas, hasta que acabaron perseguidos por los militares. Las Fuerzas Armadas conservan un aura patriótica y nacionalista forjada en las guerras de 1956, 1967 y 1973, aunque fueron derrotadas. Tras los acuerdos entre Sadat y Menahem Begin en 1978, ya no tiene enemigo exterior. Ahora influye en la política y controla numerosos negocios. Maniobra entre bambalinas para conservar su poder y el sustancioso apoyo de EEUU, que se ha implicado a conciencia, con el propósito de mantener la custodia de toda la región árabe. Mubarak ha quedado en un plano más discreto, no sin llevar a cabo operaciones de maquillaje: cese de la cúpula de su partido, el PND, incluido su hijo, Gamal; renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales. El régimen puede modificarse, pero en esencia resiste. El vicepresidente Suleiman – de nuevo, un militar de los servicios secretos – y sus colaboradores en el gobierno han pretendido sujetar el timón del tiempo y supervisaron los contenidos de las primeras negociaciones. Sin embargo, los acontecimientos se han disparado y las Fuerzas Armadas han tomado el control del Estado. Mubarak ha sido depuesto por la confluencia de tres factores: la presión de los manifestantes; la determinación del Ejército, con el propósito de conservar los elementos centrales del régimen, antes de que se venga abajo del todo y la decisión de Estados Unidos de abandonar a Mubarak para prevenir posibles problemas en su alianza con Egipto.

La oposición sigue fragmentada, a pesar del consenso entre catorce partidos en torno a las reivindicaciones de la calle: todos los derechos de ciudadanía y mejoras sociales. No tiene liderazgos claros, ni propone un programa alternativo de gobierno. Cofradía religiosa, asociación caritativa movimiento social y vanguardia política, sólo los Hermanos Musulmanes exhiben su capacidad organizativa, más allá de sus disputas internas. Las conversaciones con los opositores deben abrir claramente un proceso constituyente con todas las consecuencias, que culmine en elecciones libres. Pero cualquier relevo político deberá atender a los “zabalin”, personas pobres entre los pobres, que viven en los arrabales, basureros y cementerios de El Cairo. Sin solución a su miseria, la democracia será un papel mojado.

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El presidente egipcio ha intentado aguantar en su cargo mediante la censura en las comunicaciones; la represión policial (no olvidemos, 300 muertos; 5.000 heridos) y la utilización de sus adictos para reventar las manifestaciones. Con todo, la permanencia de la gente en la calle y la actividad de las fuerzas de la oposición han quebrado el dominio de Mubarak.

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